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71ª Festival de Cannes

‘Han Solo’, exprimiendo el gran negocio

Han Solo es propiedad exclusiva de Harrison Ford. Alden Ehrenreich no da la talla por mucho que se esfuerce el chaval

Fotograma de la película 'Han Solo: Una historia de Star Wars'. / Tráiler de la película.

El Festival de Cannes ha demostrado siempre su heterodoxia selectiva y su amplitud de criterio al ofrecer muestras con frecuencia agotadoras de las cinematografías más exóticas del planeta, preferentemente asiáticas. Lo cual no hace que se olvide del cine estadounidense que, cuando es bueno, resulta inmejorable. Así ha sido desde la primera noche de los tiempos. Pero hace unos años que esa cinematografía fundamental ha traicionado a Cannes utilizando el Festival de Venecia como su plataforma de lanzamiento en Europa. Hablo del cine de autor, de gente que trata de imprimir su sello creativo a lo que hace. Imagino que esa deserción de los grandes nombres estadounidenses hace que Cannes se olvide de su elitismo y se conforme con programar fuera de concurso Han Solo: Una historia de Star Wars un producto diseñado solo para reventar todas las taquillas del universo. La calidad es prescindible, les basta con el marketing y la enorme demanda que existe de su criatura.

La casa Disney se ha propuesto exprimir hasta los huesos todo lo que remita a la guerra galáctica y ahora pretende contarnos en otra trilogía (ya he perdido la cuenta de cuántas van) lo que ocurrió en la vida de Han Solo antes de que George Lucas nos lo presentara hace más de 40 años en el arranque de la saga. A diferencia de tantos feligreses enganchados a la eterna batalla entre los sublevados y el imperio, a mí esta no me aporta nada grato desde El retorno del Jedi. Me duele la cabeza cada vez que la obligación profesional me obliga a tragarme secuelas y secuelas. Deseo que vuelva a aparecer alguna vez la magia inicial, pero no hay manera. Todas estas películas están fabricadas por idéntica computadora, independientemente de quien las dirija. Han Solo: Una historia de Star Wars, la firma Ron Howard, alguien acostumbrado al éxito y autor de El código Da Vinci, una de las películas más impresentables y horrorosas que he padecido. Aquí no se ha exprimido nada el cerebro para presentar al veinteañero Han Solo. Todo es mecánico, rutinario, aparatoso, lo único sorprendente es que utilice una fotografía tan oscura en aventuras que pretenden ser luminosas.

¿Y qué narra? Pues el camino iniciático del muy joven Han Solo, alguien que llegará a adquirir categoría de leyenda en su lucha contra el imperio. Todavía no aparecen Luke Skywalker ni la princesa Leia, pero sí las raíces de la amistad entre Solo y Chewbacca y Lando Calrissian. También conoceremos a Kira, la primera novia de Han Solo. Pero los personajes importan poco. Lo que les interesa es la acción y esta resulta mareante, plagada de persecuciones y peleas que nos han mostrado mil veces, protagonismo absoluto de los efectos especiales. No existe en ella ni una pizca de alma, de sentido de la aventura, de emoción. Y, por supuesto, es imposible que te olvides de que el personaje de Han Solo es propiedad exclusiva de Harrison Ford. Alden Ehrenreich no da la talla por mucho que se esfuerce el chaval.

Under the Silver Lake la dirige David Robert Mitchell, autor de It Follows, una película de terror que no he visto y de la que cuentan cosas excelsas. No puedo confirmar ese talento en esta intriga en la ciudad de Los Ángeles inspirada descaradamente en el mundo de David Lynch. Todo es exotérico, reiterativo, absurdo y vanamente surrealista en esta modernez que sigue los angustiados pasos de un hombre que busca las huellas de la mujer que le fascinó. Hay sectas, fanzines, matadores de perros, gurús, prostitución juvenil, alegorías, cataratas de diseño, vídeo arte, inútil suspense. Pretende ser excéntrica e inquietante, pero solo despide vacuidad e impostación.

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