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Las facturas del pasado

Es una narración dura, tensa y realista de la que no puedo desentenderme en ningún momento, en posesión de clima y misterio

El cine del director iraní Asghar Farhadi no ha precisado apuntarse a modas vacuas y efímeras, como la jocosa consideración por parte de la crítica de que casi todo lo que se filmaba en ese país había sido bendecido por los dioses, que sus creadores permanecían en estado de gracia y representaban la gran esperanza para la supervivencia del gran cine. La personalidad que desprende la obra de este poderoso, complejo y auténtico creador va por libre, sería reconocible en cualquier lugar, habla del anverso y el reverso de los seres humanos, de los vaivenes y las simas de su conducta en función de las circunstancias, de algo obsesionante y condicionante llamado pasado y la inaplazable factura que exigirá, de que todo dios alberga al mismo tiempo zonas de luz y de sombra. Es atractivo e hipnótico todo lo que lleva su firma pero tocó el cielo en una obra maestra titulada Nader y Simin, una separación. Constaten esa evidencia. Escuchándola en farsi, por supuesto, sin esa barbaridad de doblar una obra de arte.

TODOS LO SABEN

Dirección: Asghar Farhadi.

Intérpretes: Penélope Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín.

Género: drama. España, 2018.

Duración: 132 minutos.

Han reconocido internacionalmente la singularidad y el talento de este señor con dos Oscar y multitud de premios. Lo cual facilita que pueda rodar en otros mundos, otros ámbitos. Pero su inconfundible sello permanece, se hace entender en cualquier lengua, habla de los sentimientos. Dirigió en Francia la densa y terrible El pasado. Y Todos lo saben está ambientada en un pueblo de Madrid. Cuenta que la angustiosa historia (siempre lo son en su cine) se le ocurrió hace años durante un viaje por España en compañía de su familia y en el que su hija pequeña sintió pavor al ver carteles con la imagen de un niño que había desaparecido.

Esa noticia, con capacidad para provocar el escalofrío incluso en los glaciares, la posibilidad de que alguien haya podido cebarse con los seres más indefensos, le sirvió de inspiración a Farhadi para un relato muy negro que se inicia con una celebración, el reencuentro familiar, el retorno provisional a las antiguas raíces de una mujer que emigró a Argentina y creó una familia.

El motivo es la boda de su hermana pequeña. El día y la noche transcurren gozosos, etílicos, bailones, todo es euforia compartida, algo nada habitual en el inquietante cine de Farhadi. La fiesta se interrumpe brutalmente al constatar que la hija de la emigrada ha desaparecido. La han secuestrado y resulta transparente que los autores pertenecen a ese entorno. A partir de ese giro trágico, Farhadi retorna a una temática que domina con pulso maestro. Es el esplendor del sufrimiento, las dudas, la sospecha de que cualquiera puede ser el culpable, de que tiempo atrás ocurrieron cosas trascendentes y relaciones intensas que pueden haber marcado a perpetuidad entre esa comunidad aparentemente tan bien avenida, que en el fondo todo el mundo intuye o sabe lo que nadie se atreve a expresar.

Es una narración dura, tensa y realista de la que no puedo desentenderme en ningún momento, en posesión de clima y misterio, describiendo sentimientos al límite, transmitiendo y contagiando la zozobra, el miedo, la incertidumbre y la sospecha de gente cuya vida se torció hace tiempo, llena de secretos y de cicatrices. La crema de los intérpretes españoles, con el lujo añadido de Ricardo Darín, se entrega con sensibilidad y convicción al arte del persa torturado, de ese humanista consciente de que todo dios posee sus razones aunque la consecuencia de sus actos pueda ser devastadora.

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