Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La amenaza de la cultura

El sector del arte, que vive en estado de alarma desde hace muchos años, sabe que ha hecho, como suele decirse de manera insidiosa, los deberes. Y ahora le toca al Estado mover pieza

Libreria Perez Galdos, en la calle Hortaleza de Madrid.
Libreria Perez Galdos, en la calle Hortaleza de Madrid.Samuel Sanchez (EL PAÍS)

En España se teme a la cultura. Lo prueba, en primer lugar, que en los planes educativos de bachillerato las humanidades han sido arrinconadas: la filosofía ha desaparecido de las pruebas de selectividad, y la literatura (la nacional, tan solo) sobrevive esquilmada como un apósito del examen de Lengua. Los alumnos españoles llegan a la universidad con pocas probabilidades de haber oído hablar de Virginia Woolf, Nicanor Parra, Carmen Martín Gaite o Marta Sanz, si no es por el entusiasmo particular de algunos profesores.

Este desprecio, mayoritario en nuestra sociedad, lo percibe cualquier televidente. Los canales privados no dedican ningún espacio a la cultura, si no es entendida como entretenimiento en su forma más perversa: competición y ejercicio disciplinario. Las televisiones privadas tienen la libertad de retratarse en sus elecciones y nosotros, por “suerte”, contamos con una televisión pública en la que apenas hay programa dedicado a las artes plásticas (de madrugada y en días impares, si se me permite la broma) y ninguno de filosofía. El único programa literario sobrevive gracias a un difícil equilibrio entre las entrevistas a escritores, el apoyo a la industria del libro y unos rutilantes formatos visuales. Porque la televisión pública exige a los programas culturales que no parezcan culturales. La cultura se vive como amenaza. En primer lugar, amenaza de aburrimiento; en segundo lugar, de pesimismo. O, quizá, en orden inverso: primero se la amordaza y después se la acusa de sosa. Porque si una de las virtudes la cultura es no poner paños calientes, parece que de ella se espera, por el contrario, una anestesia arcaica y sentimentaloide.

Ruego al lector que me perdone si, como escritor que iba a retratar la precariedad de su día a día, me he dejado llevar por lo abstracto y he mezclado los conceptos literatura y cultura como si fueran equivalentes. Pero mi situación no es exclusiva. “Soy artista, cuidadora, evaluadora, teleoperadora, profesora, escritora, camarera, lectora...”, escribe Remedios Zafra en el clarividente ensayo El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Cultura es una palabra de doble filo que se vuelve compacta por fatalidad: de un lado goza de un prestigio social amorfo; de otro, engloba a numerosísimos trabajadores intermitentes, irregulares y pobres, al más modesto librero y a la novelista de éxito, pudiendo darse la circunstancia de que ambos sean la misma persona precaria.

La cultura se vive como amenaza. En primer lugar, amenaza de aburrimiento; en segundo lugar, de pesimismo. O, quizá, en orden inverso: primero se la amordaza y después se la acusa de sosa

Entre los escritores es difícil reconocer una solidaridad sindical como la de otros gremios culturales, y por eso nuestra voz nunca resuena más allá de la promoción del último libro. Hemos interiorizado una idea competitiva de un éxito escaso y confundido la excelencia con la refundación neoliberal del mito del genio romántico. Además, contribuimos al runrún de un capitalismo happy con eslóganes pseudo democráticos (todos somos artistas) que devalúan la especificidad del trabajo cultural bien hecho.

Si el mundo de la cultura reaccionó con incomodidad a las palabras del ministro José Manuel Rodríguez Uribes, quizá se deba, más allá de lo afortunado o no de sus palabras, a la manera de emplazar a los sectores culturales para escuchar sus demandas. No es necesario empezar de cero con ideas exigidas a unos pocos con más voz que otros. En septiembre de 2018 el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad las conclusiones de una Subcomisión del Estatuto del Artista y del Profesional de la Cultura que, durante más de un año, había debatido medidas concretas que ponían en común las necesidades del trabajador cultural: una fiscalidad pertinente, un modelo de tributación acorde con la intermitencia e irregularidad de las contrataciones, unos tipos de IVA y unas deducciones que cuidaran un bien vulnerable de suma importancia, la cultura, reconocido como un derecho constitucional.

Si el mundo de la cultura reaccionó con incomodidad a las palabras del ministro José Manuel Rodríguez Uribes, quizá se deba, más allá de lo afortunado o no de sus palabras, a la manera de emplazar a los sectores culturales para escuchar sus demandas

Lo maravilloso de esta subcomisión es que sumaba los diferentes enfoques de cada gremio y se emancipaba de la tendencia sectorial, superaba los azarosos modelos de subvención y ayudaba a entender unas nuevas herramientas de acción sindical. La transversalidad del enfoque, lejos de diluir las reivindicaciones las volvió más concretas y ambiciosas.

Nota: un amigo galerista me comenta que no había oído hablar de la subcomisión. Nota 2: un amigo escritor tampoco sabe nada del estatuto del artista. Fue noticia fugaz en los periódicos. Las televisiones no le dedicaron el mismo espacio que a otras reivindicaciones de sectores vulnerables: limpiadoras, agricultores... De nuevo el doble filo del término cultura, su prestigio social y su arrinconamiento práctico. Y el desprecio a un sector que no sólo aporta al estado un 3,2 % de PIB, sino un valioso “capital” educativo, simbólico y crítico. Y profundamente vital.

Por eso evito la negrura. La presencia de la ministra de Hacienda en la reunión con los trabajadores culturales supone un gran paso. Por decirlo en términos literarios: aporta idealismo y realismo a la vez. Y la cultura, que vive en estado de alarma desde hace muchos años, sabe que ha hecho, como suele decirse de manera insidiosa, los deberes. Y ahora le toca al Estado mover pieza.

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