ADIÓS A UN CERVANTES

Novela, poesía, memoria: sesenta años de trayectoria de Caballero Bonald

Un recorrido crítico por los diversos géneros en la obra literaria del escritor, fallecido a los 94 años

Caballero Bonald, en La Caleta (Cádiz), en 2006.
Caballero Bonald, en La Caleta (Cádiz), en 2006.Pablo Juliá

La trayectoria literaria de José Manuel Caballero Bonald ha sido sin duda una de las más sólidas de la cultura española contemporánea. Por supuesto que ha llovido mucho desde la publicación de su primer libro, titulado Las adivinaciones (1952), cuando un joven de 26 años recogía en Madrid, después de marear al linotipista con urgentes cambios de última hora, el librito encuadernado en el formato típico de la colección de poesía Adonais: “Lo primero que me disgustó, aun sabiéndolo de antemano, fue que el librito era realmente de formato muy pequeño y que el cuerpo de la letra aún lo era más”. Caballero Bonald pasaría aquella tarde del 29 de febrero de 1952 (año bisiesto) con algún ejemplar en el bolsillo de su chaqueta, ilusionado y dispuesto a mostrárselo a las personas adecuadas con las que se pudiera encontrar. Al parecer no fue una buena tarde y sólo tuvo ocasión de compartir la gran noticia que es siempre un primer libro con su hermano Rafael. Y aquella noche, él mismo, un tanto perplejo por lo sucedido, sería el único lector de Las adivinaciones.

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El último poemario del escritor jerezano llevaría por título Desaprendizajes, se publicó en octubre de 2015 y la horquilla que va de un libro a otro dio fe de una voz poética despierta en lo político, indignada ante la fealdad que ha venido sustituyendo al paisaje, vigilante ante la debilidad y el apocamiento al que pueden conducir los años cumplidos. Porque Caballero Bonald se mantuvo activo durante más de sesenta años: poeta, novelista, ensayista, memorialista, editor, productor... No es fácil sostener una carrera literaria a lo largo de tanto tiempo sin caer en la decadencia o el amaneramiento de algún tipo, pero no fue su caso (y sí el de Cela), de modo que su último libro, Examen de ingenios (2017), un conjunto de semblanzas de escritores y artistas a los que conoció, nos sorprendía de nuevo por la penetración de su prosa.

Como novelista recordemos el valor de tres novelas, Dos días de setiembre, En la casa del padre y Toda la noche oyeron pasar pájaros. En ellas se evoca, de un modo u otro, la sociedad jerezana que Caballero Bonald conocía mejor que nadie. Tantas familias importantes en torno al mundo del vino y del jerez... Los Osborne, Garvey, Domecq, Terry, Williams, Gordon, Sandeman, O’Neale... Construyeron un hábitat que oscilaba entre las juergas flamencas y el té de las cinco. “Yo quise escribir en tiempos esa historia, o sea, la novela de toda una familia de bodegueros arquetípica dentro de la órbita social jerezana, porque de eso sé casi todo lo que hay que saber... pero nunca encontré el entusiasmo preciso, de pronto me daba pereza, supuse que era un esfuerzo que no me compensaría literariamente, que era un tema excesivo para mi gusto o mis aficiones. Así que me quedé en un par o tres de tentativas”. Extraigo la cita de la entrevista que le hice cuando proyectaba la publicación de sus dos libros de memorias en un solo volumen, La novela de la memoria, donde quedaron recogidos Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001). Recuerdo la ligera irritación de Caballero Bonald cuando le envié el borrador de la entrevista y confundí el oloroso seco, al que me invitó y que era su aperitivo preferido, con una manzanilla.

No es fácil sostener una carrera literaria a lo largo de tanto tiempo sin caer en la decadencia o el amaneramiento de algún tipo

En todo caso, en sus memorias el escritor había querido hurtarse al compromiso del pacto autobiográfico, sosteniendo en el subtítulo de su obra una idea de la que nunca abdicó: la memoria como novela. Y es que por más que el autobiógrafo se apoye en sus recuerdos de los hechos, estos sobreviven en la mente de forma muy impura y se mantienen veteados de realidades imaginarias que los sostienen, hasta el punto de que puede resultar imposible su deslinde final. ¿Qué es lo que pertenece a la memoria verdadera de lo sucedido y qué pertenece a la fantasía que pudo acompañarla? ¿Acaso pueden verbalizarse unos recuerdos si no es con un sostén creativo que los transforme en objeto artístico? Para Caballero Bonald, como para Carlos Barral y en general para una interpretación estilizada de la memoria que domina en los años noventa, cualquier otro planteamiento resultaba imposible. Aunque la suya no fuera precisamente una memoria complaciente con nada ni con nadie.

Anna Caballé es escritora.

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