OBITUARIO

Pilar Vázquez: ver las palabras

La traductora de John Berger y de exitosas novelas como ‘Memorias de una geisha’ y ‘La joven de la perla’ falleció este domingo en Madrid

Pilar Vázquez, traductora.
Pilar Vázquez, traductora.

“Es un privilegio contar con una única traductora al español como Pilar, que va traduciendo todo lo que escribo. Es una de mis primeras lectoras y de alguna forma conoce lo que hago incluso mejor que yo. Ve detrás de las palabras, que es lo que realmente importa”. Estas declaraciones de John Berger en una entrevista concedida en 1995 a Jorge Riechmann ilustran cuán íntima y confiada puede llegar a ser la relación entre un autor y la persona que, tantas veces fuera de la escena pública, traduce sus libros.

Berger no quería a otra traductora al español que a Pilar Vázquez [fallecida anteayer en Madrid], porque había reconocido que con su lupa, su intuición y su experiencia le conocía mejor que él. Lo de “ver detrás de las palabras” está muy bien y es muy elogioso, pero suena algo esotérico: Pilar Vázquez sabía que una buena traducción consiste sobre todo en ver las palabras. Y ella sabía verlas en todo tipo de géneros, desde el polifacético Berger hasta los técnicamente más exigentes —el ensayo de arte—, pasando por las novelas populares —superventas como Memorias de una geisha o La joven de la perla— y por nuevas traducciones de clásicos del siglo XX como Las uvas de la ira, una apuesta que la asustaba, según me confesó, porque se supone que una nueva traducción de algo ya traducido lo tiene que superar.

Pilar Vázquez no se asustaba, sin embargo, ni se le caían los anillos, a la hora de traducir novelas de autoras —sobre todo— olvidadas, poco conocidas y de éxito improbable, que eran las que le encargaba yo. Aceptaba con curiosidad las rarezas, los huroneos, las excavaciones, y disfrutaba de compartirlas. Con gran alegría “descubrimos” los dos a alguna novelista que llegó a ser de nuestras favoritas, como Barbara Comyns. Coincidíamos en gustos, en el férreo principio de ver las palabras y en otra norma ingrata no universalmente acatada: la que dice, con rigurosa discreción, que la mejor traducción —como, quizá, la mejor edición— es la que no se nota. Trabajar en pos de la propia invisibilidad no es fácil, pero es un arte. Y algunos nos entusiasmamos con esta clase de recompensas. La última vez que le encargué algo me dijo que tenía que pensárselo, por la enfermedad. Unos días después me escribió, porque no quería decírmelo por teléfono: “Ahora la cosa está un poco peor, y, sabiéndolo, no puedo comprometerme contigo. Me da demasiado miedo volver a dejarte colgado”. No sé por qué dijo “volver”. Nunca me dejó colgado.

Luis Magrinyà es escritor, traductor y editor.

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