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Hinchando la paradoja

Daniel Calparsoro pone su profesionalidad al servicio de un relato que no crea asideros de fe en lo inverosímil para que al espectador le imante el misterio

El aviso
Raúl Arévalo y Antonio Dechent, en 'El aviso'.

EL AVISO

Dirección: Daniel Calparsoro.

Intérpretes: Raúl Arévalo, Aura Garrido, Belén Cuesta, Sergio Mur.

Género: terror. España, 2018.

Duración: 92 minutos.

“Centré mi mirada en la palabra fin que se veía a lo lejos. Muy muy lejos”, subrayaba Paul Pen en un artículo que resumía sus primeros seis años como escritor. Y añadía, más adelante: “Solo el hecho de escribir la palabra fin, el sencillo acto de presionar tres teclas tras haber presionado otro millón durante la creación de la historia —como si fueran los tres últimos pasos de un viaje a pie de un año de duración— diferencia a los que de verdad quieren ser escritores de quienes fantasean con la idea de serlo”. Habrá a quien le sorprenda encontrarse con un escritor que habla como un coach de sí mismo. No debería llamar tanto la atención a quien entienda que estas palabras se desgranan al amparo de la misma lógica de mercado que, por ejemplo, lleva a otra editorial a publicar un best-seller instantáneo –Escrito en el agua de Paula Hawkins- con una contraportada cubierta de valoraciones críticas, elogiosas y entrecomilladas, no atribuidas a nadie.

El aviso de Daniel Calparsoro adapta –en un proceso que, en su fase de guion, ha recorrido demasiados (e imprudentes) viajes de ida y vuelta- la primera novela del madrileño Pen, un autor que, de manera totalmente legítima, se inscribe en la tradición de la literatura popular de aeropuerto, pero que, en un deje algo frívolo, se enorgullece de que su escritura se intoxique con los modos de la nueva ficción televisiva. Su historia parece una característica paradoja (temporal) concebida para ensamblar dos capítulos de Perdidos, pero hinchada contra su propia naturaleza. Dos temporalidades se alternan en este relato paranoico sobre un lugar maldito regido por patrones matemáticos.

Calparsoro pone su profesionalidad al servicio de un relato que no crea los suficientes asideros de fe en lo inverosímil para que al espectador le imante el misterio. Da la impresión de que incluso buena parte del reparto tiene serias dificultades para creer en esta historia donde la preservación del enigma no está al servicio de la ambigüedad, sino de una maniobra de distracción para no evidenciar que aquí no hay más que un conjunto vacío.

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