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La compositora Kaika Saariaho recibe el Premio Fronteras del Conocimiento BBVA

La artista finlandesa destaca por mezclar instrumentos acústicos y tecnología informática

La compositora Kaija Saariaho presenta su ópera 'Emilie' en 2010 en Lyon.
La compositora Kaija Saariaho presenta su ópera 'Emilie' en 2010 en Lyon. Getty Images

La compositora finlandesa afincada en Francia Kaija Saariaho ha sido reconocida con el Premio Fronteras del Conocimiento en la categoría de Música Contemporánea que otorga la Fundación BBVA por su "entrelazado perfecto entre los mundos de la música acústica y la tecnología". 

La concesión de este premio  brinda no pocas lecturas. Se trata, en primer lugar, de la segunda mujer consecutiva que accede a este prestigioso galardón, y todo desde la normalidad que ya está aquí para quedarse. El año pasado le correspondió a la rusa Sofia Gubaidulina. Pero hay más lecturas, ambas vienen de países y realidades marcadas por curiosas semejanzas: Rusia vivió su revolución constitutiva de su entrada en el siglo XX en el año 1917, el año pasado era su centenario, y algo similar sucedió al pequeño país nórdico, Finlandia, que alcanzó la independencia ese mismo año de 1917. No ha sido un siglo fácil para los dos países, pero parece quedar claro que ciertos avances han llegado allí con mayor intensidad que a otros ámbitos, y uno de ellos es justamente el papel de la mujer y el de la música.

En el caso de Kaija Saariaho, (1952) y, por tanto, de una generación posterior a la ya citada Gubaidulina (1931), su eclosión como figura de renombre mundial no puede separarse del milagro educativo operado en su país, con amplias repercusiones en la formación musical. De hecho, el éxito de la educación musical es tan grande que apenas puede absorberlo una población de alrededor de cinco millones, y Kaija, como su amigo y colega Essa Pekka Salonen, han tenido que desarrollar su carrera fuera, París, en el caso de Saariaho y todo el mundo en el del director. Es lo que podríamos llamar el exilio por exceso de éxito. No obstante su popularidad allí es enorme y sus discos se encuentran en las tiendas del aeropuerto de Helsinki junto a los inevitables ceniceros de Alvar Aalto.

Se cita frecuentemente la intensa relación de Kaija Saariaho con el IRCAM de París, donde vive desde 1982, e incluso la nota de prensa de la Fundación BBVA habla de que “borra las fronteras entre música acústica y electrónica”. Es una banalidad, ya que esa difuminación lleva operándose desde hace décadas y tiene numerosísimos apellidos. Pero es cierto que Saariaho ha desarrollado una poética que tiene la delicadeza del cristal de nieve. No pocos críticos la han situado en el ámbito del espectralismo francés en lo que sería su segunda generación, algo de ello hay, pero como puro sentido común de una creadora que ha explorado las borrosidades del sonido con los poderosos medios técnicos de la moderna informática musical.

Con Saariaho se afirma la presencia de la mujer como un hecho incontrovertible

Su buen amigo, el director catalán Martínez Izquierdo, señala la importancia del color en su música. Pero no cualquier color, diría yo, se mueve más bien en las gamas frías de los colores. Tampoco es ajena a su producción la importancia de trabajar con intérpretes específicos, generalmente buenos amigos, una práctica que debió implantarse en su ADN en su periplo por la formidable Academia Sibelius.

Salto internacional

Pero lo que ha dado un empujón formidable a su éxito mundial, ha sido su paso por la ópera. Tras la emblemática L’amour de loin de 2000, en la que fijó un equipo de colaboradores fiel, el escritor franco-libanés Amin Maalouf y el director teatral Peter Sellars, hasta su quinta ópera en preparación, su trayectoria es modélica: Adriana Mater (2006), Émilie (2010 y Only the Sound Remains (2015). De hecho, su aportación al repertorio lírico constituye una de las piezas angulares del actual repertorio en idioma francés. Curioso mestizaje operístico tratándose de una compositora finlandesa y un escritor de origen libanés.

Kaija Saariaho, en suma, marca un paso adelante en la actualización, lenta pero inevitable, de un Premio que se estaba estancando en la generación sénior de los creadores musicales. Con Saariaho se afirma la presencia de la mujer como un hecho incontrovertible, la generación que heredó los restos de la fiesta de la vanguardia y ha tenido que moldearla hasta convertirla en un plato artístico delicado y sabroso, y, quizá también, el predominio de los países del Este que siempre han tenido una tradición musical a prueba de catástrofes.

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