Columna
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Aquí estamos en contra de todo

Juan Marsé era rápido y tajante, y habitante de un barrio mental muy amplio

De izquierda a derecha, Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas, en Barcelona en 2004
De izquierda a derecha, Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas, en Barcelona en 2004

A veces, narrando, tanto como aconsejando, podía ser fulgurante, tajante. En el apartado de los consejos recuerdo el que me dio hace ya muchos años cuando me encargaron un artículo sobre sus orígenes como narrador y, como fuera que éramos vecinos del barrio, se lo comenté poco después en plena calle del Torrente de las Flores. Me miró, sonrió y me recomendó que primordialmente me divirtiera. No añadió más, pero fue suficiente, comprendí enseguida.

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Un mediodía, acudió un pintor catalán que triunfaba en Nueva York a la tertulia que hasta hace poco tuvimos todos los domingos a la hora del aperitivo en un bar de Diagonal / Tuset y se puso a preguntarnos cómo seguía la vida en la ciudad y qué opinábamos de la alcaldesa, por ejemplo. No sabía qué contestarle cuando Marsé se adelantó y le dijo tajante, con divertida contundencia:

-Aquí estamos en contra de todo.

No añadió más, y ni falta qué hizo. A veces Marsé me recordaba a Gatsby: había algo brillante en torno a él, una exquisita sensibilidad para captar las promesas de la vida, como si estuviera vinculado a una de esas complicadas máquinas que registran los terremotos a mil millas de distancia. Y no era que tuviera “temperamento creador”, ni ninguna de esas cursiladas, sino que tenía un don extraordinario para observar de cerca hasta el más mínimo detalle de la persona que tenía frente a él o a su lado y, según como la viera, decidir en décimas de segundo en qué lado de sus simpatías o antipatías la situaba, dónde pues colocaba a aquellos a los que no podía soportar ni en pintura.

Por tranquilo y quieto que pareciera, era rápido como una centella. Quizás por eso era tan tajante, y también quizás por eso era un hombre de una pieza, y lo que le devoraba era el turbio polvo flotando en la estela de sus sueños. Sobre ellos, sobre los sueños, había montado una obra entera, de hombre entero, habitante de un barrio mental muy amplio, mundial, y no el que las almas muertas adjudican al territorio barcelonés donde pasó su infancia. Porque ese barrio de sus novelas, que mezcla las antiguas barriadas de La Salut y del Carmel, las del Guinardó y Gracia, es atravesado por la fría luz de Shanghái, que en los últimos tiempos le llevó —mezclándose con la cuestión obsesiva de la identidad y el apogeo de la misma en un sector de la sociedad catalana— al descubrimiento de sus ancestros chinos, concretamente malayos —antepasados en Sumatra—, lo que cambió alguna de sus costumbres más autóctonas, y no así, en cambio, sus convicciones, porque siguió aplaudiendo a los que apuestan por el chirriante estupor que produce la realidad y se decantan por un incondicional respeto a la ficción.

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