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Londres redescubre Oceanía

La Royal Academy celebra el 250º aniversario su fundación y del primer viaje de Cook con una muestra de arte de las islas

Lisa Reihana, frente a una de sus obras en la Royal Academy de Londres.
Lisa Reihana, frente a una de sus obras en la Royal Academy de Londres.

Una carta de navegación del siglo XIX construida en las islas Marshall con palos, fibra y concha de caracol se expone estos días en la Royal Academy de Londres como prueba de una insólita capacidad de abstracción de una civilización, la oceánica, a la que la imaginación occidental tiende a infravalorar por pura ignorancia. La pieza es una de las 200 que incluye la muestra Oceanía, con la que la venerable institución ofrece "la primera exposición en Reino Unido sobre el continente", para, de paso, celebrar en la vieja metrópoli un doble 250º aniversario: el de la fundación de la academia real que al principio presidió el pintor Joshua Reynolds y el del viaje del HMS Endeavour en 1768, el primero de los tres capitaneados por James Cook al continente. Cuatro meses separaron ambos acontecimientos. 

Imagen de un dios (akua hulu manu) de finales del siglo XVIII.
Imagen de un dios (akua hulu manu) de finales del siglo XVIII.

Oceanía, que se clausura el 10 de diciembre, no pretende ser una aproximación a Cook y sus aventuras, ni tampoco trata la onda cultural expansiva que tuvo su descubrimiento: no hay rastro del buen salvaje de las pinturas de Gauguin, de los tragos tiki que fueron tendencia coctelera en la España de los setenta o de las hakas, danzas de guerra maoríes bailadas por los equipos del continente antes de un partido. Es más bien una celebración del arte melanesio, polinesio y micronesio producido desde el siglo XIV hasta ayer mismo en ese rincón del mundo que ocupa la tercera parte del planeta, habita una población menor a la de Ciudad de México y está delimitada por Hawái (Norte), Nueva Zelanda (Sur), Isla de Pascua (Este) y Papúa Nueva Guinea (Oeste). Un mapa en la primera sala advierte de la magnitud del objeto de estudio. En el centro, un tapiz azul pacífico del colectivo neozelandés Mata Ho pone en situación en el primer guiño anacrónico de un recorrido en el que no manda la cronología.

El océano, que separó tanto como unió a la civilización oceánica, es protagonista de esta historia desde los primeros asentamientos de hace 30.000 años.

El viaje y el intercambio como principio civilizatorio son estudiados en las dos primeras salas, de paredes también azules. En ellas destaca una talla maorí que representa a un remero; datada entre 1300 y 1400, luce rodeada de proas, arpones y canoas de madera con las que uno no se aventuraría ni en el estanque del Retiro y que, sin embargo, eran empleadas para largas travesías por los habitantes de las islas Marshall o del archipiélago Bismarck.

Sin una mirada colonialista

Aunque las piezas más interesantes resultan las representaciones humanas (es un decir) de la sala central. Allí esperan "dioses, espíritus y ancestros" como Ti'i, imagen tahitiana bicéfala, o una estatua sin rostro de las Carolinas que pudo servir de inspiración a Brancusi en el siglo XX.

"La vida de los pueblos de Oceanía ya era compleja, inestable y política antes de la llegada de los europeos. También era cosmopolita; desde que existen los isleños en el Pacífico, han viajado y comerciado extensamente", escribe en Islanders. The Pacific in the Age of Empire (Yale, 2010) Nicholas Thomas, director del museo de Antropología de Cambridge y comisario de la muestra junto a Peter Brunt, de la Universidad de Wellington. La suma de perfiles da una idea de las pretensiones del proyecto de eludir la óptica paternalista del colonialismo. La empresa cuenta además con la colaboración de grandes instituciones de Oceanía y el patrocinio del Gobierno de Nueva Zelanda.

Esas prevenciones no han evitado la reclamación por un director de museo de las islas Salomón de un artefacto de siete metros con forma de cocodrilo. Tampoco que el visitante sienta los ecos de una historia de violencia tras algunos de los objetos, por más que los expertos subrayen que a muchos de esos pueblos "no les fue impuesto el cristianismo, sino que lo aceptaron" y que la idea del regalo es un vector de la civilización oceánica. Ahí está para probarlo un busto de Ku, dios de la guerra hawaiano hecho con pelo humano, dientes de perro, ostras y plumas que le fue entregado a Cook en su tercer viaje. "Estos regalos no deben interpretarse como expresiones de obediencia, sino como esfuerzos por entablar relaciones", explica Thomas.

Como queriendo adelantarse a esas objeciones, la muestra se completa con arte contemporáneo de alto contenido crítico, especialmente In Pursuit of Venus [infected] , una reinterpretación entre irónica y airada de Salvajes del océano Pacífico, mural del siglo XIX de Jean-Gabriel Charvet. La neozelandesa Lisa Reihana cuenta en un panel digital panorámico de 22,5 metros de ancho y 64 minutos de duración una historia distinta de la oficial, en la que Cook es una mujer maorí.

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