La escuela de escritores acostados

Gran número de autores debe su vocación literaria a aquella enfermedad que en la adolescencia les tuvo durante meses, incluso años, postrados en el lecho

Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.
Juan Carlos Onetti, en una imagen de 1989.Foto: Francisco Ontañón

Dijo Blaise Pascal: ”Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación". Existe en la historia de la literatura una serie de escritores que siguieron el consejo de Pascal y optaron por hacer de su dormitorio el reducto de su actividad creativa. Dormían, comían, escribían y recibían visitas alrededor de la cama donde permanecían tumbados sin enfermedad alguna ni razón aparente. En el lecho produjeron gran parte de su obra, entre otros Voltaire, Mark Twain, Marcel Proust, George Orwell, Truman Capote y los españoles Valle Inclán, el tardío Pío Baroja, Vicente Aleixandre y el uruguayo Juan Carlos Onetti. Podría llamarse la escuela literaria de escritores acostados.

Valle Inclán decía en la tertulia de la Granja del Henar que tirado en el lecho descubrió boca arriba el misterio de la escritura, pero nadie consiguió saber si dormía con su luenga barba dentro o fuera del embozo. Cuando Hemingway fue a hacerse la foto con Baroja agonizante, don Pío, que aparece con un gorro de lana en la cama, preguntó a su sobrino Julio Caro: ”¿Quién es ese señor de la sonrisa de arroz con leche?” Vicente Aleixandre ganó el premio Nobel de Literatura sin levantarse de la cama de su casa de la calle Velintonia en Madrid donde recibió a varias generaciones de poetas con una manta en las rodillas.

Existe una cultura más espontánea e imaginativa que se adquiere leyendo boca arriba en la cama o tumbado en un sofá o en la hamaca tardes enteras como hacíamos en aquellos largos y tediosos veranos de la adolescencia

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, esta es la primera frase de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, quien, sin duda, lo encontró en aquella habitación forrada de corcho, putrefacta de perfume gordo y vapor de sahumerio con que aliviaba el asma. Después de una vida disoluta, durante una década desde los 35 años hasta su muerte, pasó los días dentro de la cama con abrigo, tres bufandas y mitones para hilar como un gusano el capullo de oro. Solo abandonaba la habitación alguna noche para visitar los prostíbulos masculinos de la plaza de Clichy.

Decía Truman Capote: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Le faltó añadir que también era un escritor horizontal, acostumbrado a escribir tumbado. Un día leyó en The New York Times que en Kansas una familia de granjeros, los Cutter, había sido asesinada con un extraño y metódico satanismo. Capote recortó con unas tijeras aquella noticia. Algo le sacudió por dentro. Se acabaron las fiestas, el mundo había dejado de ser divertido. Propuso a la revista The New Yorker escribir una historia por entregas con los pormenores de aquel asesinato. Como un corresponsal en el infierno viajó a Kansas con su amiga Harper Lee y usando los recursos literarios de la ficción describió todos los detalles del crimen, el ambiente, los policías, los vecinos, los testigos. Cuando los asesinos, Dick Hickock y Perry Smith, fueron detenidos, su interés por escarbarlos hasta el fondo de su alma se convirtió en una obsesión. Aquellas criaturas eran mucho más excitantes que las celebridades de Nueva York y ahora estaban a disposición de su talento. Truman Capote se refugió con su novio en la Costa Brava, primero en Palamós y después en Platja d’Aro y allí escribió A sangre fría durante tres veranos. Existe una foto en la que se ve a Truman Capote tumbado en un sofá en su casa frente al mediterráneo acogido a una contradicción diabólica. Sentía una gratitud infinita a los asesinos, pero se debatía entre la compasión y la necesidad de que fueran ejecutados, puesto que si a los asesinos le conmutaban la pena de muerte el final de la novela quedaría arruinado. Solo así sale una obra maestra.

Gran número de escritores deben su vocación literaria a aquella enfermedad que en la adolescencia les tuvo durante meses, incluso años, postrados en el lecho. Mientras oían los gritos de otros niños que jugaban en la calle, ellos leían con placer y voracidad, soñaban con formidables aventuras por mares lejanos y probaban a enhebrar los primeros versos. Hay dos clases de cultura creativa: la que se recibe boca arriba y la que se adquiere boca abajo. Cuando uno lee, estudia o escribe sentado a una mesa a la luz de un flexo puede asumir una cultura muy sólida. Pero existe también una cultura más espontánea e imaginativa que se adquiere leyendo boca arriba en la cama o tumbado en un sofá o en la hamaca tardes enteras como hacíamos en aquellos largos y tediosos veranos de la adolescencia.

Los ciudadanos perciben la confinación como una limitación de la libertad, pero la cama ha producido grandes avances en el pensamiento y muchas conquistas literarias. Durante la epidemia de peste de 1665, Newton huyó de Cambridge y se confinó en su pueblo durante dos años entre los muros de su casa de Woolsthorpe. En ese periodo perfeccionó el cálculo y las derivadas integrales, describió la fuerza de la gravedad y escribió el gran tratado de la ciencia del universo, conocido como Philosophiae naturalis principia mathematica. Todo desde la cama.

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