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Reportaje:LECTURA

Zorroaga, la Academia en medio del infierno

El autor de este texto, jefe de la redacción de EL PAÍS en Euskadi, relata la historia de la Facultad de Filosofía de Zorroaga hace 25 años. En el primer curso de 1978-1979 se matricularon 300 alumnos. Cinco años después, ese número se había multiplicado por 10. El núcleo fundacional era desigual, pero muy cohesionado. Además del alto nivel de la enseñanza impartida, se hicieron legendarias las báquicas verbenas que se organizaban cada trimestre. Como recuerda Savater, aquella aventura se basaba mitad en la inconsciencia y mitad en la ilusión.

Fue casi un espejismo, la plasmación de los anhelos de Mayo del 68, pero no en París, sino en San Sebastián, donde no había que buscar la playa debajo de los adoquines, y con una década de retraso. Durante unos pocos años, a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, la naciente Facultad de Filosofía de Zorroaga se convirtió en un exótico foco de cultura y pensamiento, edificado a espaldas de las normas y la tradición académicas; también al margen de la inhóspita realidad circundante.

Lo hicieron posible un grupo de talentosos e irreverentes penenes y veteranos profesores heréticos, aliados con el insólito margen de libertad que les dio la convulsa experiencia de la transición política en Euskadi. Sobre una colina con vistas mejorables a la ciudad, en un inclemente pabellón permeable a la lluvia y los vientos, Fernando Savater, Javier Echeverria, Félix de Azúa, Víctor Gómez Pin, Julio Caro Baroja, Vicente Molina Foix, Miguel Sánchez Mazas, Juan Aranzadi o Aurelio Arteta, entre otros nombres relevantes de la filosofía en nuestro país, dieron cuerpo a una aventura intelectual irrepetible. Y fugaz.

La Facultad de Filosofía de Zorroaga fue posible gracias a un grupo de talentosos e irreverentes 'penenes' y veteranos profesores heréticos, y al insólito margen de libertad que les dio la convulsa experiencia de la transición

A mediados de los ochenta, pocos podían imaginar los extremos de crueldad y hostigamiento a los que llegarían ETA y sus asistentes de la violencia callejera una década más tarde

Aquel fogonazo de talento y anarquía académica, surgido al costado de la realidad turbulenta de un País Vasco donde los días eran una sucesión de algaradas, muertes y funerales; aquel paraíso rodeado de infierno, no podía durar. Poco a poco, sin que sus protagonistas se dieran cuenta hasta que ya era demasiado tarde, la influencia de un entorno hostil fue penetrando en el recinto universitario hasta expulsar a la mayoría de ellos y hacer muy precaria la existencia de los supervivientes.

Concentración de talentos

"Dudo de que en ninguna otra parte de España se diese en esos días una concentración de talentos indudables y a menudos heréticos como la que se reunió en nuestras desvencijadas aulas", ha escrito Fernando Savater en su autobiografía (Mira por dónde. Taurus). Como otros muchos de sus compañeros de Zorroaga, el autor de La infancia recuperada tiene la sensación retrospectiva de haber vivido un experimento irrepetible y de haber sido expulsado de aquel precario jardín del edén, de cuyo surgimiento se acaban de cumplir 25 años.

La germinal Facultad de Filosofía de la todavía entonces no nacida Universidad del País Vasco abrió sus puertas el curso 1978-1979. Su decano-comisario fue el catedrático barcelonés Ramón Valls, reiniciador en España de los estudios sobre Hegel tras la Guerra Civil, que llegó de la Universidad de Zaragoza a ponerla en marcha. "Aventura" es la palabra que utiliza Valls para resumir aquel verano en que, instalado en un despacho prestado en la sede de la Diputación de Guipúzcoa, tuvo que negociar los contratos de los primeros profesores (ninguno con el doctorado), negociar la benevolencia de las fuerzas políticas y fácticas vascas hacia la nueva facultad, buscar un lugar donde dar las clases y abrir la matriculación. Premonitoriamente, el iniciador de Zorroaga fue el primero en abandonarla, a mediados del curso siguiente, al salirle una vacante en la Universidad de Barcelona. Pero la criatura ya estaba en marcha y con enorme éxito.

El primer año se matricularon 300 alumnos, y esta cifra fue creciendo hasta multiplicarse por diez el quinto curso, señala Javier Echeverria, uno de los primeros seis profesores de la facultad y sucesor de Valls como decano, tras doctorarse con una tesis sobre Leibnitz. Al grupo de los pioneros también pertenece el filósofo Víctor Gómez Pin, que tuvo una gran importancia en la atracción a San Sebastián de compañeros y maestros. "Como era una facultad nueva y Euskadi una zona muy caldeada, la verdad es que no había puñetazos por venir", ironiza el donostiarra Fernando Savater, rescatado para la partida de una azarosa trayectoria docente en Madrid.

A Gómez Pin, barcelonés hecho filósofo en las universidades francesas, le tocó junto a Echeverría apuntalar los primeros años de la facultad. Ahora catedrático de Ontología en su Barcelona natal, comparte con sus compañeros "una enorme nostalgia de aquella etapa" en la que intentaron repetir el experimento de la universidad parisina de Vincennes años atrás: reformular los viejos interrogantes de la filosofía griega bajo la luz del mundo contemporáneo. "Queríamos que pasara por allí lo mejor de la filosofía mundial, y en algunos casos lo logramos", se ufana Víctor Gómez Pin, quien admite que el fenómeno de Zorroaga no hubiera podido darse sin "una cierta carencia de autoridad, que nosotros utilizamos con la complicidad de Goio Monreal cuando era rector de la UPV". Por aquel entonces se sumó también el escritor Félix de Azúa, avanzado del llamado grupo de Barcelona, en el que se integraban Ferran Lobo, Tomás Pollán o Javier Fernández de Castro.

El éxito fulgurante de Zorroaga se explica por haber sido la primera facultad de humanidades de carácter público en Euskadi y Navarra (la actual Universidad del País Vasco, en la que aquélla se integraría, nació oficialmente en 1980). El nuevo centro, que en sus primeros años se reducía a una única aula y dos despachos que hacían de secretaría y decanato, atrajo a una riada de alumnos, unos recién salidos de los institutos y otros muchos ya fogueados por la vida, el seminario y la militancia política. Ocupaba uno de los pabellones de aire vagamente inglés de la antigua Casa de Misericordia, que acogía a los niños abandonados y a los ancianos y pobres de solemnidad, incluidos casos psiquiátricos. No es del todo gratuito, pues, que al desangelado complejo sobre al barrio de Amara compartido por aquella horda estudiantil se le conociera luego en la ciudad como la colina de los locos. Porque en su recinto, dominado durante años por un enorme sol antinuclear pintado en el tejado, se desarrollaba una vivencia universitaria singular. La informalidad docente se conjugaba con la genialidad y una libertad entendida sin restricciones, para recrear a destiempo, junto al Cantábrico, el ambiente vivido en el 68 en París o Berkeley. La diferencia entre ser alumno y profesor era una delgada línea que podía cruzarse en frecuentes asambleas sobre las cuestiones más diversas y en relaciones amorosas cruzadas que hoy causarían escándalo. Y muchas clases tenían su prolongación, hasta adentrarse en la madrugada, en los bares de la Parte Vieja, en el Gandarias, el Estanis o La Cepa. "Por nuestra edad, y por todos los cambios que estaban sucediendo en España, vivíamos en un estado de euforia y agitación, como si estuviéramos participando en una utopía", recuerda Félix de Azúa. "Y sí, era la facultad más utópica y atípica que pueda imaginarse", sentencia el escritor.

Los 'miércoles filosóficos'

Una de sus peculiaridades fue concentrar las clases en cuatro días (lunes, martes, jueves y viernes) e instaurar en el día central de la semana el miércoles filosófico, dedicado exclusivamente a seminarios, debates y diálogos que no siempre eran platónicos. Noticias de ese ambiente universitario nada convencional y de las báquicas verbenas organizadas cada trimestre en el caserón de la colina se difundieron pronto y encendieron el mito de Zorroaga fuera de San Sebastián. A su profesorado se añadieron enseguida figuras como el ilicitano Vicente Molina Foix o el navarro Aurelio Arteta. Se crearon cátedras extraordinarias para el antropólogo Julio Caro Baroja y Rafael Sánchez Mazas, recuperado del exilio suizo, y, echando mano de relaciones de amistad, se fichó a otros personajes de gran peso intelectual, aunque marginales en la vida académica española. En este clima de complicidades se entiende la presencia habitual en Zorroaga de Jacques Derrida, el filósofo de la deconstrucción del lenguaje, del filósofo de la ciencia Ulises Moulines, o del mismísimo decano de la Sorbona, Pierre Aubenque.

El matemático alemán René Thom, autor de la teoría de las catástrofes, dio un curso de doctorado junto con Aubenque y el escultor Eduardo Chillida, y en conferencias y debates, prolongadas más tarde en las tascas de la Parte Vieja o en cualquier piso, era frecuente la presencia de Agustín García Calvo, de Emilio Lledó, del novelista Eduardo Mendoza o del inclasificable Rafael Sánchez Ferlosio. Víctor Gómez Pin se apoya en esta amplia nómina de maestros ilustres para reivindicar la faceta más académica y productiva de aquel proyecto. "Siendo ciertas las cosas que se cuentan de aquellos años conflictivos, la vivencia universitaria de Zorroaga", precisa, "fue mucho menos folclórica que la que se produjo durante los mismos años en otros lugares".

El núcleo fundacional de la facultad formaba un grupo disparejo en temperamentos, pero muy cohesionado en inquietudes, que se enriquecía mutuamente con el intercambio de ideas y de borradores. Los debates y discusiones en su seno podían ir de la filosofía pura a las nuevas corrientes literarias, el arte de vanguardia o el cine, apunta Arteta, uno de los pocos que permanecen en San Sebastián. Las influencias complementarias de esos años y la competencia soterrada entre sus protagonistas habría que rastrearlas en su abundante y variada producción en campos como el tratado filosófico, el ensayo o la novela. "¿Si fue casual esa concentración de talento? No lo sé. Igual el talento lo adquirimos allí", zanja Félix de Azúa.

Sin embargo, Zorroaga, como todos los paraísos, se sostiene sobre delicados equilibrios que resisten mal la prueba del tiempo. La época gloriosa de la facultad coincide con los años más virulentos del terrorismo, cuando la acción desaforada de las dos ETA (la político-militar y la que pervive), de los grupos paramilitares vinculados a los aparatos del Estado y los excesos de la policía daban de media una víctima mortal cada tres días. Javier Echavarria considera que aquella representación reducida y bastante atípica de lo que era Euskadi logró "una convivencia inestable" hasta 1985. "Quizá por su marginalidad respecto a los centros de poder, porque no nos tomaban demasiado en cuenta", apostilla el autor de Telépolis. Lo cierto es que esa paz artificial en medio de la guerra se logró a costa de ambigüedades y de no mirar de frente a algunas realidades. "En mi ingenuidad creía -y muchos como yo- que los de la guerrilla eran los buenos y que la violencia de ETA era la inercia del pasado, del franquismo, y que iba a desaparecer más pronto que tarde", recapitula Savater.

También pertenecen a la historia de la facultad dos capítulos que tienen como protagonista a José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, el ex seminarista hijo de un militar de alta graduación que llegó a jefe del aparato político de ETA en los noventa y que tras su caída en Bidart, en 1992, volvió a sus orígenes místico-religiosos. Txelis, treinteañero ya, fue de los que estrenaron Zorroaga, y mucho antes de que alcanzara fama como integrante, con Pakito y Fiti, de la troika dirigente de ETA, se hizo conocido entre sus compañeros y profesores de filosofía.

Hasta que desapareció en tercer curso para pasar a la clandestinidad, era habitual que interviniera en clase y en las frecuentes asambleas, siempre en euskera y en tono educado, según recuerda el profesor de Estética Mikel Iriondo, compañero de curso y ocasional traductor de Txelis para los docentes castellanohablantes. La militancia de Txelis en ETA, sospechada hasta entonces, se hizo evidente con su paso a Francia. Pero su existencia clandestina no le impidió terminar la carrera y alcanzar el doctorado, que le dirigió en París Pierre Aubenque. Incluso algún sector abertzale de la facultad hizo gestiones para conseguirle una plaza de profesor asociado, ponderando la traducción al euskera que había hecho del Tractatus Logico Philosoficus de Wittgenstein.

Invitación a punta de pistola

No menos representativa de aquella etapa de fulgores y sombras es la asamblea que convocó en el aula magna un comando de ETA político-militar en octubre de 1979 para recabar el respaldo de la facultad al Estatuto de Gernika. Profesores y alumnos fueron invitados a punta de pistola a acudir a la sala, donde un portavoz encapuchado, con su arma sobre la mesa y mientras el resto del grupo vigilaba, echó una arenga a favor del Estatuto que iba a someterse a referéndum y de la postura de Euskadiko Ezkerra. Los más atrevidos de los presentes intervinieron a favor o en contra, pero el más escuchado fue Txelis, quien, tras expresar su desacuerdo con lo dicho por el encapuchado (ya era notoria su afinidad con las tesis de Batasuna y ETA militar), indicó que "lo más inaceptable" era que había hecho todo su parlamento en erdera (castellano). El estrambote surrealista del episodio, rememora Iriondo, es que el interpelado, pese a tener la pistola en la mano, pareció enrojecer bajo el pasamontañas y balbuceó una disculpa por su pecado, debido a que "nik euskara ikasten ari naiz" ("estoy aprendiendo euskera").

Hacia 1984, el encanto ácrata de Zorroaga comenzó a marchitarse. La espontaneidad y el espíritu de improvisación de los primeros años tuvieron que ceder ante el empuje de la burocracia universitaria. La mayor parte de los pioneros de filosofía fueron emigrando a otras universidades, cansados también del espeso ambiente de la política vasca, tan ensimismada en lo identitarios, "que nos hacía recordar con cierta frecuencia que no éramos de allí", observa Félix de Azúa. Y poco a poco aquel ámbito protegido, que había alcanzado ya los 3.000 alumnos con las carreras de psicología y pedagogía, comenzó a verse afectado por la presión del enrarecido ambiente político, condicionado por la pervivencia del terrorismo. "De ser un centro muy cosmopolita y abierto, pasamos a ser una facultad convencional", resume Javier Echeverria. Con el agravante de que el nacionalismo gobernante empezó a intentar controlarla, mientras HB infiltraba alguno de sus peones. "Convéncete, esta facultad va a ser sólo para los abertzales", cuenta Aurelio Arteta que le auguró Vicente Molina Foix antes de dejar San Sebastián.

Algunos miembros del grupo comparten un sentimiento de culpa por haber consentido, por haberse dado cuenta demasiado tarde del poder corruptor de la violencia, cuando ya había ganado posiciones en las aulas. Hay coincidencia en señalar que fue Savater, libertario en tantas otras cosas, el primero en pronunciarse con claridad contra los atentados, en equiparar la violencia etarra a la tortura y encabezar la reacción en la facultad. Le costó los primeros insultos, las primeras pintadas y carteles amenazantes en la puerta del despacho, en los pasillos, que ni los responsables del centro ni la comunidad universitaria supieron o quisieron atajar. "La verdad es que, como soy bastante borroka, aquellas amenazas me estimulaban más que preocuparme, porque, en aquel tiempo, el que no era policía o militar, no tenía que temer demasiado", relativiza el destinatario de los anónimos.

Su postura contra ETA no dejó de ser considerada una extravagancia más de Savater. Hasta el punto de que algunos profesores y alumnos quisieron darle la oportunidad de que se explicase públicamente en una especie de seminario sobre violencia y política organizado ex profeso. En realidad, recuerdan algunos asistentes, el multitudinario acto se pareció peligrosamente a un juicio popular o a un auto de fe, en el que el autor de Ética para Amador se defendió brillantemente en el papel de hereje, mientras José Luis Álvarez Emparanza, Txillardegi, uno de los fundadores de la primera ETA y profesor de la facultad, puso todo su empeño como inquisidor.

Dispersión

Con todo, a mediados de los ochenta pocos podían imaginar los extremos de crueldad a que llegarían ETA y sus asistentes de la violencia callejera una década más tarde. En 1993, la Facultad de Filosofía, Psicología y Ciencias de la Educación dejó los viejos pabellones de Zorroaga para instalarse en los funcionales edificios del campus de Ibaeta, en el otro extremo de la ciudad. El grupo de los históricos de filosofía ya se había dispersado para entonces. Gómez Pin y Savater marcharon en 1993, y Echeverria, lo haría más tarde. Los tres, sin embargo, siguen vinculados a San Sebastián. En el caso de Savater, el mantenimiento de su relación ha venido acompañado del incremento de su compromiso ético y vital contra la sinrazón de la violencia y el nacionalismo excluyente, hasta encabezar el colectivo ¡Basta Ya!

Parte de los que se quedaron y algunos que se incorporaron posteriormente -Aurelio Arteta, Mikel Iriondo, el antropólogo Mikel Azurmendi, Carlos Martínez Gorriarán y otros- tuvieron ocasión de añorar las goteras y las clases dadas con abrigo y guantes en la colina de los locos. Otros locos mucho más peligrosos han pretendido luego depurar la facultad, mediante el terror sistemático, de todo espíritu resistente a los propósitos totalitarios de ETA. Qué lejos de aquella atmósfera gozosa y vagamente peripatética de Zorroaga el ambiente opresivo de Ibaeta, con sus profesores eximidos de docencia para preservar el pellejo y aquellos otros acompañados a clase por escoltas.

Pero, impenitente optimista, Fernando Savater se niega a mirar el pasado con las gafas sombrías del presente. "Lo que siento es nostalgia porque sucedió entonces, cuando tenía veinte años menos. Lo pasé estupendamente, fue una aventura intelectual y humana irrepetible. Aunque ya se sabe que todos los paraísos están construidos mitad de inconsciencia y mitad de ilusión".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de enero de 2004

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