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La fuga imposible del futbolista que obsesionó a la Stasi

Eduardo Verdú reconstruye en una novela la defección de Lutz Eigendorf, el jugador fetiche de la RDA, asesinado a los 26 años

Lutz Eigendorf, en 1980 cuando jugaba con el FC Kaiserslautern.
Lutz Eigendorf, en 1980 cuando jugaba con el FC Kaiserslautern. imago sportfotodienst / Cordon Press

En su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, Edward Gibbon advierte que lo patético suele surgir de circunstancias menudas. Media vida consagrada al periodismo, la guitarra y la escritura, empujaron a Eduardo Verdú (Madrid, 1974) hacia su destino gibboniano, una tumba en un bosque de Kaiserslautern y un libro, Todo lo que ganamos cuando lo perdimos todo (Plaza y Janés), novela basada en hechos reales. La imaginación, en su caso, no le sirvió para alterar los sucesos sino para reconstruir con forma de novela los espacios más enigmáticos en la desventura documentada de los personajes. La trama, la defección de Lutz Eigendorf a Occidente en la primavera de 1979, contiene todo el patetismo de la decadencia de la República Democrática Alemana.

Eigendorf tenía 22 años y era el jugador más brillante del Dynamo de Berlín. Le apadrinaba Erich Mielke, el director del Ministerio para la Seguridad del Estado, popularmente conocido como Stasi. El servicio de inteligencia más eficaz y represor que ha conocido Europa y el que más espías destinó per cápita le permitía gozar de una condición análoga a la de miembro del politburó. Era el ídolo que promovía el régimen.

Encandilado por sus rasgos angélicos, su estampa soberbia y el dominio natural del balón, Mielke le designó capitán y emblema propagandístico. Su carrera transcurría como una vía férrea. La Oberliga, sistemáticamente amañada para beneficio del Dynamo, prometía conciliar el juego con el imperativo administrativo del triunfo. La estabilidad totalitaria armonizaba con su vida privada. Casado con la chica más guapa del instituto y padre de una niña de dos años, Eigendorf disponía de acceso prioritario a coche y casa. En su persona se decantaba el ideal ciudadano de la utopía comunista. Los órganos de comunicación le apodaban El Beckenbauer del Este. Vivía la vida feliz del mundo feliz totalitario: fútbol, fútbol, fútbol.

“Era feliz en Berlín, y quería a su mujer y a su hija”, dice Verdú. “Pero se asfixiaba. Tenía espíritu aventurero. Amaba el riesgo y el fútbol le había privado de llevar una vida disoluta. El fútbol le obligó a una disciplina desde los 14 años, cuando dejó Brandenburgo y se integró en la cantera del Dynamo. Tiene una responsabilidad política desde joven y necesita liberarse de ese yugo familiar, estatal, paternalista, amoroso…”.

El 20 de marzo de 1979 Eigendorf desertó. Sin comunicárselo a su esposa y sin apenas proponérselo. Se bajó del autobús que había trasladado a su equipo a través de la frontera para disputar un partido amistoso en Kaiserslautern. Aprovechando una parada de repostaje en Giessen, mientras sus compañeros hacían compras antes de atravesar el muro de vuelta al monopolio comunista, se subió a un taxi y le ordenó una carrera de 170 kilómetros. Hasta las oficinas del FC Kaiserslautern. Allí ofreció sus servicios como defensa central. Lo ficharon de inmediato. La Stasi no tardó en perseguirle. Para empezar, denunciándole ante la UEFA, que le prohibió jugar durante un año por incumplimiento contractual.

Muerte al traidor, el documental que Heribert Schwan dirigió a partir de los archivos de la Stasi, describe el hostigamiento al que lo sometieron hasta su asesinato, el 5 de marzo de 1983. Verdú se apoya en Schwan para desgranar la llamada Operación Rosa, empresa que no solo persiguió eliminar al futbolista. Ante el intento de Eigendorf de reunificar a su familia, la RDA designó a un agente, Peter Hommann, con la misión de seducir a Gabi, su esposa, inducirla al divorcio, las segundas nupcias y un nuevo embarazo. Hommann cumplió con creces. Adoptó a la hija del desertor, Sandy, rebautizada como Sandy Hommann.

Harto de un orden previsible, Eigendorf se sometió al orden de la incertidumbre. Camino del tenebroso final jugó dos años en la Bundesliga, se compró un Alfa Romeo GTV-6, y en el torbellino de un supermercado descubrió que la lejía era mejor en el Este.

Éxito por imperativo gubernamental

La industria del fútbol entreverá en su discurso convencional mensajes que emplearon los regímenes totalitarios. La idea de ganar como sea, tan presente entre jugadores y técnicos de las grandes Ligas contemporáneas, es un reflejo no siempre banal de imposiciones que sufrían los deportistas en las dictaduras del espectro soviético. Eduardo Verdú recuerda que Lutz Eigendorf fue víctima de ese condicionante psíquico que desvirtúa la esencia lúdica del fútbol. “En la RDA la idea del triunfo pesaba infinitamente más que la idea del juego”, dice el autor. “El fútbol era un espejo político. A través del triunfo deportivo se perseguía justificar un régimen”.