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CRÍTICA | DANTZA CRÍTICA i

Celebración de música y tierra

Los sonidos de la tradición, desde un baile al ritmo de una azada removiendo el campo, hasta el choque de utensilios de trabajo con cadencia musical

'Dantza'
Imagen de 'Dantza'.

Aunque a muchos les suene todo igual, más por atrevida ignorancia que por falta de oído, del mismo modo que el flamenco tiene su amplia variedad de palos, tonos, compases, reglas y versos, la danza tradicional vasca también puede dividirse en muy diferentes tipologías, dependiendo de su origen, zona territorial, estructuras, ritmos, indumentarias y coreografías. Y al director vasco Telmo Esnal se le ha ocurrido la bonita locura de componer un musical clásico que, aunando la espectacularidad de las localizaciones, la belleza formal de la luz y su tratamiento, y una abundante selección de bailes, también acabe contando una especie de ciclo vital e histórico alrededor del pueblo vasco. Es Dantza, su segundo largometraje, tras codirigir junto a Asier Altuna Aupa Etxebeste! (2005) y realizar en solitario la estupenda comedia negra Feliz año, abuela (2011).

DANTZA

Dirección: Telmo Esnal.

Intérpretes: Amaia Irigoyen, Joseba Astarbe, Josu Garate, Ainara Ranera.

Género: musical. España, 2018.

Duración: 108 minutos.

Y quizá lo que más llame la atención de Dantza es que, aparte de las evidentes concomitancias con algunas de las películas de Carlos Saura, alimentadas exclusivamente de números musicales en distintos emplazamientos, sin texto alguno, el principal referente de Esnal parece ser el musical clásico de Hollywood. Así, en su puesta en escena domina el plano en ligero contrapicado, con la cámara a la altura de las piernas de los dantzaris; planos que se prolongan en el tiempo, con larguísimos travellings, y sin esos innecesarios cortes de montaje, tan habituales en ciertas películas contemporáneas, que lo único que intentan evitar es que se vea que algunos de sus protagonistas no son bailarines profesionales. Un estilo en la dirección que incluso se ve acompañado de filigranas típicas del musical americano de los años treinta, como esos planos cenitales tan característicos del cineasta y coreógrafo Busby Berkeley, donde los bailes llegan a adquirir formas geométricas.

Amaneceres y atardeceres. Exteriores y esporádicos interiores. Escenarios naturales. La tierra, el agua, el viento y el fuego. Los sonidos de la tradición, desde un baile al ritmo de una azada removiendo el campo, hasta el choque de utensilios de trabajo con cadencia musical. Desde las órdenes de un hechicero hasta la formación de una comunidad alrededor de la plaza de un pueblo. Con banda sonora de Pascal Gaigne y particular presencia de la comida y la bebida, Dantza es, como mínimo, una apuesta singular.

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