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Miguel de Unamuno: la carta de la mujer del pastor

Lúcido y sincero, el escritor reconoció su error al defender el alzamiento de 1936 al pensar que defendía la República

Miguel de Unamuno.
Miguel de Unamuno.

El 12 de octubre de 2006 publiqué en EL PAÍS un artículo sobre el famoso discurso de Unamuno de 70 años antes en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca en el que se incluían datos y testimonios poco conocidos que ayudan a interpretar lo sucedido, y permiten aclarar algunos enigmas que han alimentado la polémica durante décadas.

El artículo comenzaba así: "A lo largo de los últimos meses del año en que iba a morir, Miguel de Unamuno fue reuniendo ideas y apuntes de la realidad con vistas a un posible libro sobre la Guerra Civil que pensaba titular El resentimiento trágico de la vida. En esas notas, escritas, dice Andrés Trapiello, con lenguaje expresionista, queda reflejada la desesperación con que asiste a la degollina que se ha iniciado en julio de 1936. En una de sus últimas anotaciones escribe: 'El que una horda de locos energúmenos, de desesperados, mate a un número de ricos sin razón ninguna, por bestialidad, no me parece tan grave como que unos señoritos saquen a un profesor de su carta, con una orden militar, y le asesinen por suponerle... masón'. El lapsus, carta por casa, tiene su explicación. A comienzos del otoño, Enriqueta Carbonell, la mujer del pastor protestante de Salamanca Atilano Cocó, amigo de Unamuno, había enviado al escritor una carta informándole de la detención de su marido bajo la acusación de ser masón, lo que, dice ella, 'en realidad lo es' como lo son la mayoría de los pastores en Inglaterra, al igual que el Rey de ese país. La mujer pedía a Unamuno que se interesara por su amigo, pues temía que pudiera pasarle algo. Lo que pasó entre la recepción de la carta y la redacción de las notas en que confundió casa por carta fue que a Atilano Cocó lo fusilaron".

En un artículo publicado aquí el 9 de mayo se decía que nunca podría saberse qué dijo Unamuno exactamente porque "solo tenemos las 40 palabras que escribió en un sobre mientras los demás intervenían". Luciano G. Ejido tuvo ocasión de conocer esas anotaciones cuando estaba escribiendo su emocionante Agonizar en Salamanca (Alianza, 1986). En otro libro excelente del muy unamuniano José Miguel de Azaola (Unamuno y sus guerras civiles; Laga, 1996) se reproduce la hoja original con las anotaciones. Las frases que figuran son las siguientes: "guerra internacional civilización occidental cristiana", "el rencor ciudadano", "vencer y convencer", "odio y no compasión", "anti Esp.", "cóncavo y convexo", "descubrir un nuevo mundo", "odio inteligencia, que es crítica, que es examen", "imperialismo lengua", "lucha unidad catalanes y vascos" y "ni la mujer". Casi todas esas frases, o las ideas que evocan, aparecen en las versiones que después de la guerra se publicaron del breve discurso de Unamuno que dio lugar al conocido enfrentamiento con el general Millán Astray.

Pero hay otros testimonios por escrito. En una carta a su amigo y paisano el escultor Quintín de Torre, el propio Unamuno resumía así su intervención: "Dije toda la verdad, que el vencer no es convencer ni conquistar es convertir, y que no se oyen sino voces de odio y ninguna de compasión". La mayoría de las anotaciones tienen que ver con el discurso de Francisco Maldonado, el más doctrinario de los que se pronunciaron aquella mañana y que incluía elucubraciones estrambóticas sobre el imperialismo de vascos y catalanes, que formarían con Madrid el triángulo de la anti-España, a la que se había opuesto la "España de la tradición occidental y de los valores perennes": otra forma de referirse al concepto de "defensa de la civilización occidental cristiana", acuñado por Unamuno y pronto incorporado por los franquistas, y el propio Franco, al discurso de justificación del Alzamiento.

Ya en febrero de aquel año había confesado Unamuno al corresponsal de El Sol en Londres, Luis Calvo, su extrañeza al escuchar a los jóvenes "cosas que dicen haber recibido de mí y que no reconozco". Tal vez pensaba en supuestos discípulos como el falangista Ernesto Giménez Caballero, que finalizaba un artículo, titulado 'Frente a los intelectuales, los místicos de España', con la consigna: "No hay libertad más que en la sumisión", y en el que propugnaba como ideal "la vida arriesgada, el peligro creador, el sentimiento trágico de la existencia". ¿Cómo no iba a espantarse Unamuno de que se citasen sus sentencias y metáforas más afiladas en defensa de lo que percibía como "estúpido régimen de terror"? Sobre todo, ¿cómo no iba a recibir como una lanzada, él, que tantas paradojas había puesto en circulación, el grito necrófilo de "Viva la muerte"?

De entre las frases anotadas en el reverso de la carta hay dos que no figuran en ninguna versión del discurso de Unamuno. Una es "ni la mujer", que no se sabe a qué pueda referirse; la otra, enigmática, es "cóncavo y convexo". La publicación, 55 años después de haber sido escritas, de las anotaciones de El resentimiento trágico de la vida (Alianza, 1991) aclara el posible sentido de esa contraposición cuando afirma que "bolchevismo y fascismo son las dos formas —cóncava y convexa— de una misma y sola enfermedad mental colectiva". Con un sentido formalmente similar la expresión figuraba también en un artículo publicado por Unamuno en el diario Ahora en noviembre de 1935: "España es un don de la guerra civil, del combate entre las dos Españas —su lado cóncavo y su lado convexo—".

Severo con la República

Unamuno había sido un crítico muy severo de la República, sobre todo del jacobinismo de Azaña y de la demagogia del Frente Popular. Hay artículos suyos en los que arremete contra la buena conciencia de las gentes de izquierda que se limitan a llamar "fascistas", creyendo que eso es un argumento, a quienes les reprochan sus comportamientos ilegales, crueles o meramente zafios. Sus advertencias sobre el riesgo de una guerra civil —­por la que pide perdón por adelantado en nombre de su generación "a los niños de España", en un mensaje leído el 6 de enero de 1935— son reite­radas desde ese año, y también los llamamientos a salvar a la República de sí misma. Por eso se empeña en ver el levantamiento militar como un pronunciamiento en defensa de la legalidad republicana, creyendo lo que en sus bandos y proclamas iniciales dijeron Queipo de Llano, Yagüe y el propio Franco.

Pero el 12 de octubre la realidad ­real de la matanza no permite mantener esa ficción. "Qué cándido y qué ligero estuve al adherirme al movimiento de Franco", le confiesa por carta a Quintín de Torre. Todavía el 6 de octubre el repuesto rector (repuesto por Burgos tras haber sido destituido por Madrid) acude a una audiencia con Franco para pedirle, relata G. Ejido, que "introdujera la compasión en sus decisiones políticas". Pero le dicen que "no es tiempo todavía de pedir clemencia, humanidad y justicia", según relata por carta a su traductora al italiano Mari Garelli.

Venceréis, porque vuestra es la fuerza, pero no convenceréis, porque os falta la razón y el derecho, les desafía el viejo escritor en cuyas manos palpitaba la realidad real de la carta de la mujer del pastor, y ese gesto ilumina retrospectivamente toda su trayectoria vital, desde el adolescente fuerista radical y el joven redactor de La Lucha de Clases, el periódico socialista de Bilbao, pasando por el liberal adulto enfrentado a Primo de Rivera y al Rey, el exiliado intransigente y a su regreso padre fundador de la II República, de la que se distanciará más tarde para adherirse en un primer momento al levantamiento militar. El breve discurso de Unamuno en el Paraninfo es un postrer gesto de valor; de atrevimiento para decir no a quienes le halagaban.