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Elogio de la ciudad prodigiosa

Barcelona es capaz de superar los traumas y las tensiones para disfrutar de los placeres de la vida: desde caminar por solitarias callejuelas hasta el mar a vivir el bullicio de las fiestas de sus barrios

17 A atentados barcelona
Mariscal reinventa su clásico cartel de Barcelona diseñado en 1979.

Y sin embargo una ciudad feliz. O al menos una ciudad en la que se encuentran muchas oportunidades para ser feliz. Es un hecho que a pesar de los grandes sobresaltos de los últimos tiempos y de la tragedia del atentado de la Rambla, y las cicatrices de la crisis, la mayoría de los barceloneses seguimos queriendo profundamente a nuestra ciudad y creyendo en ella, y no nos iríamos a vivir, de poder evitarlo, a ningún otro sitio, ni siquiera a Shangri-La (donde, es sabido, se vive bien y largo). Y eso que ¡vaya temporada llevamos!: el terrible aldabonazo del 17-A que nos situó en la realidad de que también estamos en la diana del terrorismo islámico; y el barullo del procés, que nos tiene, pienses como pienses y te sitúes donde te sitúes del espectro político, en un continuo sin vivir. Y eso no es todo: hemos tenido la bronca de los taxis, con la flota negroamarilla convertida en un avispero y bloqueando la ciudad por la tremenda, y la de los manteros, que se han extendido tanto que casi puedes ir desde plaza de Catalunya al puerto pisando sus surtidos paños (si te atreves), y las campañas antiturismo, con la última ocurrencia, esos tan cabrones carteles y pintadas de “Dear tourist: balconing is fun!”. Y no hablemos de las obras. Además parece que nos peleemos fratricidamente por todo: los carriles bici, los toros, el Airbnb, la Sagrada Familia, el zoo, el tranvía, el pipicán...

Pero se trata precisamente aquí de mirar por encima, o por debajo, de todo eso, de romper una lanza por el optimismo y la joie de vivre y de reivindicar una Barcelona capaz de superar los traumas, los problemas, las tensiones y como diría el príncipe danés (turista por tanto) todas las flechas de la insultante Fortuna, que no las de Karina. A expensas de parecer ingenuos o habernos tomado algo (habría que ser Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Javier Pérez Andújar o el añorado Agustí Fancelli para salir con bien de esto), vamos a elevar una oda a la Barcelona que merece la pena, la que nos hace querer continuar siendo sus habitantes o sus visitantes. Una Barcelona de júbilo, de belleza y de placeres (del espíritu mayormente, tampoco nos pasemos). También una Barcelona de bajísima criminalidad en relación con su tamaño, en la que es fácil moverse y orientarse y que encuentra su sentido en la amistad, la amabilidad y la solidaridad (hacemos nuestras todas las causas: la última la de lucha contra la mutilación femenina, con campaña omnipresente). Hasta hay una gran tienda oficial de merchandising del Real Madrid en la calle Ferran muy cerquita de la neurálgica y políticamente tan caliente plaza Sant Jaume. Que se sepa.

Un buen punto de partida es lo de Bar-Cel-Ona, el mundialmente célebre acróstico de Mariscal, acuñado en 1979, incluso antes de que naciera (en 1988) el Gambrinus, su cigala monumental (con perdón), pero siempre vigente, y tan tonificante ahora. Bares, qué lugares, hay por todos lados, eso que no falte, pero cielo y ola se disfrutan especialmente en las playas. Un paseo por ellas te demuestra que pese a todos los pesares la vida sigue llena de alegría, de felicidad y hasta de cuerpos de bandera. Un día cualquiera de verano, ayer sin ir más lejos, ¡esto es Santa Mónica (California), señores! Solo nos faltan el Muelle con atracciones y los pelícanos.

Se trata precisamente aquí de mirar por encima, o por debajo, de todo eso, de romper una lanza por el optimismo y la 'joie de vivre'

Caminar del Port Olímpic y nuestras torres gemelas del hotel Arts y la Mapfre, en dirección este, por ejemplo, nos lleva a las playas de Nova Icária, Bogatell, Mar Bella, Nova Mar Bella y Llevant, para llegar hasta el Fòrum. Una ciudad con semejante promenade no puede ser desgraciada, oigan. Deambulando por el paseo sobre la línea playera te cruzas, te adelantan o adelantas paseantes, bañistas, turistas de cien naciones, locales de otras tantas, beldades y bellezos, gente guapa, vamos, y fea, claro; ciclistas en abundancia que ni el Tour, familias enteras en segways, la humanidad más normal y también alguna extravagante, policía en pantalón corto y en ridículos cochecitos como de golf que para sí hubiera querido el inefable Ludovic Cruchot (el gendarme de Saint-Tropez), vendedores, músicos, malabaristas y carteristas.

En el paseo estás flanqueado a un lado por los restaurantes de playa, la moderna trasmutación de los merenderos preolímpicos, con nombres de referencia como el Escribà (el otro día se lo recomendé a Arturo Pérez-Reverte: no me ha enviado a sus padrinos, así que debe haber ido bien) y otros que se abren paso como el más asequible Xiroi (de Ca la Nuri), en el que flamea el lema -que hacemos nuestro- “Passa-t’ho bé”. Al otro lado tienes la playa y el mar hasta el horizonte y el cielo. Un continuum de esparcimiento y regocijo que empieza donde te quemas los pies y te sacudes la arena cosquilleante, sigue en las promiscuas duchas al aire libre que ofrecen tanto espectáculo, los chiringuitos (pocos: Colau los ha diezmado, como las hamacas y toldos de alquiler, en aras del espacio público, pero no estamos hoy de crítica), las pistas de voley, el bosque de sombrillas y el alborotado borde del mar. Luego vienen los bañistas propiamente dichos, tangas y topless en coexistencia con hijab y muslim swimsuit, igual que conviven gaviotas y cormoranes; las olas (¡Ona!), la franja de los deportes marítimos y las embarcaciones, desde el padle surf y el wind surf en primer plano al crucero y el gigantesco portacontenedores que se siluetean al fondo pasando por los veleros, el catamarán de recreo, el barco pirata y las nuevas Golondrinas. Yendo en una dirección y en la contraria, heterogéneo libro abierto de la navegación que extiende sus páginas sobre un mar refulgente y un cielo infinito.

Una ciudad con semejante 'promenade' no puede ser desgraciada, oigan.

Hay muchas más barcelonas. Multitudinarias, ruidosas y euforizantes en sus fiestas (Gràcia, la Mercé, Sant Jordi), ferias (Salones del Cómic, automóvil, marítimo, Mobile, 080) y festivales de música, el Sónar, el Primavera, Cruilla, o en el vertiginoso y lúdico Gólgota del Tibidabo... Íntimas y silenciosas, en las callejuelas historiadas del barrio gótico o del Born o en las mestizas del Raval o las serratianas del Poble Sec. Suena tópico mencionar eso, ya lo sé, pero, a ver, ¿quién no atesora momentos de felicidad en los Jardines del Hospital, o junto a la columna romana del Café d’Estiu del Museo Marés, o paseando bajo las gárgolas de la catedral, o robando un beso a los pies de la muralla? Visitar la pequeña basílica (de origen visigodo) de Sant Just i Pastor y encender una velita y acercarse luego a tomar uno de los mejores gin tonics de la ciudad en el recóndito El Ascensor, uno de los bares de siempre, es algo que no falla. Como tampoco la luna llena en el Macba, o subir a la Fundación Miró y disfrutar del arte y las vistas y la paz que se respira, y descender paseando por los jardines de Laribal hasta el Teatre Grec. Más arriba, el castillo de Montjuïc, hoy tan desarmado (no sea que a alguien se le ocurra volver a bombardearnos), es una romántica atalaya sobre la ciudad y el mar llena de espacios en los que perderse y de sorpresas históricas, y de memorias de infancia. Es lo que tiene el zoo también; les cuesta entenderlo a los animalistas: los leones y los elefantes son los padres.

Barcelona es una ciudad deportiva. Aunque, con sus grandes desniveles, según dónde vivas exige echarle fondo, y nuestro Central Park está un poco descentrado: Collserola o Montjuïc. Produce muchas endomorfinas el deporte, aunque la mayor felicidad diríase que en Barcelona no está en practicarlo sino en verlo, sobre todo en el Camp Nou. Ya puede caer de todo que si gana el Barça...

Algo que crea un sentimiento especial con la ciudad es ser consciente de su calidad de pentimento

También es una ciudad de teatros y qué inmensas felicidad y emoción nos deparan el Lliure, el Romea, el Victòria, el Teatre Nacional, el Mercat de les Flors...: siempre puedes confiar en ellos. Y los cines, los Verdis, la Filmoteca....Y el Liceo (que reconstruimos ejemplarmente cuando se nos quemó) y el Palau de la Música, y el Auditorio. Qué decir de las librerías, de las que tenemos muchas que justifican por si solas no irse a vivir a ningún otro sitio (excepto quizá a Portland, pero no te vas a ir a Portland solo porque tienen Powell’s): las dos de La Central, Laie, ese templo de la más fantástica felicidad que es Gigamesh y el de los viajes que es Altaïr. Entre los museos cuánta alegría da la contemplación de la belleza que exhiben el Museo Nacional, el Picasso, CaixaForum, el de las Culturas del Mundo con sus canoas de proa de cocodrilo, sus tótems y sus máscaras. En dos extremos de la ciudad, Cosmocaixa y el Museo NAT de Ciencias Naturales nos brindan todo el excitante misterio del cosmos y la vida. La gastronomía, de los grandes restaurantes a las granjas de Petritxol, y las compras, del Mercadillo de Portaferrisa al Zadig & Voltaire de paseo de Gràcia, son otras grandes y obvias fuentes de felicidad que cada uno se permite según sus posibilidades.

Algo que crea un sentimiento especial con la ciudad es ser consciente de su calidad de pentimento. Como todas las urbes pero quizá más especialmente por su gran vitalidad y constante cambio, Barcelona se va agregando capas una tras otra. Pasear es así recordar los lugares que amaste (y donde amaste) y han ido desapareciendo, sustituidos por otros. Hay una dulce melancolía en ese ejercicio de memoria, muy caro a todos nosotros. Es cierto que hay asimismo nombres que perduran, guardando toda su carga emocional (El Glaciar, Sidecar, Jamboree, Flash-Flash...)

Parafraseando a Isak Dinesen, Barcelona es una ciudad de inigualable nobleza, hecha para la libertad y que te llena de ligereza de corazón. Nuestra ciudad, y la de todos ustedes. Una ciudad en la que al despertar cada mañana, la miras y te dices: “Estoy donde querría estar”.

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