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Diego Galán: “Los efectos especiales se han hecho imprescindibles”

El exdirector del Festival de San Sebastián recibe la Medalla de Oro de la Academia de Cine

El crítico y cineasta Diego Galán, en Madrid.
El crítico y cineasta Diego Galán, en Madrid.

A Diego Galán (Tánger, 1946), que hoy recibe la Medalla de Oro de la Academia de Cine, se le puede conocer por los títulos de algunos de sus libros, en los que expresa de entrada su sentido de la amistad y del reconocimiento.

Ahí están, por ejemplo los que dedicó a Pilar Miró (televisión y libro) y el que recoge la memoria común de dos de sus grandes maestros, Eduardo Haro Tecglen y Fernando Fernán-Gómez. Este último, de 1997, es La buena memoria de Fernando Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen.

Como esos dos héroes del siglo XX del periodismo y del cine, y como Pilar Miró, zaherida hasta su muerte, y defendida por él también a muerte, por lo que hizo a favor del cine y de la televisión, a Diego Galán lo han perseguido sarcasmos y olvidos, pero nunca se ha desviado hacia el desdén. Como crítico (durante muchos años, desde 1980, con interrupciones, lo ha sido en EL PAÍS) siempre estuvo disponible para abordar cualquier cinematografía; muchos volúmenes harían falta para juntar lo que ha escrito aquí.

La Academia lo premia “por su admirable trayectoria y su apoyo constante al cine español”. Es un preciso resumen del contenido de su pasión, que nació en Tánger, y “supongo que me la inculcó el propio cine y la emoción de que se apagaran las luces para que se encendiera la pantalla”. Las aventuras de Fu Manchú en episodios fue su primer deslumbramiento, entre “las rarezas que se exhibían en Tánger”, como La sepultada viva, Orgullo de comanche o Las diabólicas.

Entonces Galán ya les contaba la película a sus amigos; el cine-club fue la segunda escala en la relación con el cine; después vino Nuestro Cine, hasta que entró con Fernando Lara en Triunfo, en 1971, y ya se hizo el nombre que sigue teniendo en el universo de la crítica cinematográfica. Conoció los tiempos de la gran influencia del oficio, “cuando en los cines de Gran Vía la crítica de Abc determinaba la cantidad de patatas fritas que compraban los bares de los cines”.

Ahora todo el sector está mareado por las nuevas tecnologías; ya el cine no cautiva en el patio de butacas (o del gallinero). ¿Qué efecto ha tenido eso en la calidad? “Mucha. Por ejemplo, la calidad de los efectos especiales ha hecho que sean imprescindibles y su existencia determina incluso la temática de cada película, al menos en las que prefieren los adolescentes actuales, que constituyen el público mayoritario que hoy en día va al cine”.

Para él, es una percepción errónea (del periodista) la de que en los años de Triunfo había una diversidad mayor en el cine europeo. “Hoy en día es más fácil acceder a cinematografías poco conocidas de países, lo que en los años sesenta y setenta era casi imposible cuando Triunfo era la revista imprescindible”. ¿Y es una utopía que Europa adopte un compromiso con su propio cine? “No, no lo es; ahora todos los países europeos, como España, propician su cinematografía local, premiada a veces en Hollywood”. ¿Cuál sería hoy su autocrítica como crítico? “La que marca el propio oficio, al menos en las publicaciones diarias: la necesidad de formular contra reloj una opinión contundente, sin haberla meditado convenientemente. Y ser luego víctima de ella, sin poder cambiarla si fuera preciso”.

Diego Galán dirigió el Festival de Cine de San Sebastián (1986-1989 y 1995-2000), y siguió vinculado a él como consejero muchos años después. Aprendió allí, de lo que se hace por ahí “y de lo que se hace por aquí, que no hay tanta diferencia entre unos y otros. Se aprende a valorar el esfuerzo de productores, distribuidores, directores, actores, del trabajo sordo y muchas veces anónimo que exige cada película”. Y aprendió, en general, a lo largo de tan vasta carrera, “que en nuestro país la cultura no ha sido nunca materia de consideración, y concretamente el cine se ve como un entretenimiento. Hay países cercanos en los que el cine se estudia desde las escuelas primarias, y acaba siendo materia de estudio y respeto. En todo caso, parece que soplan buenos tiempos y ya no son determinantes las películas de Cine de barrio que tanto gustaban a los administradores anteriores”.

Tanto cine en la retina. ¿Cuál es el fotograma que no lo abandona? "Siempre me sacuden imágenes de Las Hurdes, tierra sin pan”, de Luis Buñuel.

Una enciclopedia en la cabeza

Diego Galán tiene una enciclopedia de cine en la cabeza. En su tiempo de crítico del periódico nos ilustraba sobre películas importantes y desconocidas que emitían las cadenas que ahora cultivan serie B. Como documentalista (Con la pata quebrada y Manda huevos) hizo recuento del “franquismo atroz” que hizo del cine una carnicería. Hizo cortos, en los que asoció su nombre con Josefina Molina, Borau, Bernaola, Amparo Soler Leal y Ángel Fernández-Santos. Este último “se empeñó en hacerme crítico en Nuestro Cine y años después me reemplazó como crítico de EL PAÍS”. “El admirado y polivalente Eduardo Haro Tecglen, maestro indiscutible del buen hacer, de la modestia y del humor”, le dijo un día, al aceptar que se había equivocado en un dato: “Esto demuestra que tienes que consultar especialmente aquello de lo que estás seguro”. Para saber de su larga relación con artistas es imprescindible leer su recuento de conocimientos cuando fue el jefe del festival donostiarra: Jack Lemmon nunca cenó aquí (2001).

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