CRÍTICA | PAPICHA, SUEÑOS DE LIBERTADCrítica
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Vestidas para ser libres

La ópera prima de Mounia Meddour recrea a través de la pasión por la ropa la lucha de un grupo de universitarias en los prolegómenos de la guerra civil de Argelia

Los enormes rollos de telas, sedas, organzas, chifones, crepés, linos y algodones, que se venden por metros en los inmensos y fabulosos mercados del mundo árabe representan en esta hermosa y terrible ópera prima de la argelina Mounia Meddour una conmovedora metáfora sobre la feminidad y la libertad. Papicha, la joven protagonista que interpreta con entrega y pasión la actriz Lyna Khoudri, quiere ser diseñadora de moda y por las noches se escapa del campus universitario en el que reside para vender sus fantasiosos modelos en discotecas.

Una joven soñadora enfrentada a una realidad que le explota en la cara: con la llegada de las nuevas fuerzas integristas el haik blanco que tradicionalmente cubría el cuerpo de las mujeres argelinas empieza a mutar en una sombra oscura, los niqab negros del fanatismo religioso. Una guerra de telas y tradiciones que a Mounia Meddour, que a los 18 años abandonó Argelia con su familia por las amenazas a su padre de los grupos integristas, le vale para hablar de la guerra civil, o Década Negra, desde la óptica de una chica de los años 90 que, como a casi todas en esa década, lo que le gusta es salir, bailar y Madonna.

Meddour guía al espectador a través de los sentidos y el desconcierto mientras nos acerca al pozo negro que amenaza la vida.

Con el ritmo desesperado de un ataque de ansiedad, Papicha (palabra que en argelino se refiere a una chica rebelde que hace lo que quiere) corre por la casba en solitario con vaqueros rotos y la melena larga. Su desafío y su gesto contrariado recuerda a la icónica fotografía de Ruth Orkin de una turista norteamericana acosada por la mirada de los hombres en la Florencia de los años cincuenta. Papicha y sus amigas se expresan con lo que se ponen, con su maquillaje y sus inventos para estar guapas, pero también con su tozuda osadía al negar la realidad.

La máquina de coser, los bocetos de los vestidos, el desfile hecho con telas de haik que se convierte en la obsesión de la protagonista, la hermana periodista o la estupenda madre conforman un universo femenino cargado de detalles y verdad donde tocar o envolverse en una tela es un gesto político en el que la felicidad y la alegría juegan un papel vital. De la mano de Lyna Khoudri y de las otras jóvenes actrices, Meddour guía al espectador a través de los sentidos y el desconcierto mientras nos acerca al pozo negro que amenaza la vida en esta película que, pese a todos los titubeos de una cineasta primeriza, tiene el impagable arrastre de lo auténtico.

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