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Ivan Krastev: “A los autoritarios no les gustan las crisis que no han fabricado ellos”

El politólogo analiza el mundo pospandemia en su nuevo ensayo. EE UU es el claro perdedor, pero eso no significa que China esté ganando, asegura

Seguidores de Donald Trump, en el mitin celebrado el sábado en Tulsa, Oklahoma, sin mascarillas ni distancia de seguridad.
Seguidores de Donald Trump, en el mitin celebrado el sábado en Tulsa, Oklahoma, sin mascarillas ni distancia de seguridad.LEAH MILLIS / Reuters

Cuando empezó la pandemia del coronavirus, Ivan Krastev —politólogo, uno de los fundadores del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, investigador del Instituto de Ciencias Humanas de Viena— viajó desde Austria, donde reside, a su Bulgaria natal. Él y su esposa pensaron que, si debían confinarse en casa, Bulgaria era su casa. Pero allí se dieron cuenta de que había surgido un nuevo nacionalismo, el del “quédate en casa”, una “xenofobia invertida, más territorial e inclusiva”, diferente de la que surgió en 2015 por la crisis de los refugiados. Ahora los búlgaros que, como él, venían del exterior eran peor vistos que los inmigrantes ya establecidos. “El extranjero ya no es la persona que no nació aquí, sino la que no está aquí en este momento”, dice.

En su casa de campo búlgara, Krastev (Lukovit, 1965) escribió ¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo, que publica en español Debate. Un ensayo breve y urgente que escapa del catastrofismo de otros autores. “Tenemos motivos para sentir que estamos viviendo un apocalipsis, lo que no es lo mismo que estar viviendo un apocalipsis”, ironiza, de vuelta en Viena, en una entrevista por videoconferencia.

Krastev recuerda que los humanos tienden a recordar las guerras o las revoluciones y a olvidar las pandemias, como ocurrió tras la de 1918. “Si no hay una segunda o tercera ola, mucha gente va a creer que esto ha sido una alucinación colectiva. Después de una pandemia es difícil recordar qué pasó, porque para la mayoría no pasó nada aunque todo cambió. No hay una historia que contar”.

Pero este intelectual sí observa transformaciones en las sociedades que no son las que cabía esperar. Por ejemplo, “frente a una economía y una política que se están desglobalizando, los ciudadanos se han vuelto más cosmopolitas que nunca”. Por primera vez todos, en cualquier país, hemos estado pendientes del mismo problema y siguiéndolo en directo. “Esto ha abierto nuestras mentes a entender que somos parte de una humanidad común”, afirma.

En el terreno político, han surgido fenómenos inesperados, como las movilizaciones en Estados Unidos y en todo el mundo por la brutal muerte de George Floyd a manos de la policía en Minneapolis. Cuando parecía que las libertades estaban suspendidas, la gente “se echó muy pronto a la calle como si estuviera escapando de prisión”, explica. “Porque en una democracia, poder expresar tus ideas públicamente es más importante que votar. Es la libertad de ser visto, de expresar cómo te sientes”.

Krastev nunca creyó que el estado de alarma vigente en la mayor parte del mundo fuera a secuestrar la democracia. Al revés, señala la creciente presión para los Gobiernos de una ciudadanía muy informada de cómo se gestiona la crisis en otros países, capaz de comparar. Pero la democracia “ya tenía problemas antes de la pandemia”, relacionados con el descrédito de las instituciones y la polarización. “El coronavirus es más dañino para pacientes con patologías previas. La democracia en este sentido es como un paciente: en algunos países se están agravando sus problemas previos”, dice.

Y entonces ¿saldrá reforzado el populismo o el autoritarismo? “En contra de los temores iniciales, el populismo no es un ganador. El populismo no se explica psicológicamente en el miedo sino en la ansiedad, que es un miedo difuso: a que el mundo vaya en mala dirección, a perder la identidad, a los cambios económicos… El coronavirus implica un miedo muy concreto, a morir. Cuando tienes ansiedad eliges a políticos que expresen cómo te sientes. Pero ante un miedo clásico, necesitas a un Gobierno capaz de protegerte”. Importa más la competencia técnica, a pesar de que todavía hay sectores sociales que desconfían de la ciencia, como esa gente que cree que “esto es una conspiración de Bill Gates para inyectarnos chips”.

Escribe Krastev que “la covid no es la compañía ideal para los dictadores”. Y lo explica así: “A los autoritarios solo les gustan las crisis que han fabricado ellos. Les gusta poder elegir a qué crisis responden y a cuáles no”. Por ejemplo, recuerda, los presidentes de Brasil o Bielorrusia han estado negando la pandemia. “Esta es una crisis que les sobrepasa”.


¿Cuál será el efecto en EE UU en año electoral? “La situación es muy volátil, pero a día de hoy Donald Trump está en una posición más débil para ser reelegido”, responde. El país vive transformaciones que no le favorecen. “Lo que me asusta es que la polarización no va a reducirse. Me preocupa que si Trump pierde por estrecho margen no esté dispuesto a reconocer los resultados. Eso sería una crisis constitucional”.

“Esta es la primera crisis mundial en la que Estados Unidos no está, es el gran ausente”, continúa. Su gestión y las protestas antirracistas han deteriorado su credibilidad en el exterior. “EE UU es por ahora un perdedor en la crisis. Pero eso no significa que China se convierta en el ganador”, añade. El régimen de Pekín ha mostrado su “peor cara”, aunque haya sido eficaz en la contención de la pandemia. La desconfianza en China, añade, crece entre los europeos: han entendido que no pueden ser tan dependientes ni en los suministros sanitarios, ni en sectores estratégicos como el 5G.

Según el autor, el éxito en la gestión de la pandemia no ha dependido de la naturaleza de los regímenes, democrática o autoritaria, sino de otros factores: la confianza social, la experiencia en crisis sanitarias y la fortaleza de los servicios públicos. Donde hay más división política, como EE UU y el Reino Unido, la respuesta es más discutida que en Alemania, Dinamarca, China o Corea del Sur. ¿España ha tenido ese problema? “En lugares como España, Italia o Francia, la gente no está muy satisfecha. La polarización se ha hecho más profunda: apoyan más o menos la gestión de la crisis según hayan votado al Gobierno o a la oposición”.

Tampoco cree Krastev que la pandemia vaya a traernos elementos autoritarios como la vigilancia electrónica. “Eso no empezó con la pandemia. Lo divertido es que la gente corriente comparta con gusto detalles increíbles de su vida privada en las redes sociales, pero al mismo tiempo se queje de la vigilancia electrónica. Pero ahora hay una buena razón: evitar infectar a otros inconscientemente. La gente aceptará el rastreo de contactos mejor que si se hiciera en el contexto de la lucha antiterrorista”, afirma.

La tensión entre EE UU y China ha ido en aumento. Pero Krastev niega que esto sea una nueva guerra fría, porque no se libra un combate ideológico como el que hubo entre Occidente y la URSS. “La hostilidad hacia China de la Administración estadounidense no responde a la defensa de los valores democráticos”, sostiene. Tampoco Pekín “quiere crear partidos políticos para que países como España sigan el modelo de su partido comunista”, ni está financiando insurgencias en otros países como sí hacían los soviéticos. Pero China “sí está jugando sus cartas para poner a parte del mundo en una situación de dependencia económica”.

La Unión Europea parece haber aprendido de sus errores y se encuentra en plena negociación de un ambicioso fondo de reconstrucción. La clave, cree este pensador, es que “hay un gran cambio en cómo Alemania ve esta crisis”. Ya no es hora de moralizar, no se puede culpar a los países del sur como se hizo después de la crisis financiera de 2008. “Alemania está más dispuesta a transferir recursos a otras partes de Europa. Se han dado cuenta de que, en un mundo proteccionista, es perentorio preservar el mercado europeo. A Alemania le conviene que los españoles puedan comprar sus coches. En las crisis anteriores se miraba más el interés nacional”, señala.

Esta crisis no es sistémica como la anterior, subraya Krastev, y puede verse “como una oportunidad para transformar a economía”. Por ejemplo, las ayudas al sector de automoción se están dirigiendo a incentivar el coche eléctrico. Pero le angustia que la generación de los mileniales encadene dos recesiones devastadoras para su futuro. “Sería bueno un nuevo contrato intergeneracional. Hoy hay más mayores de 50 que menores de 20. Los jóvenes ya no tienen las ventajas políticas que tenían en los sesenta”, concluye.

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