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El arte en suspensión de un genio

Calder introdujo el movimiento y el alambre en la escultura y construyó un mundo fascinante

La Tate Modern de Londres reivindica su legado a través de 100 obras

Obra de Calder 'Triple gong', de 1948, que se exhibe en la muestra de la Tate Modern. Abajo, 'Dos acróbatas', de 1929.
Obra de Calder 'Triple gong', de 1948, que se exhibe en la muestra de la Tate Modern. Abajo, 'Dos acróbatas', de 1929.

El espectador de la Tate Modern permanece casi estático en la contemplación de las obras de Alexander Calder, porque son estas las que se mueven y transforman constantemente gracias al impulso de un motor, de una ligerísima corriente de aire o incluso por los efectos cambiantes que les imprime la luz. El artista (1898-1976) que trastocó la escultura tradicional es objeto de una gran exposición en el museo londinense destinada a subrayar el papel esencial en la modernidad de uno de los nombres más influyentes en el arte del siglo XX.

Calder fue el escultor del movimiento, el pionero del arte cinético e inventor de los móviles, un término acuñado por su amigo Marcel Duchamp para describir sus primeras piezas mecánicas propulsadas por un motor. Ambos se conocieron en París, donde aquel, hijo y nieto de escultores, recaló en el periodo de entreguerras, dejando atrás la profesión de ingeniero en la que se había formado en su Pennsylvania natal. En plena ebullición de las vanguardias, reinventó las posibilidades de la escultura, al forjar retratos en alambre de colegas como Joan Miró o Fernand Léger, de figuras del espectáculo que tuvieron como reina a la cantante y bailarina Josephine Baker, de acróbatas y otros personajes del circo, del teatro y la danza.

Calder, en París, en 1953, en una foto cedida por su fundación.
Calder, en París, en 1953, en una foto cedida por su fundación.

Frente a la habitual ejecución de la escultura en piedra, bronce o madera, el uso del alambre era algo radicalmente nuevo. La obra ya no es una masa sólida y expuesta sobre un pedestal, sino que cuelga del techo conformando delicadas líneas en el espacio. El reto de combinar la abstracción con el movimiento se convirtió en una obsesión desde que Calder visitara el estudio de Mondrian en 1930: “Fue el impacto que me convirtió. Me sentí como el bebé al que se le dan unos cachetes para que sus pulmones empiecen a trabajar”, dijo sobre aquel encuentro con uno de los precursores de la abstracción geométrica.

Desde entonces, se volcó en la creación de formas abstractas, tridimensionales y cinéticas, que en muchos de los trabajos expuestos por la Tate aparecen suspendidas frente a paneles de vivos colores o dentro del espacio de un marco colgante. La escultura deja de ser un objeto estático para moverse y rotar por sí misma. Calder también firmó obras inmóviles (los stabiles), pero la muestra Performing Sculpturem, que suma un centenar de obras, se centra en sus trabajos de los años treinta y cuarenta, consagrados a la exploración del potencial del movimiento. Primero de la mano de sus móviles mecanizados —“puedes controlar la pieza como si fuera una coreografía de ballet”, sostenía—, hasta desarrollar lo que se convertiría en la forma clásica de esas esculturas cinéticas, una elegante composición de alambres y hojas de metal pintadas que se balancean.

Calder dejó París para trasladarse a una granja de Roxbury (Connecticut) en 1933, una etapa en la que sus esculturas se vuelven menos geométricas y más orgánicas, mostrando paralelismos con el mundo de la naturaleza. Títulos como Ramaje Vertical o Ráfaga de Nieve revelan su maestría en la construcción de móviles a gran escala dotados de un delicado equilibrio. Una pieza esencial es Viuda Negra, una escultura de tres metros y medio que clausura la muestra (abierta hasta el 3 de abril) y que por primera vez abandona São Paulo.

En Nueva York, Albert Einstein permaneció 40 minutos de pie frente a uno de los móviles de Calder (Un universo, 1934), integrado por dos esferas de diferente tamaño a modo de planetas, que se mueven a distintas velocidades gracias a un motor. Las esferas completan el círculo en esos 40 minutos que retuvieron al célebre físico, inmóvil y fascinado, ante aquella visión abstracta del cosmos. Una fascinación que no ha cesado con el paso del tiempo.

El ‘Guernica’ se cuela entre los móviles

Lo primero que llama la atención en una fotografía gigantesca de Alexander Calder, expuesta a medio camino de la muestra de la Tate, es la imagen del Guernicade Picasso como trasfondo. Es un recuerdo de la Guerra Civil. El escultor estadounidense quiso mostrar su apoyo al bando republicano con una obra efímera de la que ha quedado testimonio gráfico (y una maqueta).

En 1937, Calder visitó junto a su amigo Joan Miró el recinto en el que iba a levantarse el pabellón español en la Exposición Universal de París de aquel año, diseñado por el arquitecto José Luis Sert. En cuanto comprendió el mensaje de aquel despliegue, presidido por el cuadro desgarrador del pintor malagueño, ofreció su colaboración, ante las reticencias iniciales de Sert porque él no era español.

El escultor concibió una suerte de fuente en hierro forjado, un estanque circular de 2,2 metros de diámetro y con un surtidor que desde el centro bombeaba mercurio procedente de las minas de Almadén (Ciudad Real), y hacía circular el mineral fluido través de tres bandejas metálicas. Las minas de mercurio eran entonces un recurso estratégico crecientemente hostigado por las fuerzas franquistas.

Ubicada en un lugar preeminente frente al Guernica, Mercury Fountain, que integró elementos técnicos con formas artísticas y una fuerte carga política, fue allí la única de un autor no español.