Por la arboleda de Recoletos y El Prado: un paseo por cinco citas imperdibles con el arte

Varias exposiciones temporales de estilos diversos coinciden a lo largo de esta vía que recién estrena el título de Patrimonio Mundial, una propuesta sin salir de Madrid para los días festivos que se avecinan

Varios visitantes observan 'Obrador de los Correa’, un biombo que forma parte de la exposición ‘Tornaviaje: Arte iberoamericano en España’, en el Museo del Prado.
Varios visitantes observan 'Obrador de los Correa’, un biombo que forma parte de la exposición ‘Tornaviaje: Arte iberoamericano en España’, en el Museo del Prado.Claudio Alvarez/EL PAIS

La amplia oferta cultural de una ciudad como Madrid puede, en ocasiones, llegar incluso a obnubilarnos. Las posibilidades a la hora de decidirse por una u otra exposición parecen infinitas. Pero en las próximas semanas varias muestras temporales en algunos de los edificios emblemáticos del recién estrenado Patrimonio Mundial permiten un paseo cultural diferente a través de la arboleda, que sirve de propuesta para los días festivos que se aproximan. Tomar la plaza de Colón como punto de arranque, entre la Rana de la Fortuna y Julia, el busto de 12 metros, asegura siempre un trayecto estimulante: los paseos de Recoletos y El Prado albergan los espacios expositivos más prestigiosos de la capital. Esta propuesta recoge exposiciones temporales de temáticas y estilos muy diversos, que se pueden aderezar con visitas a las muestras permanentes o a los lugares más emblemáticos, como el Jardín Botánico, hasta desembocar en la puerta de Atocha:

Primera parada | La Biblioteca Nacional

Así es la gestación de una obra de arte. La Biblioteca Nacional pone a disposición del visitante, hasta el próximo 16 de enero, la colección de dibujos españoles e italianos del siglo XVI, comisariada por Gonzalo Redín Michaus. Un recorrido por 77 folios que, concebidos por los artistas como bocetos preparatorios de sus posteriores obras, han terminado adquiriendo un enorme valor como piezas autónomas, dado su interés estético y documental.

Los recogidos por la muestra, estudios compositivos y bosquejos sintéticos en su mayoría —muchos de ellos nunca antes presentados al público—, acercan a quien los atiende al proceso de gestación de una obra de arte. Los españoles Gaspar Becerra y Francisco Pacheco y los italianos Parmigianino y Jacopo da Empoli son algunos de los artistas que en ella confluyen.

Primeras ideas de los pintores, cuyo principal interés reside en la libertad gráfica que irradian: frente a la concreción y la sutileza en el trazo de las obras definitivas de las que fueron germen —grabados, pinturas sobre tela o frescos decorativos—, estas propuestas abocetadas, muchas veces apuntes del natural a la busca de volúmenes y perspectivas, dan muestra de un uso libre, ágil y vibrante del lápiz, el pincel o la pluma, que permite entrever el flujo constante de ideas de los artistas.

Segunda parada | Fundación Mapfre

La maestría del retrato fotográfico. Apenas 150 pasos más abajo, dejando atrás el enrejado de la BNE y cruzando la mediana ajardinada del Paseo de Recoletos, se erige la Fundación Mapfre. Las lonas que revisten su fachada anuncian, entre otras exposiciones temporales, la mayor retrospectiva realizada hasta la fecha del trabajo de Judith Joy Ross (1946). “Durante toda mi vida supe que quería ser artista, aunque no tenía una idea clara de lo que eso significaba hasta que descubrí la fotografía”, argumenta la estadounidense desde uno de los murales informativos que conectan las diferentes salas del centro.

El retrato ha sido desde siempre su territorio. Cautivada desde los últimos años setenta por los gestos reveladores de la gente corriente que se cruzaba ante sus ojos, Judith Joy Ross ha dedicado gran parte de su trayectoria a capturar, con perspicacia, empatía y sumo respeto, los rostros de la clase trabajadora del lugar donde nació y en el que todavía vive: el nordeste de Pensilvania.

El uso del blanco y negro y de la luz suave, el corte psicológico que otorga la poca profundidad de campo y la relación espontánea que la fotógrafa establece con los retratados caracterizan su estilo, una poética entre cercana y distante. Imágenes enigmáticas, pero alejadas de todo formalismo. Es la historia personal escrita en la mirada de cada individuo la que nos interpela, hipnotizante.

Las armaduras de los guerreros samurái son unas de las piezas de ‘Japón, una historia de amor y guerra’ en CentroCentro.
Las armaduras de los guerreros samurái son unas de las piezas de ‘Japón, una historia de amor y guerra’ en CentroCentro. Claudio Alvarez/EL PAIS

Tercera parada | El Palacio de Cibeles

Viaje por la cultura nipona de siglos pasados. Entre los dos Paseos, a la vera de la fuente de Cibeles, donde muere el paseo de Recoletos y nace el del Prado, se levanta el antiguo Palacio de Telecomunicaciones, que desde finales de 2007 otorga cobijo al Ayuntamiento de Madrid con el nombre de Palacio de Cibeles. En su interior se halla también el espacio de encuentro intercultural CentroCentro, que, desde el pasado 22 de septiembre y hasta el 30 de enero del año que viene, acoge más de 200 obras japonesas en una exposición temática que pretende transportar a quien la transita a la cultura y la atmósfera niponas desde el periodo Edo (1603-1868) hasta el siglo XX.

De enfoque holístico, Japón plantea un repaso exhaustivo y transversal del mundo flotante del ukiyo-e y de la vida japonesa del siglo XIX. Un viaje articulado mediante un conjunto muy diverso de piezas pertenecientes a un amplio crisol de disciplinas artísticas: de dibujos, pinturas y esculturas a fotografías, kimonos, armaduras y abanicos.

La selección, que pertenece a dos de las colecciones más prestigiosas de todo el mundo, está articulada en 11 secciones. El itinerario repasa los orígenes del ukiyo-e (concepto referido al hedonismo de las nuevas clases burguesas de Japón surgidas en el XVII, tras la unificación); el transgresor —por popular y burlón— teatro kabuki; el erotismo expresionista de las “imágenes de la primavera”; el arquetipo del héroe solitario representado por el musha (guerrero tribal que acabaría por transformarse en la figura del samurái); la dimensión simbólica de las obras paisajísticas (fukei-e) o el papel de la mujer en la sociedad japonesa —de las geishas a las cortesanas, víctimas ambas de un ideal de belleza que lastraba por completo su existencia—.

Cuarta parada | El Museo Thyssen-Bornemisza

El mundo de Magritte. La siguiente visita obligada queda poco más allá de Apolo, justo antes de alcanzar Neptuno. En el Thyssen-Bornemisza conviven, hasta el 30 de enero, más de 90 pinturas del más importante pintor surrealista, junto a Dalí y Ernst, del siglo XX: René Magritte.

Una sala del Museo Thyssen-Bornemisza, que acoge la exposición ‘La máquina Magritte’.
Una sala del Museo Thyssen-Bornemisza, que acoge la exposición ‘La máquina Magritte’. Claudio Alvarez/EL PAIS

Desde 1989 Madrid no dedicaba una retrospectiva al artista belga, famoso por, entre otros rasgos estilísticos, la fusión deliberadamente incongruente de palabras e imágenes, la actitud irónica hacia el mito del genio creador, la utilización del cuadro dentro del cuadro o el gusto por la inversión de figura y fondo en sus pinturas. Entre sus obras más conocidas se hallan La alta sociedad, El arte de la conversación, La traición de las imágenes o Los valores personales, que ponen de manifiesto las características principales de su estilema.

Los dos conceptos clave de la poética magrittiana, semejanza y extrañamiento, apuntan en cada una de sus obras a un mismo objetivo: desorientar al espectador, desde la discordancia y la puesta en cuestión de la realidad cognoscible, para escapar de una interpretación común y banal de sus cuadros. En palabras del propio Magritte, “las imágenes pintadas que evocan el misterio afirman la belleza de lo que no es ni sentido ni sinsentido”. La muestra concluye con una instalación que recoge un conjunto de imágenes fotográficas y películas domésticas que realizó el pintor.

Quinta y última parada | El Museo del Prado

La influencia cultural del Nuevo Mundo. Antes de arribar al Jardín Botánico, en la esquina opuesta de la fuente de Neptuno, se erige el Museo del Prado, cuyas puertas principales guardan los monumentos a Goya y Velázquez. Las salas A y B del Edificio Jerónimos acogen estos días (y hasta el 13 de febrero de 2022) la exposición itinerante Tornaviaje: Arte iberoamericano en España, conformada por 107 aportaciones culturales del Nuevo Mundo a España; piezas de los virreinatos americanos que se conservan actualmente en colecciones, instituciones y espacios religiosos de este país.

El objetivo de la muestra, comisariada por el catedrático de la Universidad de Granada Rafael López Guzmán, es resaltar la importancia e influencia en la tradición española de dichos objetos virreinales, para, además de situarlos en la Edad Moderna —resaltando tanto sus cualidades artísticas como sus valores culturales e ideológico —, ponerlos en diálogo con el contexto cultural de nuestros días.

Un visitante contempla una de las obras expuestas en la muestra 'Tornaviaje. Arte iberoamericano en España'.
Un visitante contempla una de las obras expuestas en la muestra 'Tornaviaje. Arte iberoamericano en España'.Claudio Alvarez/EL PAIS

Obras como el Retrato de Moctezuma, el Quadro de Historia natural, civil y geográfica del Reyno del Perú o Los tres mulatos de Esmeraldas —pieza esta última utilizada como imagen de cabecera de la muestra— ponen de relieve la enorme variedad temática de la pintura americana, que serpentea entre las imágenes cultuales, los retratos de personalidades eclesiásticas o políticas y las representaciones urbanas de individuos de estatus sociales muy diversos.

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