Sándalo y cascabeles en el viaje de la vuelta al mundo

El 25 de enero es otra fecha con identidad propia en la celebración de los 500 años de la primera navegación alrededor del planeta: ya en solitario y antes de enfrentarse al océano Índico, la nao Victoria llega a la aromática isla de Timor

Ilustración de Timor de Louis Claude Desaulses de Freycinet (1779-1842), publicada en París entre 1824 y 1844.
Ilustración de Timor de Louis Claude Desaulses de Freycinet (1779-1842), publicada en París entre 1824 y 1844.Science & Society Picture Librar (SSPL via Getty Images)

Hacía un mes que la nao Victoria, capitaneada por Juan Sebastián Elcano, navegaba rumbo sur desde la diminuta isla moluqueña de Tidore para iniciar el largo periplo oceánico de vuelta a España hacia el oeste. Orientados por los pilotos del rey al-Mansur de Tidore, tras serpentear entre infinidad de islas y cruzar el mar de Banda, el 25 de enero de 1522 los españoles arribaron a Timor. En los límites de las rutas comerciales a las Molucas, las Filipinas y China, era la última hacia el este siguiendo el rosario de islas que delimita el mar de Flores por el sur. En realidad, eso es lo que quiere decir Timor, o timur, en malayo-indonesio, “este”, lo cual indica la dificultad de los mercaderes visitantes en situarla geográficamente.

La primera fuente portuguesa sobre Timor fue un mapa del cartógrafo Francisco Rodrigues, pero el cronista Antonio Pigafetta fue el primero en describir una isla que ya aparecía en documentos chinos de mediados del siglo XIII y en derroteros árabes del XV. Era una tierra rica, hasta oro tenía, además de “jengibre, búfalos, cerdos, cabras, gallinas, arroz, higos, caña de azúcar, naranjas, limones, cera, almendras, alubias y más cosas”. Tanto detalle en los alimentos parece querer decir que tenían hambre los de la Victoria. Pero de Timor lo importante era el sándalo, lo vio enseguida Pigafetta. Aquella resistente y aromática madera apreciada desde antiguo en China, la India y Persia, e incluso en Europa, servía para muchas cosas: se hacían muebles e imágenes, embriagante resina de incienso y se destilaban aceites esenciales para la perfumería y las celebraciones de prácticamente todas las religiones asiáticas. De olor dulce y almizclado, el sándalo era balsámico, con propiedades terapéuticas y afrodisiacas, era útil para limpiar los pensamientos y alcanzar la armonía espiritual; la medicina ayurvédica empleaba el aceite para resolver problemas urinarios, digestivos y respiratorios; en China servía para calmar las náuseas y las afecciones de la piel. El imprescindible sándalo era estimulante, astringente, antiséptico, analgésico, expectorante, diurético. Tenía un inconveniente: a los que iban a cortarlo se les aparecía el demonio para ayudarlos en la labor y después caían “enfermos durante algunos días”, quizá por los efluvios que exhalaba la madera y no tanto por la presencia del demonio.

El fruto de sándalo.
El fruto de sándalo. Auscape (Universal Images Group via Getty)

En cualquier caso, Timor era un buen sitio para esconderse, porque Elcano navegaba conscientemente por zonas prohibidas para Castilla según el Tratado de Tordesillas y sabía que lo acechaban naves portuguesas. De hecho, el monzón sopló a su favor, porque su perseguidor António de Brito esperaba en Java el viento que lo había de llevar hacia el archipiélago Alor, mientras la Victoria, tras grandes dificultades de navegación, hacía escala en Timor. También es cierto que al portugués le hubiera podido llegar información sobre la presencia de los españoles en la isla, pero fueron otras las noticias que recibió de un junco que venía de Banda: parece que habían “encontrado gente blanca” de quien recibieron “un salvoconducto para navegar con seguridad” en el que el perseguidor reconoció “letra castellana, tan pomposa y copiosa en palabras como esta nación suele en su escritura”. No consta que la Victoria se detuviera en Banda, pero, en cualquier caso, el cronista João de Barros no quiso perder la oportunidad de burlarse un poco del enfático estilo español en sus Décadas da Ásia al narrar la expedición de Fernando de Magallanes que acabaría siendo la primera circunnavegación del planeta.

En una carta de un ya tardío 11 de febrero de 1523 le contaba António de Brito al rey de Portugal que la Victoria se le había escapado, pero que intentaría cazar a la Trinidad, que no había podido zarpar del Maluco. También sabía el portugués lo que se proponía hacer Elcano: desde Timor, “si hallaban mar grande, ir a la isla de São Lourenço [Madagascar] y hacer el camino que hacen las naves de Vuestra Alteza”. Consciente de los peligros de ese derrotero, concluye que “será tamaño milagro llegar a Castilla”, sobre todo, “porque la nao era muy vieja y falta de mantenimientos” y, además, porque “los castellanos no querían obedecer al capitán”. Aparte de cuestionar la autoridad de Elcano, opina António de Brito que será fácil de apresar la Victoria “por los muchos lazos que Vuestra Alteza tiene por aquí por la India”. Evidentemente, en febrero de 1523, cuando Brito escribía su carta, no había llegado al Maluco la noticia del arribo de la Victoria a Sevilla.

Ilustración de Timor recopilada por el naturalista Francois Peron (1775-1810) y publicada en París en 1815.
Ilustración de Timor recopilada por el naturalista Francois Peron (1775-1810) y publicada en París en 1815.Science & Society Picture Librar (SSPL via Getty Images)

Pigafetta vio a los timorenses muy desnudos, aunque también muy adornados y entre ellos advirtió enfermos de “la enfermedad de San Job [a la que] llaman for franchi, esto es, el ‘mal portugués”. Esta vez, el mal de San Job no era lepra o algún otro tipo de enfermedad infecciosa de las diversas que había detectado, sino claramente sífilis, contagiada por los franchi, es decir, los francos, los extranjeros, los portugueses. Y debió de hacer buenas migas el italiano con los pilotos del rey de Tidore, porque le informaron con detalle sobre Java, la volcánica isla del ébano y el arroz. Supo así del ritual funerario del sati, importado de la India, por el que las viudas se inmolaban vivas en las piras en las que se incineraba a los maridos muertos, o de los cascabeles que los jóvenes javaneses enamorados se ataban entre el glande y el prepucio para, “como si orinaran”, sacudirse el miembro haciéndolo sonar bajo la ventana de sus enamoradas. Pigafetta…, siempre atento a las rarezas que los diferentes habitantes de la especiería practicaban con sus penes. La que describió con mayor pormenor fue la del piercing que los hombres de la filipina Cebú se hacían en el glande, el llamado ampallang, una perforación horizontal por la que pasa “un hilo de oro o de estaño, del grosor de una pluma de oca, que les atraviesa de parte a parte la punta del miembro”, y “en los extremos de este hilo algunos llevan una especie de estrella con puntas y otros algo similar a la cabeza de un clavo”. Advierte que a las mujeres les gusta y, a continuación, pasa a describir cómo son las relaciones sexuales con aquel pene perforado: cuando los hombres “aún no están dispuestos, empiezan muy despacio a introducir primero una estrella y luego otra. Cuando ya están dentro y el miembro se pone a punto, lo dejan allí hasta que se ablanda, pues de lo contrario no podrían sacarlo”. Opina que los hombres «tienen esta costumbre porque su naturaleza es débil» y, ya sin rubor, anota que “las mujeres nos preferían con mucho a sus hombres”, no vaya a ser que se piense que el exótico ampallang hacía maravillas.

No solo sobre sándalo y cascabeles aprendió Pigafetta en Timor, porque aquellos pilotos le ofrecieron mucha información sobre Malaca, Siam y China, sobre las castas de la India, sobre el ruibarbo y el almizcle, y también le hablaron de una isla al sur de Java donde “solo viven mujeres a las que las fecunda el viento”, mito recurrente entre viajeros occidentales de diferentes épocas y en diferentes lugares del mundo, o de los enormes pájaros garuda, capaces de transportar un búfalo o un elefante. Sin duda, sabían cosas los pilotos, modernas y legendarias, parecía que hubieran leído a Plinio y a Marco Polo. Y Pigafetta, que era muy de anotar, quizá no se dio cuenta de que aquellos hombres se estaban riendo un poco de él.

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