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ANÁLISIS i

Todo el universo en un pueblo de Sicilia

Hay escritores que no necesitan moverse para describir el mundo: Andrea Camilleri era uno de ellos

Andrea Camilleri en Roma en 2010. En vídeo, la última entrevista que concedió a EL PAÍS, en 2015.

En uno de sus relatos más reveladores, titulado El largo viaje, el gran escritor italiano Leonardo Sciascia relata la partida de un grupo de inmigrantes sicilianos hacia América en un pequeño barco. Su objetivo es llegar a un lugar llamado "Bruquilin" en "Nuevaoir". Tras toda una noche de viaje infernal, desembarcan pero enseguida se dan cuenta de que los traficantes les han dejado más o menos en el mismo sitio del que habían salido: estaban otra vez en Sicilia. Algo parecido les ocurría a los personajes de Andrea Camilleri, fallecido este miércoles en Roma a los 93 años: que nunca lograban salir de la isla más grande del Mediterráneo.

Hay escritores que no necesitan moverse para describir todo el mundo: Sciascia era uno de ellos y Camilleri otro. La inmensa mayoría de sus novelas transcurren en la imaginaria localidad de Vigàta, un trasunto de su ciudad natal, Porto Empedocle, aunque concentra en ella todo el sur de Sicilia y, en general, todo el universo. Las novelas del comisario Salvo Montalbano —publicadas en España por Salamandra— le convirtieron en uno de los escritores más leídos de Europa y solo por ellas merece pasar a la historia de la literatura.

Pero su producción va mucho más allá y, pese a que empezó a escribir a los 53 años, es autor de un centenar de libros. Solo en los últimos meses se publicaron en España un nuevo tomo de las aventuras de su comisario Montalbano, El carrusel de las confusiones, que se suma a la novela El sobrino del emperador (Destino), ambientada en la Sicilia de los años 20, y a la maravillosa La moneda de Akragas (Gatopardo), que arranca en la época de la conquista griega. Sin embargo, por muchas novelas que escribiese, millones de lectores de todo el mundo le estarán eternamente agradecidos por haberles presentado al comisario Montalbano y a toda la troupe de la comisaría de Vigàta: Mimì Augello, Fazio, Galluzzo, Catarella...

El nombre del irascible comisario es un homenaje a su amigo Manuel Vázquez Montalbán. Además de la vieja complicidad, compartía con él dos certezas absolutas: que hay que tomarse muy en serio la comida y que no podemos tolerar vivir en una sociedad injusta y desigual. Los dos fueron grandes comedores –Montalbano y Montalbán– y los dos creían en un mundo más justo. Los casi 30 libros protagonizados por el comisario están llenos de platos sicilianos –arancini (una especie de croqueta de arroz rellena), la caponata (un pisto de berenjena con piñones), los espaguetis negros o con almejas, los salmonetes fritos, la pasta al horno o a la Norma, las sardinas rellenas– y de injusticias, un hecho que su personaje se negaba a ignorar.

Desgraciadamente, Camilleri no pudo sentirse un extraño en la Italia de Matteo Salvini porque la había contado en sus novelas: inmigrantes, incluso niños, que tienen que buscarse la vida después de haber sobrevivido al mar; la corrupción y los abusos del poder; los políticos que solo defienden sus intereses e ignoran los de los ciudadanos. Sus libros representan un tremendo fresco de la Europa a la que hemos llegado, de aquellos que se dejan llevar por el egoísmo y lo fomentan, pero también de aquellos que no se rinden. Camilleri y Montalbano están entre estos últimos.

Uno de los libros más bellos de Italo Calvino, otro viejo escritor comunista italiano, se titula Las ciudades invisibles y en él imagino que Marco Polo le va contando al Gran Kan todos sus viajes hasta que el emperador se da cuenta de que, en el fondo, solo le está hablando de su ciudad, Venecia. Ocurre lo mismo con Camilleri: es difícil saber si habla del mundo o de Sicilia porque su poder literario consistió en que logró fundirlos. Solo podemos darle las gracias por habernos presentado a un puñado de personajes que han hecho mucho mejor y más grande el mundo en el que vivimos, aunque no salgamos de Sicilia.

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