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Las historias que Calder nunca contó

Renzo Piano vuelve al Centro Botín con una muestra de proyectos inacabados del escultor

'Rouge Triomphant' (1963), uno de los móviles que se muestra en 'Calder Stories'.
'Rouge Triomphant' (1963), uno de los móviles que se muestra en 'Calder Stories'. EFE

Tres esculturas de Alexander Calder bailan sobre la bahía de Santander. Una de ellas, además, está suspendida en el aire, flota en una de las grandes salas del Centro Botín que, a su vez, flota sobre el Cantábrico. Hay exposiciones, como Calder Stories—que abre este sábado al público— en las que el espacio juega un papel tan importante como las piezas.

¿Qué se puede esperar de la obra de uno de los escultores fundamentales del siglo XX ocupando un edificio diseñado por uno de los arquitectos más importantes en activo? Lo tiene claro Alexander Rower, al que todos llaman Sandy, como a su abuelo: “La obra de Calder es intimista y en esta sala tan grande ese carácter se pierde. Teníamos un problema y para solucionarlo llamamos a quien lo había creado”, explicaba este viernes el nieto del artista y presidente de la Fundación Calder. Se refería al arquitecto italiano Renzo Piano, quien diseñó el Centro Botín, que estos días celebra su segundo aniversario.

El premio Pritzker de 1998 aceptó la propuesta. Ya había trabajado en una retrospectiva del escultor en 1983 en Turín, pero ahora el reto era realizar el diseño expositivo dentro de un lugar ideado por él. El comisario, Hans-Ulrich Obrist, y el arquitecto comenzaron a trabajar y así han configurado espacios que interactúan, pero son independientes, como lo es cada una de las pequeñas “ciudades” (así las ha llamado Rower) en las que las esculturas narran historias que aún no se habían contado.

La muestra se compone de proyectos que se quedaron en eso: proyectos. Dibujos, maquetas, móviles, stabiles (obras estáticas) que no llegaron a ver la luz definitiva. Bien porque no los terminaba; bien porque eran propuestas para concursos que no ganó; o bien porque murió mientras estaba trabajando en ellas, como el caso de la pieza monumental que le encargó el Kröller-Müller Museum de Otterlo (Países Bajos) para el jardín. “Debo decir que la maqueta de Sandy llegó la víspera de enterarnos de su fallecimiento. Tenerla con nosotros nos llena a un tiempo de felicidad y de tristeza (…) la conservo en mi oficina. La veo cada día…”, escribió el director del museo a Louisa, viuda del escultor. Ahora, la pequeña maqueta de aluminio, alambre pasará unos meses —hasta el 3 de noviembre— mirando al mar.

La historia anterior data del final de la vida de Calder (Lawnton, Pensilvania, 1898 - Nueva York, 1976), pero la muestra cubre cinco décadas de trabajo en las que tuvo encargos de lo más variopinto desde cualquier parte del mundo, como el realizado por el estudio de arquitectos Wallace K. Harrison en 1939 para construir un nuevo hábitat africano para el zoo de Nueva York. El artista y sus esculturas en forma de árbol esquemático —solo tronco y ramas—, frente a los leones. La flora entre la fauna. “Yo sentía que mis objetos podían sustituir a los árboles. Además, al ser de hierro, serían inmunes a las zarpas de los animales”, manifestó el autor antes de que se frustrara el plan.

Piezas de bronce usadas como maquetas por Alexander Calder.
Piezas de bronce usadas como maquetas por Alexander Calder. Efe

El comisario lleva dos décadas estudiando los proyectos no realizados de varios artistas. Asegura que así se llega a un conocimiento más profundo de los creadores. Durante la presentación de Calder Stories, sacó a colación un deseo desconocido de Louise Bourgeois: “Diseñar un pequeño anfiteatro”. Lo utilizó como ejemplo de lo que nadie hubiera imaginado. La obra de Calder parece fácil, un juego, en ocasiones colorida y siempre dinámica. Tanto Obrist como Rower coinciden en que era mucho más profunda, trabajaba con las energías y con la armonía. El nieto del artista recuerda el estudio de su abuelo como un sanctasanctórum, sin música, sin distracción, solo trabajo. Quería que el espectador formara parte de las obras, que se metiera en ellas. Algunos de los móviles colgados en el Centro Botín lo logran; el visitante puede sentirse abrazado por ellos, el artista le involucra entre las energías que fluyen y los materiales. Cada proyecto es una representación emocional.

Mención especial merece uno de los cortos de una muestra que no aspira a ser lineal, si no que mezcla colaboraciones con arquitectos, coreógrafos, cineastas... La película podría ser la última obra de Agnès Varda. Rower se lo encargó a la directora francesa en marzo, ella falleció el día 29 de ese mes. La define como una carta de amor a su abuelo. “Una expresión del corazón. Era una amiga de la familia”. En él se ven fotografías de la realizadora un día que ambos pasaron juntos y el coche se les averió. Calder siempre llevaba herramientas en el maletero y mientras esperaban diseñó una joya para Varda. A ella le fascinaba ver cómo el escultor movía sus piezas (le fotografió en esa actitud varias veces). Decía que era un hombre grande y fuerte y, sin embargo, le parecía que bailaba con ellas con total ligereza

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