La ciudad que enfurece
Los profesores universitarios están de huelga. Los trabajadores del subterráneo, también. No es posible llegar a ninguna parte porque, para colmo, es víspera de festivo

Buenos Aires es una ciudad magnífica, inigualable durante ciertos atardeceres cerca de Plaza de Mayo, inolvidable cuando cae la noche frente al Planetario, inquietante cerca del río anchísimo que, a pesar de su caudal, siempre parece lejano. No sé si elegiría otro lugar del mundo para vivir, salvo que a la Argentina le acontezca una catástrofe -siempre posible- o que me atrapen unas tardías ansias de cambio -también probable teniendo en cuenta que a los 44 años se acerca el ahora o nunca-. Hay días, sin embargo, en los que la ciudad es satánica y no porque se comporte como una urbe superpoblada, con eso puedo vivir: yo fantaseo con mudarme a Londres, a Hong Kong, a Nueva Orleans, a Río de Janeiro; nunca se me ha podido persuadir acerca de las bondades de la tranquilidad. Cuando Buenos Aires se enloquece hace llorar, frustra, enfurece. Hoy, por ejemplo. Los profesores universitarios están de huelga. Es del todo justa la medida porque los sueldos son de miseria y no quieren dar aumento. Para protestar, decidieron dar clase en la calle, lo que significa cortar el tránsito en varios puntos. Al mismo tiempo, los trabajadores del subterráneo decidieron también hacer huelga, lo que deja a pie a millones de personas.
No es posible llegar a ninguna parte porque, para colmo, es víspera de feriado y medio Buenos Aires está tratando de dejar una ciudad que es imposible transitar. Mando mensajes para avisar de que llegaré tarde a todas partes. La gente está odiosa y las bocinas aúllan y por suerte no llueve, es un maravilloso día de sol en pleno invierno que brilla sobre el hormiguero de personas rabiosas.
Decidida a continuar con el día, tomo un taxi. Como suelo hacer para evitar charlas que suelen terminar mal, me pongo los anteojos de sol y los auriculares. ¡Es suficiente señal de negativa a cualquier sociabilidad! ¿No? Aparentemente, no. El taxista es uno de esos furibundos y sentenciosos personajes que todo lo odian, con la radio a un volumen antihumano. Le doy mi dirección y me dice:
-Ese era un barrio precioso. Lástima que se llenó de bolivianos.
No me cuesta creer lo que escucho. La ciudad está llena de racistas que tienen inquina particular por los inmigrantes de países latinoamericanos. Para muchos porteños ser hijo de inmigrantes europeos equivale a la decencia cuando, en general, solo equivale a una piel más blanca y a rasgos caucásicos. Trato de ignorarlo. Él sigue.
-¿Todavía está abierto el natatorio público? Yo iba con mi familia. Ahora no te podés meter al agua con todos esos bolivianos.
En los auriculares suena Aretha Franklin, es una versión absolutamente maravillosa de Natural Woman. Me da ganas de llorar. Le pido al chófer que pare el auto. Le digo que los bolivianos no están apestados, una defensa torpe que se choca contra su odio. Me deja en una esquina lejos de casa y puedo llorar por Aretha y porque no sé qué hacer cuando me encuentro con tarados de este calibre. Ahí me quedo con esa canción que suena como un torrente, confirmando una vez más que el único dios es la música.
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