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LA LIBRERÍA COLUMNA i

“Hombre triste como una pared de adobe”

José Luis Merino publica un libro de entrevistas a figuras en México como Juan Rulfo, Carlos Fuentes y José Luis Cuevas

José Luis Merino (izquierda) con Frank Gehry, ante el Guggenheim de Bilbao a finales de los años 90.
José Luis Merino (izquierda) con Frank Gehry, ante el Guggenheim de Bilbao a finales de los años 90.

Escribe con letra del 72. Lleva años perdiendo la visión. Ve por dentro, como si Bach le agrandara el espíritu de la letra. “Escucho a Bach”, dice, desde esa dimensión en que la letra le devuelve lo que sueña, “desde hace más de 50 años”. “En los últimos 20, casi a diario. Bach te lleva a lugares que no están aquí. Te ayuda a vivir y te enseña a morir. Esto lo entenderá mejor que nadie el maestro Emilio Lledó)”, afirma.

Es José Luis Merino, nacido en Bilbao en 1931. Últimamente dicta sus cartas, pero cuando las escribe él mismo se convierten en jeroglíficos cuya lectura son cuadros de Cy Twombly o dibujos de Miró, rodeadas de exclamaciones. Asombrado por la vida, ahora está, cuenta, “con Raymond Chandler…”. “Sólo vivo para escribir. El resto del tiempo es algo que debo soportar, para seguir escribiendo. Escribir es un no parar de dar pasos dentro de uno mismo. Un largo viaje de inicios y rechazos, de audacias y de miedos. Esto sedujo a Michael Ende. Lo de Montaigne mejorado: la mitad de las palabras de un libro son del autor, la otra mitad de los lectores”.

En 1970 hizo en México, mientras preparaba una exposición de artistas vascos, 19 entrevistas que permanecieron hibernadas. Estaban en el sarcófago del magnetófono, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco, David Alfaro Siqueiros, José Luis Cuevas, Brian Nissen… Aparecen ahora traídas como una botella al mar (así titula el conjunto) por el Fondo de Cultura Económica.

Es un libro sorprendente, culebras saludables de las que se dieron en la fértil cultura mexicana de los años setenta. No está, pero le ronda Jorge Luis Borges, que miraba como él mira ahora, sabiendo dónde están, por dentro, las letras que busca, convirtiéndolas en saltamontes de música. José Lezama Lima completa esa tripleta. Lezama, Rulfo, Borges. “Juntos crearon la mayor revitalización de la lengua española desde el Siglo de Oro. Luego, por separado, unos pocos siguieron y siguen en la memoria del buen hacer. Los más pasaron al olvido. No puedo dejar de acordarme de los tres, Borges, Rulfo, Lezama”. En el libro hay escritores que ahora también son personajes, como Juan José Arreola, rescatado por la abundancia de su fama de conquistador.
Arreola es también conocido por su facundia, en la televisión y en la vida. Un día lo fue a ver Borges a su Guadalajara natal. ¿Qué tal, Borges, su conversación con Arreola? “Muy bien. Pude introducir unos sabios silencios”. Merino le hizo una leve introducción para comenzar las preguntas (“Juan José, probemos la voz, uno, dos, tres…”) y Arreola le respondió durante diez folios… Merino es generoso con la memoria: “El monólogo de Arreola lo sentí como si fueran palabras-nubes de una gratísima tarde de verano”.

En la serie hay una entrevista con el también facundo pintor José Luis Cuevas, que se sentía tan genio que durante años su mujer le hacía un retrato fotográfico todos los días. Merino ve su lado menos autorretratado: “En aquellos años había conocido y tratado artistas de mayor autoría a la de Cuevas. La palabra genio debería utilizarse de 100 en 100 años”. Genio era Rulfo, y de él es este retrato que Merino le hace ahora, recordando con la vista y con la música que le regala Bach (como a García Márquez, por cierto) para escribir: “Sobre Juan Rulfo, guardo en mi memoria, lo que pensé cuando me dejó en el hotel, tras una hora de volante en su automóvil: al verle marchar a aquel hombre triste como una pared de adobe, que se iba con él, el desgarrón de una estrella”.

“Cuanto veo o pienso —dice Merino— me lleva a escribirlo. Sobre mi visión (degeneración macular) he construido una respuesta: mis ojos no ven bien; sólo mi pensamiento ve”. Añade dos frases: “El gran arte es denso como la inocencia, obsesivo como el juego e imprevisible como la duda”. Su visión de Rulfo concluye así: “Los milagros rejuvenecen hasta a los muertos”.

Hace falta haber escuchado mucha música (de Bach) para llegar a ese epígrafe: “Hombre triste como una pared de adobe”. Y así, como pintado, era Juan Rulfo.

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