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El “fotógrafo amateur” que hacía poesía con su Leica

Una monográfica de 160 imágenes recupera la delicada obra del valenciano Gabriel Cualladó a los 15 años de su fallecimiento

'José Luis, El Fitu', Asturias, 1968. Ver fotogalería
'José Luis, El Fitu', Asturias, 1968. IVAM

Algo tan complicado como sacar belleza de lo cotidiano fue el logro de Gabriel Cualladó, quizás uno de los autores menos populares de su generación, la que cambió la fotografía española a finales de los años cincuenta del pasado siglo para situarla al nivel europeo. Cuando se van a cumplir 15 años de su fallecimiento, el 30 de mayo de 2003, una exposición monográfica con 160 de sus fotos, en la Sala Canal Isabel II, en Madrid, recupera la obra del que es considerado "un maestro, un referente en España" por fotógrafos como Joan Fontcuberta y Juan Manuel Castro Prieto. Todo un legado, en blanco y negro, de alguien que no se dedicó profesionalmente a la imagen (en su tarjeta de visita se anunciaba como “fotógrafo amateur”), sino que dirigió la empresa de transportes de su tío a partir de 1949.

Gabriel Cualladó nació en 1925, en Massanassa (Valencia), autodidacto pero no precoz, supo crear en sus imágenes una atmósfera en muchas ocasiones inquietante, un mundo de personajes que transmiten soledad en claroscuros, pero sin artificios, desde la sencillez. Como ha recordado hoy, viernes, su hijo Gabriel en la presentación de la exposición: "Luchó para que la fotografía fuera reconocida como un arte". Lo hizo primero formando parte, en 1957, del grupo Afal, el que impulsaron desde Almería Carlos Pérez Siquier y José María Artero, y al que se unieron Ramón Masats, Ricard Terré, Oriol Maspons, Gonzalo Juanes, Paco Gómez, Xavier Miserachs, Leopoldo Pomés, Alberto Schommer… para arrumbar el "salonismo" y dar paso a una fotografía moderna, de estética neorrealista.

Varios de ellos formaron su aparte en el colectivo que Masats bautizó como La Palangana, a partir de 1959. “Los recuerdo en casa hablando de sus ideas y sus trabajos durante horas”, señaló Cualladó hijo, aunque otras de aquellas reuniones consistían en citarse por la mañana en un bar a tomar cañas y luego salir a hacer fotos. De todos ellos, con quien forjó “una profunda y leal amistad”, como dijo el propio Cualladó, fue el navarro Paco Gómez, fallecido en 1998. A él le dedicó, poco antes de su muerte, como homenaje, la serie Va por ti, uno de los apartados de la exposición Cualladó esencial, abierta en la Sala Canal Isabel II, en Madrid, hasta el 29 de abril.

Quizás porque su vida estaba dedicada a esos camiones que circulaban por las carreteras de España con su apellido en el lateral, Cualladó decía, con modestia, que su obra cabía en una caja de zapatos. Era más una forma de decir que tiraba pocas fotos. Entre esos negativos destaca su serie de El Rastro madrileño, desarrollada durante años, en la que optó, fiel a su estilo, por huir del bullicio para fijarse en los gestos, como las dos ancianas que parecen estar haciéndose confidencias o el tipo apoyado en la pared con el torso desnudo. Cualladó sacó partido a ese silencio entre sombras en otro mercado, el de Les Halles, durante un viaje a París de diez días con otros fotógrafos en 1962.

'Autorretrato en camiseta' (Madrid, 1960).
'Autorretrato en camiseta' (Madrid, 1960). colección mur

Esa serie fue la excepción en un fotógrafo "cuya obra era su mundo diario”, como recordó su hijo. Su familia, con magníficos retratos a sus padres e hijos y el que, según el comisario de la exposición, Antonio Tabernero, es su “fotografía cumbre”, Hija de Jesús, realizada en Güexes (Asturias), en 1963. La de una niña con la cara en sombra, de lado y sobre fondo negro.

Precisamente. los niños fueron materia habitual en los trabajos de Cualladó, siempre desde la ternura y la humanidad, posando o distraídos, pero con el misterio que caracteriza su obra y que se ve en imágenes como Hombre con sombrero (1957), en la que el fotografiado mira de lejos al fotógrafo, separados ambos por la luna delantera de un coche, en una composición salida del mejor cine negro.

De esa forma tan especial de encuadrar, de cómo contravenía la ortodoxia, con los personajes a punto de salirse de los bordes, se habla en la película sobre su vida y obra que acompaña la exposición. En ella se ve en varias ocasiones a un hombre prematuramente calvo, corpulento y con unas grandes manos y dedos de los que parece que se va a caer en cualquier momento su Leica.

Las exposiciones que revisaron su obra no llegaron hasta mediados de los años ochenta, en Bilbao y Madrid, y la póstuma en 2003 en Valencia. Antes, obtuvo el reconocimiento del primer Premio Nacional de Fotografía, el que el Ministerio de Cultura concedió en 1994.

Su último trabajo, el que abre la exposición, fue Puntos de vista (1993-1994), una propuesta suya al Museo Thyssen, de Madrid, para fotografiar a los visitantes en las salas. Entre esas tomas llama la atención la de una mujer de espaldas contemplando a la de La habitación, de Edward Hopper, el pintor que, como Cualladó, transmitió la melancolía de personas sin rostro.

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