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Muere Carmen Herrera, la artista que triunfó a los 89 años

La pintora de origen cubano, fallecida a los 106 años en Nueva York, deja obra en los principales museos del mundo

Carmen Herrera, en su estudio de Manhattan (Nueva York), en abril de 2010.
Carmen Herrera, en su estudio de Manhattan (Nueva York), en abril de 2010.Miguel Rajmil Miguel Rajmil (EFE)

La cubano-estadounidense Carmen Herrera, cuyas pinturas de colores radiantes y formas geométricas pasaron inadvertidas durante décadas antes de despuntar en el mundo del arte, ha muerto en Nueva York este sábado. Tenía 106 años y una vida entregada a los pinceles, en silencio y sin esperar un reconocimiento que le llegó tarde, a punto de cumplir los 90. Pintaba porque tenía que hacerlo, repetía. “No he pintado ni por gloria, ni por dinero, lo he hecho por necesidad y porque se me da bien”, explicó en 2010 en una entrevista a este diario. “Claro que me interesaba vender mi trabajo antes y me mortificaba no hacerlo, pero no soy comerciante”.

Herrera nació en La Habana, en 1915, en una familia de periodistas: su padre fue uno de los fundadores del diario El Mundo y su madre era reportera. Estudiante de arquitectura en la universidad de La Habana, estableció desde joven una especie de puente aéreo entre la capital cubana y París, en los años treinta y cuarenta, donde llegó a exponer en el Salon des Réalites Nouvelles, el templo de la abstracción en la época. También viajó con frecuencia a Nueva York, adonde dio el salto definitivo a mediados de los cincuenta tras casarse con Jesse Lowenthal, profesor de literatura de secundaria y a quien permaneció unida hasta la muerte de este, en 2000. En el amor y en el arte Herrera ha sido ejemplo de constancia inquebrantable.

Antes de establecerse en la Gran Manzana hizo prácticas entre 1942 y 1943 en la Liga de Estudiantes de Arte. Pero destacar como artista siendo mujer en el Estados Unidos de la posguerra era un reto difícil; tanto, como hacerlo siendo latino: dos factores que muchos años después contribuirían a su revelación. “La gente no estaba lista para recibir mi trabajo”, declaró Herrera al Observer de Londres sobre aquellos años. Galeristas de vanguardia en Nueva York le decían, sin disimulo, que por interesante que fuera su obra, nunca le dedicarían una exposición por el hecho de ser mujer. El desconocimiento del público y del mercado fue positivo, sostuvo siempre: porque le permitía trabajar sólo conforme a su inspiración y su gusto, sin depender de las corrientes en boga ni las demandas de los galeristas o un hipotético público.

A su epifanía como artista no fueron ajenas dos tendencias que varias décadas después intentaron remediar la infrarrepresentación de minorías en el mundo del arte en EE UU: en concreto, la de los artistas latinos, y la de las mujeres. Herrera era la combinación perfecta, gracias a una obra sólida, atesorada sin desmayo durante décadas y que se reveló al mundo en una sala en 2004. Fue entonces cuando vendió su primera obra. A raíz de la muestra, la influyente coleccionista Ella Fontanals-Cisneros, también de origen cubano y propietaria entonces de una importante fundación en Miami, compró cinco cuadros suyos. También se rindieron a su obra otras coleccionistas tan reputadas como Estrellita Brodsky, embajadora del arte latinoamericano, y Agnes Gund, presidenta emérita del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa).

Superados esos 60 años de discreto y fructífero silencio, en los que paulatinamente se embarcó en “un proceso de purificación de por vida, un proceso de quitar lo que no es esencial” -según la nota biográfica, actualizada, que le dedica la galería Lisson de Londres-, las pinturas de Herrera, composiciones minimalistas llenas de líneas rectas, formas y color, se pueden ver hoy en colecciones permanentes de importantes museos como el Whitney de Nueva York y la Tate de Londres. Su vinculación al Museo del Barrio, dedicado al arte latinoamericano, fue destacada, ya que expuso en él una década antes de su consagración formal. Fue precisamente el presidente del patronato de este museo, Tony Bechara -a la sazón amigo y vecino de la artista- quien recomendó su obra al galerista Frederico Sève, y este, a Fontanals-Cisneros y Brodsky.

“El meollo de la pintura de Carmen Herrera es un impulso por la simplicidad formal y un sentido impresionante del color”, recuerda la galería Lisson. “Una maestra de las líneas marcadas y planos cromáticos en contraste, Herrera crea simetría, asimetría y una variedad infinita de movimiento, ritmo y tensión espacial en el lienzo”. Sus pinceles produjeron configuraciones geométricas minimalistas, en blanco y negro y luego en colores brillantes, con ecos de Mondrian y el Pop Art: triángulos y trapecios, conchas, espirales flotando en un universo prístino. De la Smithsonian de Washington a Minneapolis, de Nueva York al Reina Sofía, la labor callada y sin alharacas de Herrera ha sido el secreto mejor guardado del arte contemporáneo. Una mujer de apariencia quebradiza que no sólo superó el techo de cristal del género y de la etnia, también el de la edad, en un mercado tan proclive al vértigo de la novedad.

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