Muere a los 63 años Fernando Marías, el escritor que murió mil veces

El novelista bilbaíno, ganador del premio Nadal de 2001 por ‘El niño de los coroneles’, fue capaz de reinventarse una y otra vez en todos los planos humanos y culturales

El escritor Fernando Marías, retratado en 2015 en Barcelona.
El escritor Fernando Marías, retratado en 2015 en Barcelona.JUAN BARBOSA

Ha muerto Fernando Marías, un hombre profundamente culto, generoso, capaz de reinventarse una y otra vez en todos los planos humanos y culturales y, probablemente, el bilbaíno más alegre, universal, desprendido y creativo que hayamos podido conocer. El escritor nacido hace 63 años fue autor de (al menos) dos novelas memorables, imprescindibles para quien quiera aprender de la lectura y no solo entretenerse. Una fue La luz prodigiosa (1992), sorprendente ficción en torno a un Lorca que habría sobrevivido a los captores y que lucha por abrirse paso en territorio hostil. Hoy se han hecho comunes esas ráfagas de reinterpretación de la vida de autores como el grandioso Hamnet, de la mano de Maggie O’Farrell (Libros del Asteroide) o el recién publicado Melvill, de Rodrigo Fresán (Literatura Random House). Pero aquella novelita de Marías fue todo un anticipo, y bellísimo, de esa libertad de reinvención que supo captar en el drama nacional que encarnó el poeta granadino y que sigue agitando nuestro problema con la memoria.

Y esa capacidad para la reinvención es la que marcó su vida desde los abismos del alcohol hasta su curación total y que reflejó en su segunda (al menos) novela memorable, El mundo se acaba todos los días (2005), un desnudo integral, una inmersión honesta, escandalosa, en las pulsiones suicidas de la adicción capaces de arrastrar a quien más quieres y en los frágiles asideros en que puede sustentarse la salvación.

Hubo salvación para Marías, pues dejó atrás el alcohol, aunque nunca la conciencia de lo quebradiza que es la voluntad, pues fue un militante constante del agua y hasta la cerveza 0,0 era anatema para él. Además, ganó premios como el Primavera con Todo el amor y casi toda la muerte, el Nadal con El niño de los coroneles o el Biblioteca Breve con La isla del padre.

Le conocí en la última Semana Negra de Gijón que fletó un tren propio, una antigualla que fue serpenteando desde Madrid hasta el norte con lentitud, sin un triste bocadillo, con paradas obligadas ante los cortes que los mineros de León y Asturias protagonizaban esos días por alguna buena causa, y todos los que lo vivimos recordamos haber llegado con un agujero en el estómago, pero amigos nuevos y divertidos. Su nombre estará para muchos ligado para siempre a una Semana Negra (de Gijón) que —con tren o sin tren propio— reunió siempre a personas de calidad, como él. Elegante, genial conversador y, sobre todo, dueño de un humor agudo e inteligente, Marías era lo que se veía: una de esas personas capaces de mantener el tipo sobre el escenario o en la hambruna de ese tren con tantas paradas como las de una película del Oeste.

Feminista de facto, visionario en tantas cosas, alegre, gracioso, nunca rehuyó su desnudez literaria, la crudeza, el daño, ni maquilló nada

Y ese fue precisamente otro de sus territorios de pasión: el cine. Lo estudió al llegar a Madrid en 1975 y lo ejerció largamente como guionista, entre otras de su propia La luz prodigiosa, que fue llevada al cine en 2002 bajo dirección de Miguel Hermoso y que fue nominada a Mejor Guion Adaptado en los Goya.

Pero todo era poco para su afán de experimentar y reinventarse y, en los últimos años, saltó al teatro con sus propios monólogos y proyectos compartidos, especialmente con Espido Freire. Su obra Esta noche moriré es otra de esas tramas redondas que logró sorprenderme cada vez que la vi, fuera entre buenos amigos en el festival Granada Noir o en un teatro de Lavapiés, donde la estrenó ya en circuitos profesionales y con él morimos y resucitamos mil veces. Sin miedo y sin tapujos compareció ante el público como si llevara actuando toda la vida. Y le encantaba.

La edición y la gestión cultural fueron otra de sus versiones, también plena de calidad. Eligió, elaboró y editó con meticulosidad H Negra (Alrevés), un conjunto de relatos escritos por 22 mujeres e ilustrados por otros tantos dibujantes que amasó con valentía y orgullo cuando las escritoras apenas éramos una mesa de debate en la que agruparnos. Feminista de facto, visionario en tantas cosas, alegre, gracioso, nunca rehuyó su desnudez literaria, la crudeza, el daño, ni maquilló nada.

Contar las oscuridades

“La verdadera valentía es contar las oscuridades. Con ellas llevo tiempo conviviendo, psicoanalizándome y no me crea ningún trauma reconocer mi alcoholismo, porque ya lo superé hace mucho tiempo”, me dijo en 2015 tras publicar La isla del padre. “Creo que más que liberarme del pudor para hablar de mi padre me he liberado del pudor para hablar de mí. Es como adentrarme en las zonas oscuras de mí mismo. Yo estoy protegido por mi padre”.

Ese fue uno de los dos proyectos que quiso acometer en sus últimos años, donde aún gozaba de una salud de hierro que solo se ha torcido hace pocas semanas. El otro era sobre la muerte de su primera mujer, con la que compartió el amor y el abismo del alcohol. Quería abordar ambas muertes —la de su padre y la de su mujer— y quería hacerlo sin descanso. Dicen que Arde este libro, editado hace pocos meses por Alrevés, es su mejor libro.

Y lo escribió sin saber que, después de esas dos muertes, llegaba la suya. De esa él no podrá escribir. Nos toca.




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Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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