Agnès Varda, una cineasta más allá de los géneros

La Filmoteca Española dedica un exhaustivo ciclo a la directora francesa, una de las más influyentes y libres para explorar la creación audiovisual

Agnès Varda, en la inauguración de su instalación 'Una cabane de cinéma: la serre du bonheur', en París en abril de 2018,
Agnès Varda, en la inauguración de su instalación 'Una cabane de cinéma: la serre du bonheur', en París en abril de 2018,Pierre Suu (nombre del dueño) / Getty Images

Hace un año, Agnès Varda (Bruselas, 1928 – París, 2019) presentaba en la Berlinale su último trabajo cinematográfico, Varda por Agnès, un recorrido por sus últimos años de charlas con el público y un paseo por su fructífera carrera, que empezó en 1955. “Nunca quise decir nada, pero para quien le interese, ahí queda”, contaba en su presentación. “Es cierto, mi madre nunca tuvo pretensiones. Sencillamente, hizo cine”, confirma por teléfono su hija Rosalie, diseñadora de vestuario y productora de los últimos trabajos de la cineasta. Fue Rosalie quien, a mitad de aquel rodaje, pensó en que sería interesante que su madre conociera al fotógrafo JR: la pareja congenió y así nació Caras y lugares, documental que llegó a ser candidato al Oscar en 2018. Rosalie estará dentro de diez días, en la Filmoteca Española presentando algunas sesiones de la retrospectiva que se proyecta durante marzo, abril y mayo. El 29 de marzo hará un año de su fallecimiento. “A mi madre le preocupaba su legado, sobre todo por la transmisión de conocimientos, pero no le quitaba el sueño. Además, era consciente de que tanto mi hermano como yo, e incluso mis hijos, estamos muy involucrados en el cuidado de sus películas y de las de mi padre, Jacques Demy. Sabía que su obra quedaba en buenas manos”.

Rosalie Varda ha acompañado en el devenir vital y artístico de su madre en sus últimos 15 años: “Fue un privilegio, desde luego. Vi hasta qué punto estaba comprometida con la creación artística. Porque disfruté, por ejemplo, de la libertad que ganó cuando aparecieron las cámaras digitales”. En la presentación de Varda por Agnès, la directora aseguraba: “Si se fijan, mi carrera se divide en dos partes, la del siglo XX y la del XXI. En la primera soy más bien cineasta, en la segunda, artista". “Esa idea nace”, cuenta Rosalie, “desde luego, de las ventajas de las cámaras digitales. La tecnología llevó a mi madre a ulteriores reflexiones, como qué consideramos cine, a plantearnos el poder de las imágenes en movimiento y de las estáticas, cómo las usamos y diferenciamos, cómo logramos que emocionen al espectador... Para mi madre, la tecnología supuso libertad, algo que para ella era fundamental. Como artista nunca cedió en ese aspecto. Y por eso pudo hacer lo que quiso”.

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Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer, una jornada que no le gustaba a Agnès Varda. “Mi madre decía que eso significaba que había 364 días para los hombres”, desgrana su hija. “Nunca lo celebró. Algo más de la mitad de la población mundial es femenina, ¿y solo tenemos un día de fiesta [usa la palabra en español]? Para mí y para mi madre lo único significativamente positivo del 8-M es que podemos incidir en problemas que aunque se centren en la mujer también afectan al hombre. Por ejemplo, cómo la religión, y no hago distinciones, deja siempre de lado a la mujer”. Y la misma reflexión la aplica al cine: “No me gusta cuando me dicen que mi madre influyó en las nuevas generaciones de cineastas. ¿Cineastas mujeres? ¿Son distintas por su género? Mi madre ha influido a hombres y mujeres por igual. Habrá alguna mujer que haya hecho cine siguiendo su ejemplo, cierto, pero su arte, y el arte en general, influye a un espectador independientemente de su género. De ahí que mi madre no participara en festivales de películas hechas por mujeres. Porque ahí no está la lucha, sino que tenemos que batallar en las escaleras del Palacio de festivales en Cannes”. Rosalie se refiere a la lectura que en mayo de 2018 realizaron Agnès Varda y la actriz Cate Blanchett en la alfombra roja del certamen francés, rodeadas de 80 cineastas, de un manifiesto que reclamaba la paridad en la industria cinematográfica.

Para Isabel Coixet, “Varda tenía una mirada traviesa, curiosa, limpia, inteligente, libre”. A Icíar Bollaín le pareció “una mujer libre que hizo siempre con su cámara y su cine lo que le dio la santa gana”. Y Mercedes Álvarez admiraba “esa libertad y ese cine despojado de discursos adoctrinantes, ese sentido del humor y la ironía”. Según Agnès Varda, el cine se basaba en tres pilares: “Inspiración, creación y compartir el resultado”. Su hija ahonda en la frase: “Y hoy lo entiendo todavía mejor. La educación a través de las imágenes es fundamental en el mundo actual, porque en ellas basa su tecnología”.

La productora y diseñadora de vestuario para cine, hija biológica del director Antoine Bourseiller, creció entre dos enormes creadores: Jacques Demy, que le adoptó, y Agnès Varda. “Claro que existe el narcisismo en el cine, pero en mi familia no había mucho espacio para él. Mathieu [su hermano, director y actor] y yo disfrutamos de un lujo al alcance de muy pocos. Mis padres nos inculcaron su pasión por crear”, recuerda. “Allí bullía el cine, crecimos rodeados de cultura”. Con cinco años, es una de las niñas rubias que aparecen al final de Los paraguas de Chesburgo. “Me encanta esa película, porque salía en ella [risas] y porque me hace llorar en esta época de mi vida. De las de mi madre no soy capaz de escoger, porque es como elegir entre mis hijos”, confiesa Rosalie. Tampoco se siente “capaz” de hablar de la polémica que ha envuelto la última edición de los premios César.

¿Hay nuevas Varda en las siguientes generaciones? Su hija no duda: “Por supuesto. Greta Gerwig, Céline Sciamma, Kathryn Bigelow, Miranda July... En Francia el 27% de las películas están dirigidas por una mujer, y eso, hoy, está bien”.

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