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Pornografía ‘amateur’ y pingüinos melancólicos

En la era de los debatidos límites del humor y la ofensa, surgen obras que reformulan la transgresión como herramienta de progreso

Dos pingüinos ante un televisor.
Dos pingüinos ante un televisor. Matthias Clamer / getty

Cuando haces comedia tienes que pensar mucho las cosas antes de publicarlas en Twit­ter. ¿Quiénes nos creemos que somos, presidentes?”, suelta Sarah Silverman en su intrincado monólogo A Speck of Dust. La monologuista imparte una lección magistral sobre los mecanismos de la comedia en la era de los debatidos límites del humor y la cultura de la ofensa y construye su discurso humorístico al tiempo que va desvelando su funcionamiento: abre digresiones sobre los chistes descartables que le facilitan el paso de un tema a otro, ilustra la funcionalidad de las risas de alivio cuando un balsámico chiste escatológico transforma de manera radical lo que, hasta ese momento, parecía el relato de una violación y demuestra que, colocada en el momento justo, una revelación dramática puede funcionar como remate cómico —en este caso, tras una retahíla de humor negro en torno a la directora de un orfanato con garfios por manos—. La religión, el aborto, la masturbación masculina, el sacrificio de animales y la menstruación se suceden en su modélico uso de lo políticamente incorrecto, que, lejos de resucitar viejos lenguajes de la ofensa, señala fragilidades e hipocresías en los discursos dominantes.

Tras la escritura de Tom Perrotta se manifiesta un impulso igualmente reflexivo a la hora de reformular la aparente transgresión en herramienta de progreso colectivo y mejora personal. El modo en que el consumo de pornografía amateur se infiltra en el lenguaje y el inconsciente del sujeto contemporáneo es uno de los muchos temas que recorren La señora Fletcher (Libros del Asteroide), su última novela, donde la sátira de costumbres no se cobra el precio de subestimar a sus personajes y, con ello, sacrificar una mirada humanista de incuestionable peso ético.

Perrotta cuenta, en paralelo, dos procesos de autodescubrimiento vital de aparente carácter paradójico: mientras su protagonista, una divorciada de mediana edad, logra esquivar el temido síndrome del nido vacío al explorar nuevas posibilidades de relación, bajo el influjo del porno online, cuando su hijo parte hacia la universidad, éste acaba viviendo la prometida promiscuidad en ese ambiente de fraternidades y emancipación familiar como un doloroso rosario de humillaciones que supondrán su verdadera educación para la supervivencia en un entorno hostil. Ni la señora Fletcher ni Brendan funcionan en manos del escritor como muñecos antiestrés capaces de ser castigados con mil penalidades para deleite del lector, porque lo que prevalece es la voluntad de comprensión, incluso de las más cuestionables y grimosas debilidades del ser humano. La transexualidad, el machismo, los estudios de género, los subgéneros pornográficos, la corrección política y el compromiso ideológico juvenil son contemplados con una mirada cuestionadora que no es nunca destructiva, ni cínica, y cuando el lector empieza a temer que la resolución del relato sea mucho más convencional de lo que se anticipaba, la jerga de la industria del sexo acude al rescate para colocar una precisa nota de sabia ambigüedad en el desenlace.

No todas las propuestas editoriales que flirtean con el género pueden presumir de la misma complejidad que ponen en juego Silverman y Perrotta. En Mediocristán es un país tranquilo (Literatura Random House), el colombiano Luis Noriega parece colocarle a su voz narrativa unas gafas capaces de bajarle el listón a lo real para acomodarlo a la metáfora que vertebra su relato, desgranado en capítulos brevísimos y frases lacerantes. Mediocristán es el estado existencial de la claudicación, en el que se han refugiado aquellos miembros de la generación del autor que han aparcado inquietudes para formar una familia y olvidarse de quienes querían ser. El fraseo de Noriega pasa de lo hipnótico a lo monocorde en este sintético relato con espíritu de ajuste de cuentas vital que lanza sus dardos —entre otros frentes, al independentismo catalán— con la mecánica regularidad de un disparador de clichés.

En Muerte con pingüino (Blackie Books), el ucraniano Andrei Kurkov da con una buena imagen simbólica para fijar una idea de la mutación del miedo cotidiano en la Rusia del deshielo: un escritor de necrológicas, con un pingüino deprimido por mascota, se convierte en involuntario instrumento de una sangrienta guerra de mafias. Quizá Kurkov tuviera la buena voluntad de hermanar a Kafka con Keaton a través de este relato de humor melancólico que podría haber cristalizado en eficaz relato excéntrico en vez de dilatarse en forma de artilugio infalible para helar la paciencia del lector más voluntarioso. En el fondo, el problema de Muerte con pingüino se parece al de Mediocristán es un país tranquilo: el personaje inmóvil es complicado material narrativo. Con todo, su justo opuesto no garantiza la fortuna, como demuestra la extenuante fantasía de reencarnaciones de Las diez mil vidas de Milo (Alianza de Novelas), de Michael Poore, prueba fehaciente del alto daño resultante de digerir la influencia del peor Neil Gaiman como una celebración del todo vale vaciada de poesía.

Dos clásicos como Mil millones de años hasta el fin del mundo (Sexto Piso), de Arkadi y Borís Strugatski, y Cómo llegamos a la final de Wembley (Tusquets), de J. L. Carr, permiten entender que el secreto de la comedia no es sólo cuestión de concepto, sino, también —y quizás sobre todo—, de forma. Es decir, de lenguaje. La primera podría sacarle los colores a Kurkov, porque responde a una intención parecida —la de capturar el miedo en el aire de una sociedad regida por la paranoia—, pero consigue que su estilo —en el que brilla una progresiva pirueta en los tiempos verbales— sublime ese relato de un matemático cuyo piso acaba sometido a la lógica multiplicadora del célebre camarote de los Marx. La idea del universo homeostático que corona la ficción supone otro hallazgo; para los Strugatski la comedia servía para pasar de lo particular a lo universal. A lo cósmico, incluso. Escrito en 1974, el libro de J. L. Carr encuentra en la digresión su razón de ser: lo que, en principio, se presenta como crónica de una improbable hazaña deportiva acaba revelándose bienhumorada oda al carácter británico, sirviéndose de un tono que recuerda gratamente a las comedias de la Ealing.

La señora Fletcher. Tom Perrotta.  Traducción de Mauricio Bach. Libros del Asteroide, 2018. 368 páginas. 22,95 euros.

Mediocristán es un país tranquilo. Luis Noriega. Literatura Random House, 2018. 168 páginas. 13,90 euros.

Muerte con pingüino. Andrei Kurkov. Traducción de Mario Grande y Mercedes Fernández. Blackie Books, 2018. 288 páginas. 21 euros.

Las diez mil vidas de Milo. Michael Poore. Traducción de Miguel Marqués. AdN, 2018. 480 páginas. 18 euros.

Mil millones de años hasta el fin del mundo. Arkadi y Borís Strugatski. Traducción de Fernando Otero Macías. Sexto Piso, 2017. 172 páginas. 16,90 euros.

Cómo llegamos a la final de Wembley. J. L. Carr. Traducción de Puerto Barruetabeña. Tusquets, 2018. 208 páginas. 17 euros.

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