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David Lodge, la novela de la Rey Juan Carlos es tuya

Pensaba yo estos días en el empeño que tienen algunos políticos en engrosar sus currículos con másteres no realizados o de poca monta a los que por lo que estamos viendo bautizan con títulos que impresionan en grado sumo

Pablo Casado muestra documentación de su máster.

El “anoche soñé que volvía a Manderley”, de la Rebeca de Daphne du Maurier, podría servir de título para ese capítulo de la psicología que estudia aquellos sueños que nos arrojan de nuevo a un pretérito que creíamos superado. Anoche soñé que volvía a Manderley: anoche soñé que me quedaban dos asignaturas para obtener el título; anoche soñé que debía volver a la mili dos meses para licenciarme; anoche soñé que en casa me esperaba mi primer marido; anoche soñé que no había terminado de pagar la hipoteca o que regresaba a mi pisito ruinoso; anoche soñé que para seguir trabajando debía volver a examinarme. En realidad, este último sueño, el del examen, es el que contiene todos los demás, porque nos sitúa en esa edad de la vida en la que descubrimos que para avanzar debemos mostrar lo que sabemos ante algo parecido a un tribunal. La vida laboral nos somete a un examen continuo, de eso es imposible librarse, pero para algunos es una liberación que el estudio se corresponda a las necesidades que tu propio trabajo te va marcando. El aprobado o el suspenso se deja a juicio del público y así lo vivimos en el día a día, a veces con aprensión pero siempre con el consuelo de haber superado la época estudiantil. Siento gran admiración por los que entregan la vida a la investigación y al estudio porque un oficio como el mío permite al menos esa dispersión errabunda de observar la vida para luego contarla, así como la escritura paseada favorece llegar a casa casi con los deberes hechos.

Francamente, ni sabía ni me importaba qué títulos reunía la entonces Delegada del Gobierno en Madrid, pero si hay un adjetivo que defina la ambición de una persona tan bien situada por adquirir un nuevo titulillo es cutre. Es muy cutre

Influida por los acontecimientos en los últimos días he soñado que volvía a examinarme. En fin. Dejando a un lado la sinvergonzonería de los que no contemplan la dimisión cuando está claro que han mentido en el currículum, que es el aspecto del pasado de un político en el que no se deben permitir los embustes; obviando el espectáculo de quienes apoyan la mentira con el aplauso y acrecientan el descrédito con el que han empañado la actividad política; pasando por alto que los ciudadanos reconocemos ya la astucia en cierta clase política de eternizar un asunto a fin de que transforme su naturaleza y parezca parte del juego sucio de la liza electoral; olvidando un rato que España agota, que es irritante que un máster que no se hizo acapare tantos días la actualidad y que la estudianta que no estudió tenga el cuajo de declarar que no se irá hasta que no lo diga el jefe; constatando una vez más que esto no va de honradez democrática, sino de abuso de poder; dejando aparte esta insoportable lentitud, repito, pensaba yo estos días en el empeño que tienen algunos políticos en engrosar sus currículos con másteres no realizados o de poca monta a los que por lo que estamos viendo bautizan con títulos que impresionan en grado sumo.

Pareciera que el mérito está en reunir un gran número de credenciales académicas que acreditan que si estás arriba es porque lo vales. Francamente, ni sabía ni me importaba qué títulos reunía la entonces Delegada del Gobierno en Madrid, pero si hay un adjetivo que defina la ambición de una persona tan bien situada por adquirir un nuevo titulillo es cutre. Es muy cutre. Es la codicia del que tiene mucho y aún quiere más, del que no reúne sensibilidad social alguna para advertir que si desde la engañifa del plan Bolonia muchos jóvenes pagan esperanzados por añadir otro crédito a su expediente es porque creen que así encontraran ese trabajo que nunca les llega. Aquel fue el truco perfecto que encontró el sistema para mantenerlos entretenidos y contenida su desesperación y la de sus padres, que a menudo financian esta privatización solapada de parte de la enseñanza universitaria.

Deberíamos cambiar aquella frasecilla tan discutible de la generación mejor preparada de la historia por la generación más precarizada de la historia. Para qué tanto titulillo cuando lo que la mayoría anhela es un trabajo decente y un sueldo que les permita acceder a una vida soberana. No es que uno no deba seguir preparándose sino que en la mayoría de los oficios lo que enseña de verdad es el ejercicio de los mismos. Lo que le sirve a un joven licenciado en Periodismo es curtirse en una redacción, sus verdaderos maestros serán los colegas con años de experiencia que actuarán como guías. Oficios y profesiones suelen aprenderse trabajando, ganando dinero y asumiendo responsabilidad. Lo demás es alargar lo peor de la juventud, la inestabilidad y la dependencia. Cuántas personas que a diario observas realizar admirablemente su trabajo no poseen un título o tienen el justo y necesario. Así debiera ser también en política, donde no se puede fiar todo a la universidad sino al compromiso, a la honradez y a la ética. ¿Para qué una pandilla de políticos hiperprofesionalizados, megatitulados, supermasterizados si a la hora de la verdad no saben asumir un error y recuperar la dignidad valiéndose del noble acto de la dimisión? Y a todo esto, ¿dónde está nuestro David Lodge para escribir la gran novela de la Rey Juan Carlos?