LIBROS

Félix de Azúa: “Nuestra época oculta la muerte”

El escritor aborda los años setenta en ‘Tercer acto’, una nueva entrega de su falsa autobiografía

Félix de Azúa, en Madrid en el otoño de 2020.
Félix de Azúa, en Madrid en el otoño de 2020.Luis Asín

Félix de Azúa (Barcelona, 76 años) acaba de publicar Tercer acto (Literatura Random House), la cuarta entrega de esa falsa autobiografía en la que ha procurado entender, a través de distintas estrategias, el mundo tal como lo ha conocido. De lo que trata en este caso, explica, es de “la despedida de ese falso yo, un repaso a varios modos de aproximarse a la muerte, una enseñanza para morir bien”.

Tercer acto arranca en un ático de Vallvidrera, un barrio de Barcelona, donde unos jóvenes se han tomado un ácido y están alucinando. El capítulo, como todos los del libro, está encabezado por una fecha: 1971. Los setenta son la sustancia de esta heterodoxa exploración literaria alrededor de esa generación que rondaba los 30 años cuando murió Franco, pero una y otra vez hay saltos a otros momentos: 1963, 1981, 2007. El pasado y el presente: dónde y cómo se armaron los propósitos de unos muchachos, en qué anduvieron entonces, de qué manera cambiaron, dónde desembocaron. El exilio en París, la tertulia convocada por un filósofo contestatario, las drogas, una visita a Ernst Jünger, una gruta en Port Lligat, el Ser de Heiddeger, la facultad de filosofía de Zorroaga, y así: la novela va de un lado a otro, sigue a unos personajes, frecuenta el sexo y la muerte, reconstruye un mundo medio oculto, aquel en el que deambulaban los que se encontraron con la muerte de un dictador y emprendieron el camino a la democracia.

Los setenta. “Son años muy convulsos. En Barcelona se produce una verdadera explosión de ludibrio, lujuria y follón, de gran jolgorio, es el entierro de la sardina. En Madrid está la movida. Son fenómenos paralelos: dos estallidos brutales después de 40 años de represión. Me meto en esos años porque son los que conozco mejor, pero el asunto de la novela es cómo se muere uno. Nuestra época oculta la muerte. Lo que se enseña a los niños es que se trata de un esqueletito muy mono dibujado por Walt Disney. Para nosotros la muerte era un cadáver clavado en un madero, ensangrentado”.

Las drogas. “Mucha gente de mi generación entró en la realidad verdadera, cuando murió Franco, a través de las drogas. La entrada a la realidad de nuestro país fue a través de la alucinación. En mi grupo, lo que trabajamos más fue el ácido lisérgico, el LSD, como algo realmente cotidiano. No tenía nada que ver con las cositas que se toman ahora, la nuestra era feroz: como mínimo el viaje era de 8 horas, y podían ser 12, con alucinaciones verdaderas, algunas irreales y otras muy tremendas. No me meto mucho en ese mundo, pero lo he traído a cuenta por eso, porque estábamos profundamente distorsionados, y con la convicción de la juventud de que tienes la razón y los demás están equivocados. Junto a la alucinación física estaba la filosófica. Era la época de Deleuze, Foucault, Derrida. Una filosofía absolutamente nihilista, que negaba la existencia de lo humano. Entonces nos parecía muy elegante, el horror vino después. Es ese mundo el que he querido mostrar en pequeños trozos. He troceado el tiempo tal como se trocea en la memoria, donde no hay ninguna continuidad. Los recuerdos nos vienen cuando les da gana y de la manera más inesperada, como la magdalena de Proust”.

Una tertulia en París. “Todo es ficción. En la tertulia que reúne a un montón de jóvenes exiliados en un café de París hay un personaje que se parece a Agustín García Calvo, pero solo se parece. No hay nada que coincida con la persona civil. Eso hay que ponerlo en claro, porque no quiero ofender a nadie, y menos a sus hijos. Es la versión en español de los filósofos franceses de entonces. Y lo que les ocurre a los que están allí es que no acaban de creerse la muerte de Franco. Estaba ya muerto antes. Lo que seguía vivo era el franquismo, que no fue una red feroz de policías, curas y banqueros: el franquismo estaba dentro de la población española. La oposición era muy minoritaria. Tenía razón Manuel Vázquez Montalbán cuando afirmó que contra Franco vivíamos estupendamente”.

Realidad y ficción. “Algunos lectores próximos me comentaron, antes de que se publicara el libro, que había incluido personajes reales. Son verosímiles pero no son verdaderos. Hay un error en pensar que tal personaje corresponde a tal persona. Ahora mismo hay una avalancha de novelas biográficas o biografías noveladas: no es el caso. Evidentemente, hay personajes que recuerdan a personajes reales. Es como si hiciera esta descripción, ‘son unas montañas muy peladas, unas rocas grises, sin árboles’. Y alguien dijera: ‘Ah, los Dolomitas’. Podrían serlo, pero a lo mejor no. Hay personajes que pueden recordar a un personaje real, pero del mismo modo que la descripción de un paisaje con pinos te recuerda la Costa Brava”.

Ernst Jünger. “Es la contrafigura de los filósofos de aquella época. También hace uso de los alucinógenos, pero lo hace de manera estrictamente literaria. La escena de la novela es una ficción: nunca fue una mujer a la visita a su casa en Wilflingen. En la novela hay mucho sexo, lo hubo en aquellos años tras la muerte de Franco. El sexo se convirtió en algo simpático, y la gente fornicaba en público. Un personaje del libro lo advierte, que eso iba a ser a partir de entonces lo normal. En vez de pan y circo, fútbol y sexo. Ahora mismo, zapeando, he observado que cientos de miles de personas están muy interesadas viendo en televisión quién copula con quién”.

Europa. “La Europa de hoy no tiene nada que ver con la de entonces. Los que hoy tienen menos de 50 años no tienen ya ni idea de lo que fue aquello. El tiempo es inflexible, estamos entrando en otro mundo. El antiguo se va a ir desmenuzando hasta desaparecer, lo mismo que pasó con el mundo griego y latino cuando empezó el cristianismo. Se fue convirtiendo en polvillo hasta que dejó de existir. Es lo que está pasando hoy con Europa y América, con Occidente. De nuevo la muerte. El narrador no muere en la novela, pero en cierto sentido ha aprendido a morir. Ya mi vida ha pasado, ya nada me queda. Pero no soy el que se va, es el mundo el que se aleja”.

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