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El director teatral británico Peter Brook, premio Princesa de Asturias de las Artes

Leyenda de la escena mundial, sus míticos montajes 'Marat-Sade' y 'Mahabharata' marcaron un antes y un después en la historia del teatro

El director teatral Peter Brook, en los teatros del Canal de Madrid, en 2016.
El director teatral Peter Brook, en los teatros del Canal de Madrid, en 2016.

El creador teatral Peter Brook (Londres, 1925), gran renovador de la escena mundial, ha sido distinguido hoy con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019 por su condición de “maestro de generaciones”. “Considerado el mejor director del siglo XX”, según el fallo del jurado, “abrió nuevos horizontes a la dramaturgia contemporánea, al contribuir de manera decisiva al intercambio de conocimientos entre culturas tan distintas como las de Europa, África y Asia”. Es la cuarta persona ligada a las artes escénicas que recibe este galardón, después de Fernando Fernán Gómez (1995), Vittorio Gasmann (1997) y Núria Espert (2016). En declaraciones a la agencia Efe, Brook ha calificado el premio de "regalo caído del cielo".

El galardonado hoy, que tiene 94 años y sigue en activo, es una figura clave para entender la historia del teatro moderno. Sus dos montajes más emblemáticos – el Marat-Sade que montó en 1964 en Londres y su monumental Mahabharata de nueve horas de duración, que estrenó en 1985 en París y después en una cantera de Aviñón– marcaron un antes y un después en las prácticas escénicas. El primero, por su fuerte contenido revolucionario en plena década de los sesenta. El segundo, basado en la gran epopeya india, conmocionó por su profunda carga litúrgica. Nadie que tuviera la suerte de asistir a alguna de aquellas representaciones dice poder olvidarlo. El propio Brook, que también dirige ópera y cine, hizo una adaptación de ambos espectáculos para la pantalla.

Marat-Sade no se vio en España, pero sí el Mahabharata (en el Festival de Otoño de Madrid y el Mercat de les Flors de Barcelona en 1985). Y muchos otros espectáculos posteriores, pues en este país tiene un público devoto. Incluso en 1990 aceptó montar La verbena de la Paloma para la Expo de Sevilla, aunque el proyecto finalmente se truncó “por razones profesionales”. Su última visita fue en 2016 para presentar Battlefield, obra en la que volvió a abordar el Mahabharata, en los Teatros del Canal de Madrid y el Festival Temporada Alta de Girona.

Pero no son solo sus espectáculos los que han convertido a Brook en leyenda. Su tratado El espacio vacío, que publicó en 1968, lectura obligada en todas las escuelas de arte dramático, se considera uno de los textos fundacionales del teatro contemporáneo. Empieza así: “Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que necesita para realizar un acto teatral”.

Brook empezó a trabajar en los años cuarenta en Londres, donde fue director de la Royal Opera House entre 1947 y 1950. En los sesenta se unió a la Royal Shakespeare Company y experimentó nuevas formas de llevar a escena el teatro clásico. También abordó a autores en boga en aquel momento: Artaud, Jarry, Genet, Cocteau, Sartre...

En 1970 se afincó en París. Allí fundó el Centro Internacional de Investigación Teatral, la compañía con la que desde entonces ha recorrido el mundo, con especial querencia por África y Asia, de donde han bebido muchos de sus espectáculos. En 1974 la troupe se instaló en el Bouffes du Nord, un viejo coliseo del siglo XIX abandonado: lo renovaron, pero no lo redecoraron sino que mantuvieron su halo de decadencia, una estética que encajaba con su idea de volver a la pureza de los orígenes del teatro. Ese lugar es hoy venerado como un templo.

En el Bouffes du Nord, Brook puso en práctica sus investigaciones teóricas: un teatro despojado de artificios, litúrgico, basado en el actor, sus gestos, la palabra. Fruto de ello nacieron espectáculos como Woza Albert! (1990), Je suis un phénomène (1998), El gran inquisidor (2005), Sizwe Banzi est mort (2007), Warum Warum (2010), El traje (2012), The Prisoner (2018) y Why, que se estrenará en junio de este año.

El Premio Princesa de Asturias de las Artes está dotado con una escultura de Joan Miró, un diploma, una insignia y la cantidad en metálico de 50.000 euros. El presidente del jurado, Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, ha dado a conocer el fallo en Oviedo. Al galardón concurrían 40 candidaturas de 17 nacionalidades. Es el primero de los ocho premios internacionales que convoca anualmente la Fundación Princesa de Asturias, que este año alcanzan su 39ª edición.

En esta edición el jurado ha estado integrado por José María Cano de Andrés, María de Corral López-Dóriga, Sergio Gutiérrez Sánchez, José Lladó Fernández-Urrutia, Ara Malikian, Ricardo Martí Fluxá, José María Pou Serra, Sandra Rotondo Urcola, Benedetta Tagliabue, Aarón Zapico Braña, Miguel Zugaza Miranda y Catalina Luca de Tena y García-Conde (secretaria).

En las últimas ediciones los galardonados han sido el cineasta Martin Scorsese, el artista William Kentridge, la actriz y directora Núria Espert y el cineasta Francis Ford Coppola.

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