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TIPO DE LETRA COLUMNA i

Qué malos son nuestros poetas

Suele creerse que los diarios reflejan como ningún otro género la verdadera opinión de quien los escribe, pero ese mérito corresponde a las cartas

Reunión de poetas en homenaje a Antonio Machado en Colliure (Francia) en 1959. En primera fila, de izquierda a derecha, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. Detrás, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castellón.
Reunión de poetas en homenaje a Antonio Machado en Colliure (Francia) en 1959. En primera fila, de izquierda a derecha, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald. Detrás, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castellón.

“Escribir un diario y no mentir es como pasar delante de un espejo y no mirarse”. La frase es del portugués Miguel Torga, que llevó un dietario durante décadas. Tal vez tenga razón. Suele creerse que los diarios reflejan como ningún otro género la verdadera opinión de quien los escribe, pero ese mérito es para las cartas. “Son el arma más poderosa contra los estereotipos”, sostiene Andrés Soria Olmedo, al que debemos la edición de la correspondencia entre Pedro Salinas y Jorge Guillén que demolió la bucólica idea del 27 como generación de la amistad. Astrud la citó en una canción antológica. “Qué malos son / nuestros poetas”, cantaban.

Consciente de la importancia de una práctica amenazada por las ciberprisas, la Fundación Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes lanzaron el proyecto Epístola, cuyo resultado más reciente son tres volúmenes con la correspondencia de Alberto Jiménez Fraud, primer director de la casa. Fraud se escribió con todo el mundo: sus maestros, sus pares y sus discípulos. Entre estos últimos, al menos intelectualmente, estaban el antropólogo Julio Caro Baroja y el poeta José Ángel Valente, a los que conoció en el exilio inglés. Las cartas del primero contienen joyas ácidas como la que escribe en 1959 para hablar del historiador Raymond Carr, que preparaba un libro sobre España. “Debe estar intoxicado de valleinclanismo carlista y saldrá con una apología de los hidalgos de la causa, muy ‘Oxford 1950”, apunta. “Estos inglesitos nos están saliendo ranas, a fuerza de cursilería. El difunto Wilde hizo más daño a la isla que todas las bombas de Hitler juntas. Aquí también los hijos e hijas de las porteras han leído ya El retrato de Dorian Gray y mezclando un poco de tosquedad manchega con refinamientos británicos y un poco de Opus Dei sale un tipo de español esquisito [sic]”.

Dos años más tarde, Valente manda su propio informe: “Los poetas se están poniendo cada vez más sosos. Hay otras gentes nuevas, aireadas y despiertas. Si los poetas no se enteran un poco, corren el riesgo de que se les seque y aburra por completo la mercancía. Por otra parte, ‘la nueva ola de la Costa Brava’ —como Aquilino Duque llama a nuestros amigos de Barcelona— tiene bastante irritados los ánimos de todos por sus pedanterías y aire proteccionista. Celaya mismo habla del ‘marxismo Codorniú’ al referirse a ellos (en la intimidad)”. Así hablaban de Gil de Biedma, Barral y Goytisolo. En la intimidad, claro. Y por carta, ese género literario que va a morir... matando.

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