LA SEGUNDA REPÚBLICA

Los errores de Azaña que facilitaron el golpe del 36

El historiador Ángel Viñas muestra en su nuevo libro cómo la ineficacia de los dirigentes republicanos despejó el camino a la sublevación

Manuel Azaña, cuando desempeñaba el cargo de ministro de la Guerra, pronuncia un discurso en la Academia militar de Toledo, el 7 de octubre de 1931. A la izquierda, el general Queipo de Llano, uno de los golpistas de 1936.
Manuel Azaña, cuando desempeñaba el cargo de ministro de la Guerra, pronuncia un discurso en la Academia militar de Toledo, el 7 de octubre de 1931. A la izquierda, el general Queipo de Llano, uno de los golpistas de 1936.EFE

El historiador Ángel Viñas (Madrid, 80 años) salva en su nuevo libro a pocos de los personajes, en la derecha y en la izquierda, que marcaron la historia de España durante los meses previos a la intentona golpista del 18 de julio de 1936 que degeneró en Guerra Civil. Unos por conspiradores contra el régimen legal y otros por su ineficacia para ahogar el evidente ruido de sables.

El libro se titula El gran error de la República (Crítica). Viñas, catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid, dice, por teléfono, que su nueva obra —ha publicado una veintena de libros de historia desde 1974— “es producto de la pandemia”. Le dio el tiempo justo de “ver papeles” hasta poco antes del confinamiento y la escribió durante el encierro. Con esta publicación celebra también su cumpleaños.

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¿Cuáles son esos papeles que consultó? Viñas reconoce que ha elaborado un “relato complicado, pero analítico, con documentos del Gobierno de la República que reflejaban la información que recibía sobre lo que ocurría en los cuarteles”. También, informes que los embajadores francés e inglés en Madrid enviaban a sus países sobre el runrún de los militares, y luego los que el historiador considera fundamentales para esta obra, los del Archivo Militar de Ávila sobre la Unión Militar Española (UME), la asociación clandestina de jefes y oficiales fundada en agosto de 1934, tras las reformas del Ejército ejecutadas por Manuel Azaña como ministro de Guerra.

En la UME estaban algunos de los cabecillas de la futura sublevación, que hicieron circular “documentos de propaganda para lavar el cerebro a otros militares y distribuirlos en los cuarteles”. “La UME no se limitará a usar la fuerza contra los traidores a España […] Barrerá del Gobierno a quienes los alienten”, proclamaba una de sus octavillas. El mensaje central, acentuado tras el triunfo de las izquierdas en las elecciones de febrero de 1936, es que en España se quería implantar por la fuerza una revolución comunista y que había que evitarlo. Incluso en algún panfleto se advierte de que en la aniquilación del país iban a participar “los hebreos expulsados de la Península por los Reyes Católicos que han conservado la esperanza de venganza”. Contra esa agitación, amplificada, subraya Viñas, por diarios como el Abc, no surgió una réplica contundente del Gobierno. Entre los anexos del libro figura un listado de casi 2.000 miembros de la UME.

Un espía en la UME

La Dirección General de Seguridad (DGS), dependiente del Ministerio de la Gobernación, logró “meter a un espía en la cúpula de la UME, por lo que el Gobierno sabía lo que pasaba, pero Azaña, ya como presidente del Consejo de Ministros, se carga en febrero del 36 al equipo de la DGS”. ¿Por qué? Ese espía, que actuaba bajo el seudónimo de Manrique, había informado en 1935 de que la UME estaba “dividida entre los que quieren dar ya el golpe, como el general Manuel Goded [que será condenado por rebelión y fusilado el 12 de agosto de 1936] y los que no, como Franco”. El embajador de Francia transmitió a París una conversación con Azaña recién nombrado este presidente del Gobierno: “La supuesta agitación de los militares no consiste sino en conversaciones de café entre oficiales monárquicos […]”, le aseguró Azaña al diplomático. En los dos meses previos a la sublevación, Azaña recibe a varios generales, entre ellos algunos de los golpistas, que le aseguraron uno por uno su lealtad a la República. “Lo engañaron aviesamente”.

Santiago Casares Quiroga, presidente del Gobierno cuando estalló la Guerra Civil, en una imagen de mayo de 1936.
Santiago Casares Quiroga, presidente del Gobierno cuando estalló la Guerra Civil, en una imagen de mayo de 1936.Keystone-France / Getty

Además, el Ministerio de la Guerra “tenía un servicio especial de información sobre lo que sucedía, pero en la primavera del 36 deja de suministrar datos, ¿por qué no se adoptaron medidas?”, se pregunta Viñas sobre estas “inacciones escasamente comprensibles”. El historiador apunta asimismo un factor, según él, fundamental: “Se hizo descansar la vigilancia de los conspiradores sobre los gobernadores civiles”, que no tenían medios para ello. Su conclusión es que “no se cumplió con el deber de impedir el asalto a la legalidad”. Junto a Azaña, el otro nombre sobre el que carga las tintas es Santiago Casares Quiroga, jefe del Gobierno cuando se produce la rebelión. “La inopia de los gobernantes republicanos es comparable a la de los dirigentes británicos” cuando creían que Hitler no provocaría una guerra europea.

En descargo de los dirigentes republicanos, también hubo cuestiones que desconocían, “como la conexión de los conspiradores con la Italia fascista, un apoyo forjado por los monárquicos, que prácticamente desde la caída de Alfonso XIII urden la restauración con ayuda de Mussolini”. “En un archivo en Roma vi la entrevista de [Antonio] Goicoechea, el número dos de [José] Calvo Sotelo en el monárquico partido Renovación Española con Mussolini, en octubre de 1935. Le dice que si las izquierdas ganan las elecciones, se sublevarán. Italia solo necesitaba tener las manos libres por la guerra de Abisinia”, lo que sucedió en mayo de 1936.

“La supuesta agitación de los militares no consiste sino en conversaciones de café”, le dijo Azaña al embajador de Francia

Así, Viñas dibuja los tres tentáculos del golpe: el monárquico, el fascista y el militar, e incide en el primero. “Los monárquicos estaban detrás de la UME. Lo que ocurrió es que estaban divididos entre los que querían la restauración en la persona de Alfonso XIII, que claramente conocía la conspiración, o en su hijo, don Juan”. La relación de los monárquicos con la otra pata, la Falange, “fue financiar a pistoleros para cometer atentados y provocar”. Sobre las tesis que defienden una gran violencia por extremistas de derecha e izquierda en la primavera de 1936, responde: “Claro que hubo muertos, pero la mayoría fueron de izquierdas, en choques con las fuerzas de orden público y en el sur de España, porque estaba la desesperación del hambre”. Tras la guerra se impuso la visión de los hechos desde la óptica que dejó escrita, no sin cinismo, el propio Franco: “Salvamos a la nación y con ella a la República; pero esta desconfiaba de nosotros. En ella no cabían las personas dignas”.

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