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Con la A de Arte y la B de Bilbao

El museo de la ciudad se renueva y reordena su colección permanente agrupando las obras en un diccionario de conceptos ideado por el escritor Kirmen Uribe

'San Pedro en lágrimas' (1655), de Murillo, visto a través de la obra 'Caja metafísica por conjunción de dos triedros' (1958-1959), de Oteiza, en la exposición 'ABC. El alfabeto del Museo de Bilbao'.
'San Pedro en lágrimas' (1655), de Murillo, visto a través de la obra 'Caja metafísica por conjunción de dos triedros' (1958-1959), de Oteiza, en la exposición 'ABC. El alfabeto del Museo de Bilbao'.

Hay comisarios policiales y artísticos. Comisarios políticos y comisarios de la Unión Europea. Y luego están los comisarios literarios. Kirmen Uribe (Ondarroa, Bizkaia, 1970) pertenece, por encargo del Museo de Bellas Artes de Bilbao, a esta última clase. El escritor firma la exposición con la que la institución celebra sus 110 años, y que hoy inaugura el Rey. La muestra ofrece un recorrido por 305 obras de la colección permanente que se reordenan rompiendo con la cronología para abrazar la fe del diccionario: guían la visita 31 vocablos en español, euskera, francés e inglés, repartidos en orden alfabético por las salas del edificio neoclásico del museo, levantado en 1945 en el céntrico parque de Doña Casilda.

El recorrido de ABC. El alfabeto del Museo de Bilbao comienza, y ahí Uribe lo tuvo fácil, por las palabras Arte y Bilbao. Un cuadro de Gauguin protagonizado por unas lavanderas y una cabra, auténtico hito de la colección, se relaciona en la primera sala con otros motivos cabríos: el préstamo de una plaqueta de la cueva guipuzcoana de Ekain de 12.000 años de antigüedad, y unos garabatos chamánicos de Joseph Beuys. En la segunda, la ciudad aparece representada en sus variadas formas y soportes, desde la idealización a la cruda realidad, y desde la pintura a la fotografía.

Después vienen conceptos como Citoyen (ciudadano en francés), Iron (hierro, en inglés), Kirol (deporte, en euskera) o Yo. También hay salas dedicadas a colores (azul y negro), a la lluvia (con los lúcidos dibujos de Eguillor) o a la madre (figura central en la sociedad vasca). Y si no le salen las cuentas de las 28 letras del alfabeto castellano (contada la elle) y las 31 salas de exposición es porque se han añadido tres dígrafos que solo existen en euskera: TS (HuTS, choque), TX (ETXe, casa) y TZ (BikoiTZ, doble); tres maneras de decir la che cuyas sutilezas de pronunciación traen de cabeza a los estudiantes del idioma.

Segunda reforma

La muestra, que podrá verse hasta el 2 de junio de 2019, sirve además al director del museo, Miguel Zugaza, para presentar una reforma museográfica que ha mantenido cerrado el edificio antiguo durante tres semanas. Es su segunda intervención. Al final de su primera etapa como director del centro (1996-2001), inauguró la ampliación del arquitecto Luis María Uriarte, que alteró la fisonomía del conjunto y la circulación entre ambos edificios (el viejo y el nuevo, de 1970). Aquello coincidió con la época en la que los bilbaínos andaban asimilando la llegada del Guggenheim a una ciudad en la que hasta entonces museo solo había uno: el de Bellas Artes. Después, Zugaza pasó 15 años como director del Prado para volver en 2017 a casa (que no es exactamente Bilbao, sino la localidad vizcaína de Durango).

El comisario literario Kirmen Uribe (izquierda) y Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao.
El comisario literario Kirmen Uribe (izquierda) y Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

La intervención presentada ayer, en la que repite el arquitecto Uriarte, no es tan profunda como aquella de la transición entre siglos. Aunque lo cambia todo a primera vista. Se han renovado las marqueterías, recuperado entradas de luz natural y cubierto los suelos de mármol negro con vetas blancas con unos nuevos de madera. Además, las paredes se han sacudido el color caoba para lucir un gris en la frontera con el blanco y los techos del piso superior se elevan 80 centímetros. El efecto, que ha costado lograr algo menos de un millón de euros, resta solemnidad a la visita y permite contemplar con otros ojos lo visto decenas de veces antes. La desprejuiciada colocación de las obras, que retomará los criterios cronológicos el verano que viene, hace el resto. “Ahora se las ve más contentas a las pinturas”, sentenció ayer Uribe ante la contemplación conjunta de un cuadro de bertsolaris de Zubiaurre y una de las características explosiones de color de Delaunay.

Retiradas las vendas tras el lifting, el museo reabrirá sus puertas mañana, tal día como el 5 de octubre de 1908, en el que se reunió por primera vez la Junta del Patronato de la institución en un Bilbao al que la prosperidad de la belle époque había convertido en uno de los principales escenarios artísticos de España. Y entre adquisiciones de la diputación y donaciones de bancos, industriales y navieros fue formándose una colección que arranca en el Románico catalán del siglo XIII, cuenta con notables incursiones en la pintura flamenca y el barroco italiano, y tiene grecos, zurbaranes, goyas y sorollas, un gauguin, un bacon, un mary cassatt, una amplia representación de la escuela vasca de pintura del XX, así como a toda la constelación escultórica que gira en torno a los astros Chillida y Oteiza.

La sala del Vacío

Ese es el material con el que ha contado Uribe, que ha desarrollado su trabajo con Zugaza, un conservador del museo y la pareja de artistas que firma el montaje (Edu López e Isabel Román). También han echado una mano los escultores Txomin Badiola y Ángel Bados, flamante premio Nacional, que cuenta con obra en el recorrido y se ha encargado de colocar en la sala del Vacío una caja metafísica de Oteiza frente a un murillo. La muestra se acompaña de un catálogo de alto contenido literario en el que se cita a Eliade, a Calvino o a Knausgard. El tomo lo ha financiado la Fundación BBK para que sea repartido gratis a quienes compren una entrada al museo durante el mes de octubre.

Uribe, que aún arrastraba cierto jet lag, llegó el lunes de Nueva York (acaso como un personaje de su novela, Bilbao-New York-Bilbao, que le valió el Nacional de Narrativa en 2009). Allí disfruta desde principios de septiembre de una beca en la Biblioteca de la ciudad estadounidense. Cada día acude a un despacho (que en 2017 ocupó la cuentista americana Lorrie Moore) para escribir su nueva obra: una historia inspirada en una antigua bibliotecaria de la institución con una cierta derivada bilbaína.

Como imaginará cualquiera que haya querido encerrar un caudal de información en el formato del glosario, Kirmen Uribe ha tenido que hacer alguna pirueta que otra para dar con ciertas letras. ¿Cómo cubrir si no la Ñ? La respuesta está en la sala Ñabar, palabra en euskera de escaso uso. Se traduce aquí por multicolor. Eso sí, Uribe defendió que tampoco se ha llegado al extremo de retorcer conceptos: le habría encantado poner una sala más allá del género bajo el epígrafe Queer, pero la colección, con su punto inevitablemente conservador, no daba para tanto. En su lugar, ha optado por Quiet (Tranquilo).

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