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El arca del amor adolescente

A lo largo de buena parte de la historia, el espectador se pueda desesperar ante la indolencia política y moral de esta propuesta de ciencia ficción

la bruma
Romain Duris, en 'La bruma'.

LA BRUMA

Dirección: Daniel Roby.

Intérpretes: Romain Duris, Olga Kurylenko, Fantine Harduin, Michel Robin.

Género: ciencia ficción. Francia, 2018.

Duración: 89 minutos.

La ciencia ficción en ambientes cotidianos, la que podría estar sucediendo pasado mañana, siempre tiene un plus de emoción, de miedo, de posibilidad, de incertidumbre. Y la serie de televisión Black mirror lo ha venido demostrando casi en cada uno de sus capítulos, poniendo el alcance de un guiño, de una mirada al horizonte venidero, un apocalipsis social, tecnológico o moral que quizá nos esté invadiendo ya.

Algo que también ocurre con la sobrecogedora situación de la que parte la producción francocanadiense La bruma, cuarto largo de Daniel Roby, inédito hasta ahora en los cines españoles, que explora la posibilidad de una espesa niebla marrón saliendo de las bocas del metro, invadiendo las calles de París hasta llegar al límite de los pisos más altos, provocando la asfixia del que se cruza con ella. Las campanas de Notre Dame tocando a funeral, doblando por el entierro de la humanidad.

Sencilla en su planteamiento y desarrollo, quizá demasiado, la película se centra en tres personajes principales (un matrimonio y su hija, refugiada en un gran pulmón tecnológico debido a una rara enfermedad), y apenas un par de secundarios (unos ancianos vecinos del piso más alto del edificio). Y tampoco se da la más mínima información sobre las causas, y poca sobre los efectos. De hecho, únicamente un diálogo advierte de un dato sin la menor importancia para el devenir del relato, pero que resulta clave para el espectador: “Lo que es seguro es que no es un ataque químico”.

Es decir, no estamos ante una película política. A Roby el terrorismo contemporáneo no le interesa como posible explicación para su película, ni siquiera en forma de metáfora, y prefiere desterrarla de un modo explícito. Lo que lleva a que, a lo largo de buena parte de la historia, el espectador se pueda desesperar un tanto ante la indolencia política y moral de la propuesta.

Como contrapartida, a pesar de que no necesita grandes efectos especiales, la imagen de París anegada por la bruma es muy potente, la agilidad de la puesta en escena en los exteriores es meritoria y, en su parte final, apela a un espíritu de corte lírico, de reminiscencias bíblicas, que deja un mejor regusto. El amor adolescente, en su pureza y en su originalidad, será el gran superviviente de la próxima hecatombe.

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