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Peter Handke, poeta dramático

En 1966 yo era un crío y no vi 'Insultos al público', la primera obra del reciente Nobel. Pero, dado el follón que se armó, pensé que tenía que ser alguien muy lanzado.

Peter Handke, en el jardín de su casa en Chaville, a las afueras de París, tras recibir el anuncio del Nobel el pasado 10 de octubre.
Peter Handke, en el jardín de su casa en Chaville, a las afueras de París, tras recibir el anuncio del Nobel el pasado 10 de octubre.

En 1966 yo era un crío y no vi Insultos al público, la primera obra de Peter Handke, dirigida por Ricard Salvat en el Romea, pero hablaban mucho de aquella función que no pudo acabar: la parroquia se tomó al pie de la letra el título y armó un follón que hizo época. Algunos se preguntaban cómo la censura había dejado estrenar aquello, y yo pensaba que el tal Handke tenía que ser alguien muy lanzado. En los primeros años setenta, tres meteoritos cayeron en el Capsa barcelonés. En 1971, programa doble: Informe para una academia, de Kafka, y El pupilo quiere ser tutor, una pantomima furiosa del señor Handke, que repitió de nuevo (y arrasó) con Gaspar al año siguiente. Con la tríada me quedé alelado. José Luis Gómez, un actor enteco y eléctrico como un labriego bajo un rayo, se trajo los regalos bajo el brazo. El director Joan Ollé contaba que decidió su carrera en el teatro Capsa, donde fue doce veces a ver Gaspar (y conociéndole me lo creo), tomando notas y notas en la oscuridad como si sus palabras fueran el evangelio revelado.

En 1982, la Gàbia de Vic, dirigida por Joan Anguera, presenta en el Lliure un nuevo Handke: La cavalcada sobre el llac de Constança. Atmósfera onírica, bañada en la niebla de la Plana. Los gestos llegaban como una danza de invierno. Y las palabras, como quien con la nariz rompe la capa de hielo del lago. Ollé dirige otros dos Handkes. En 1996, en el Mercat/Grec, De poble en poble. El poeta seguía maravillándome. Recuerdo las dos citas que abrían la obra: “Una lentitud tierna es el tempo de estos discursos”, de Nietzsche, y "Rolling on the river", de los Creedence. Sólo a alguien como el austriaco se le podía ocurrir juntar una frase de Ecce Homo y el estribillo de Proud Mary: esa mezcla es su esencia. O la voz de Nova, la protagonista, hablando como una sibila lorquiana: “Hombre de ultramar, ciego para las gotas de sangre en la nieve”. O acabar con esta acotación que es puro Van Morrison: “Música de caravanas”.

En 2003, otra gloriosa locura: Ollé convoca en el Grec a dieciocho intérpretes para perderse y encontrarse en una plaza bajo el hermoso título de L’hora en què res no sabíem els uns dels altres (1992). Un dibujo en el agua, un brote de fiebre en los ojos, un espectáculo para ser silbado. Lo último de teatro que vi de Handke fue Los irracionales se extinguen (1973), rebautizada como Quitt y dirigida por Lluís Pasqual en el Lliure, en 2012. Un reparto encabezado por Eduard Fernández, entre emperador loco y boxeador contra las cuerdas. Dos objetivos del poeta: “Hacer que el mundo sea de nuevo visible con epopeyas de lo cotidiano” y “Los personajes deberían poder dirigirse unos a otros como antaño los héroes a los dioses”. Cruza Tarzán en su liana sobre los árboles del bosque entre Meudon y Clamart. Se ilumina la tarde. A Peter Handke le han dado el Nobel. ¡Música de caravanas!

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