El oro que nunca salió de Madrid

Una numismática descubre que siete de las 2.798 monedas del Museo Arqueológico Nacional desaparecidas en la Guerra Civil se han conservado en los fondos de la institución

Algunas de las monedas califales localizadas en el Museo Arqueológico Nacional.
Algunas de las monedas califales localizadas en el Museo Arqueológico Nacional.Ángel Martínez Levas

Paula Grañeda, una numismática del Museo Arqueológico Nacional (MAN), ha resuelto una pequeña porción de un gran misterio histórico: el destino de las 2.798 monedas de oro desaparecidas durante la Guerra Civil rumbo al exilio republicano de México. Grañeda, que trabaja en el Departamento de Numismática y Medallística del museo, descubrió que siete monedas califales de oro que se creían perdidas junto a las demás, se encontraban en los fondos de la casa, de donde no han salido en ocho décadas. Sus conclusiones se recogen en el estudio Monedas que sobrevivieron a la guerra: identificación de un lote de dinares en los fondos del Museo Arqueológico Nacional, publicado en el boletín del museo este año.

El misterio de las monedas desaparecidas arranca el 3 de noviembre de 1936, cuando el subsecretario del Ministerio de Educación Pública, Wenceslao Roces, se presentó en el Museo Arqueológico Nacional, acompañado de guardias de asalto y milicianos, para requisar todas las monedas de oro del Museo Arqueológico Nacional en nombre de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, creada por la Segunda República para salvaguardar el patrimonio artístico, bibliográfico y documental de los riesgos inherentes a la guerra.

Cinco de las monedas compradas a Ramón Portillo el 3 de abril de 1935 y localizadas en el MAN. En blanco y negro, las improntas de los ejemplares.
Cinco de las monedas compradas a Ramón Portillo el 3 de abril de 1935 y localizadas en el MAN. En blanco y negro, las improntas de los ejemplares.ÁNGEL MARTÍNEZ LEVAS

Las piezas formaban parte del llamado Gabinete Numismático, uno de los mayores del mundo, creado por Felipe V en 1711. Ordenó que se vaciasen directamente los armarios con las monedas en cajas de madera que habían traído en un automóvil aparcado a la puerta del museo. Los tejuelos que acompañaban cada ejemplar se perdieron en el volcado, con lo que la información sobre su procedencia desapareció. Roces requisó un total de 2.798 piezas con el fin de evitar su desaparición durante la Guerra Civil. Las bombas caían a pocos metros del museo.

Pero ninguna de las monedas incautadas —el conservador Felipe Mateu y Llopis, que se negó a darlas al ver que se acumulaban sin respetar su catalogación, fue amenazado con una pistola en la sien para que las entregase— volvió a ser encontrada. Tras un periplo por varias ciudades y escondrijos, la administración republicana ordenó su traslado desde el puerto francés de Le Havre en el barco Vita hacia México. El cargamento, que incluía otros elementos valiosos además del tesoro del MAN, fue disputado por los socialistas Juan Negrín e Indalecio Prieto, que finalmente gestionó el destino de aquellos fondos destinados a ayudar al exilio republicano. Lo cierto es que ninguna fue recuperada. Hasta ahora.

El informe de Paula Grañeda señala que estas piezas califales, de alrededor del año 1000, se salvaron porque no habían sido colocadas en los armarios cuando se llevó a cabo la requisa y por “no hallarse integradas en las series islámicas correspondientes [en los armarios], sino apartadas en bandejas junto a otros ingresos”.

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¿Y cómo pueden darse por perdidas siete monedas de oro en un museo? Para entender este embrollo hay que retroceder hasta 1932 cuando el MAN llamó al asesor Antonio Prieto y Vives para que le aconsejase si debía comprar el llamado Tesoro de Badajoz, un conjunto de 1.300 monedas musulmanas —cuatro kilos de peso— que fue hallado en el término municipal de Valencia del Ventoso. Prieto examinó “un millar cumplido” y estudió las 89 más interesantes en su opinión, de las que realizó una impronta (un calco exacto sobre papel).

De todas las monedas, al museo se le ofrecieron 40, de las que siete fueron adquiridas. El lote comprado lo componían una moneda del reinado de Abd al-Rahman III y seis dinares de Hišam II. Todas fueron acuñadas en al-Ándalus, excepto una que lo fue en Madina Safaqus (actual Sfax, Túnez), entre los años 933 y el 1006 cristianos o los 321 a 396 del calendario musulmán. Llegó la Guerra Civil y, tras la requisa de la Junta, las siete se dieron por perdidas. De hecho, en 1992, en una nueva investigación, la directora del departamento de Numismática del MAN, Carmen Alfaro, redactó un informe donde señalaba que no “las había encontrado”.

Y aquí empieza la confusión que ha sido resuelta por Grañeda. Y es que Prieto, tras estudiar el tesoro, había entregado una impronta de él al Instituto Valencia de Don Juan de Madrid. A siete de las piezas, las marcó con una eme, lo que daba a entender —o eso se creía— que estas eran las que había comprado el museo nacional. Sin embargo, estos calcos reflejan un tercio de dinar hispanomusulmán del 931-932 y un dinar de los Banu Midrar (926-927), que no concuerdan con el Tesoro de Badajoz, ya que “exceden los límites temporales del hallazgo”, puesto que el conjunto solo incluía piezas acuñadas a partir del año 933. Además, señala la experta en su informe, “las improntas de las siete monedas con la eme no coinciden con las [características descritas] del expediente de compra del propio museo en 1933”. Es decir, no eran las mismas.

Por eso, Grañeda comenzó a revisar físicamente los dinares del MAN no calificados —están numerados, pero se desconoce de dónde proceden— y que pudiesen “encajar con las monedas de Prieto”. Así halló un dinar y dos fracciones de dinar de Abd al-Rahman III, un dinar y una fracción de dinar de Hišam II y un dinar y una fracción de dinar a nombre del califa fatimí Ubayd-Allah al-Mahdi que sí podían ser, aunque carecían de pruebas definitivas.

Comenzó entonces a revisar viejos documentos de entrada del museo hasta que llegó al expediente MAN 1935/34, que era el único que “mencionaba un ingreso de emisiones islámicas con fechas y/o clasificaciones tipológicas iguales”. Este expediente hacía referencia a un conjunto de 20 monedas, que fueron compradas al coleccionista Ramón Portillo por 900 pesetas el 3 de abril de 1935. Así, la experta localizó 7 de las 20 piezas que mencionaba el documento. “La ausencia de documentación gráfica sobre las 13 restantes nos impide asegurar su presencia en la actual colección del Gabinete Numismático, aunque se da la circunstancia de que se conservan algunas que concuerdan con las descritas”. Es decir, pueden estar entre las 150.000 monedas —de las 300.000 con que cuenta el museo— sin documentar todavía.

“La localización de estas piezas nos permite afirmar que, al menos, una parte del conjunto de monedas de oro compradas a Ramón Portillo en 1935 no se perdió en la Guerra Civil, como hasta ahora se creía. Quizás estos ejemplares se salvaron de la requisa de noviembre de 1936 por no hallarse aún integrados en las series islámicas correspondientes [en los armarios], sino apartados en bandejas junto a otros ingresos de los años treinta”. Fue su salvación.


El tesoro de Badajoz

 

El volumen de piezas numismáticas que maneja el Museo Arqueológico Nacional es excepcional, cerca de 300.000. De ellas, la mitad aproximadamente no está documentada, pero sí registrada. La razones son varias, principalmente que las monedas fueron coleccionadas a partir del siglo XVIII, con lo que sus fichas carecen de fotografías o datos técnicos fiables. Este es el caso del llamado Tesoro de Badajoz. Solo se sabe, según los documentos museísticos, que “en 1932 encontramos referencia a un tesoro hallado en Valencia del Ventoso (Badajoz), compuesto por unas 800 monedas del califato que iban de los años 321 al 402 H. (Abderramán III a Mohamed ben Alfatah), que fueron traídas a Madrid y vistas por D. Antonio Prieto y Vives”.

“De este tesoro ingresaron”, continua el expediente, “por compra a D. Blas Barroso, siete dinares del Califato de Córdoba de los años 321, 378, 384, 393, 394, 396 y 398 H[égira]., elegidos entre los 40 ofrecidos al museo que se conservan en la actualidad dentro del fondo general y presentan excelente conservación".

Paloma Otero, jefa del Departamento de Numismática del museo, lo explica: “Todas las monedas son iguales. Lo importante es el contexto en que se encontraron: incendio, un castillo, un tesoro… Y eso va a registrado en unas etiquetas que las acompañan. Cuando estas etiquetas se pierden, por guerras, mudanzas, confiscaciones o lo que sea, la pieza ya no se puede calificar y se pierde su memoria”.

Hoy en día, el MAN cuenta con unas 6.000 piezas de oro, frente a las poco menos de 4.000 que tenía en 1936. Muchas colecciones han sido recuperadas gracias a donaciones privadas y a las compras realizadas por el Ministerio de Cultura.

 

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Sobre la firma

Vicente G. Olaya

Redactor de EL PAÍS especializado en Arqueología, Patrimonio Cultural e Historia. Ha desarrollado su carrera profesional en Antena 3, RNE, Cadena SER, Onda Madrid y EL PAÍS. Es licenciado en Periodismo por la Universidad CEU-San Pablo.

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