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TIPO DE LETRA COLUMNA i

El otoño de los corazones rotos

Este curso proliferan los libros sobre rupturas amorosas

Sharon Olds en su casa, en Nueva York, en 2015.
Sharon Olds en su casa, en Nueva York, en 2015.

El amor es un género literario. Su final, también. Sobre todo este otoño, que parece marcado por el tema de marras en la narrativa, en el cine y en el puente que lleva de la una al otro. El próximo día 23 se estrena en España El veredicto, adaptación de La ley del menor (Anagrama), una novela de Ian McEwan que mezcla la borrasca matrimonial de una jueza con un dilema moral que la tiene en vilo. Como al lector. La película de Richard Eyre completa un capítulo de separaciones cinematográficas cuyo buque insignia en lo que va de curso es, sin duda, Cold War, de Pawel Pawlikowski. Después de firmar la estupenda Ida, el cineasta polaco ha fundado un subgénero melodramático con hora y media de videoclip en blanco y negro: el anuncio de Martini más largo de la historia, el La La Land del Telón de acero.

Por el lado libresco, la cosecha de rupturas está siendo buena: a El cielo según Google, de Marta Carnicero (Acantilado); Feliz final, de Isaac Rosa (Seix Barral), y Aprender a hablar con las plantas, de Marta Orriols (Lumen), se les acaban de sumar dos títulos con mucho en común. El primero es El salto del ciervo (Igitur), de la enorme poeta estadounidense Sharon Olds, que rememora en verso su propio divorcio. Premio Pulitzer en 2013, el libro ve ahora la luz en castellano en versión de Eduard Lezcano y Joan Margarit. El segundo es El libro de Tamar (Eterna cadencia), de otra poeta, la argentina Tamara Kamenszain, que alguna vez ha llamado “vanguardia doméstica” a su forma de “espiar en las costuras para ver las construcciones por su reverso”. Empezando por el reverso de la tradición masculina.

Olds es, por cierto, una de las autoras citadas por Kamenszain. Las dos tardaron 15 años en hablar de sus respectivas separaciones. La californiana para evitar el mal trago a terceras personas: sus hijos. La porteña para evitar, literalmente, la primera persona. Cuando esperaba de su marido —el escritor Héctor Libertella— un “te extraño”, él le pasó por debajo de la puerta un poema hermético jugando con su nombre. “Pareja militante del formalismo puro y duro”, el yo era para ambos un anatema. De ahí que El libro de Tamar sea de golpe memoria, crítica y autocrítica. “Héctor y yo”, leemos, “nos habíamos construido una lengua tan indescifrable para los demás que terminó no solo aislándonos del mundo, sino también a uno del otro”. También los estructuralistas tienen su corazón (roto).

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