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Tan poderosas, tan supervivientes

Únicamente la emoción de las galardonadas puso nervio a tres horas de ceremonia

La actriz Nathalie Poza posa con el premio a la Mejor Actriz Protagonista por 'No sé decir adiós', durante la 32 Edición de los Premios Goya. EPV

Mientras Hollywood se desayunaba ayer con la escalofriante confesión de una diosa como la actriz Uma Thurman —violada cuando tenía 16 años por un actor veinte años mayor que ella, acosada sexual y profesionalmente por el infame Harvey Weinstein y maltratada durante el rodaje de Kill Bill por su querido director y amigo Quentin Tarantino— en España se celebraba la gala más importante de su industria y quizá la más fallida de los últimos tiempos.

El supuesto clamor feminista que parecía calentar las horas previas a los premios no caló y lo que prometía ser un acto reivindicativo y furioso solo lo fue tímidamente. Solo la emoción de las mujeres premiadas puso nervio a tres horas laxas en el fondo y en la forma. Una maravillosa Isabel Coixet agradeció a su bella madre que no la regañara de niña por preferir leer a hacer las tareas de la casa. Carla Simón recordó a sus padres muertos de sida. La ya eterna Julita Salmerón, reina en el documental Muchos hijos, un mono y un castillo piropeó a Javier Bardem. Y la temblorosa Nathalie Poza resultó vibrante en sus agradecimientos por el premio a su trabajo en No sé decir adiós.

La sombra de la dura ceremonia del No a la Guerra (recordada anoche con emoción por la entonces presidenta, la homenajeada Marisa Paredes, que aseguró que volvería a defenderla como aquel día) pesó en el recuerdo. Los 1.800 abanicos rojos que supuestamente se repartieron entre los invitados con el lema #MásMujeres lucieron tarde y mal. Solo Penélope Cruz, Coixet, Simón, Emily Mortimer, Paula Ortiz, algunos miembros de la directiva de la Academia, El Langui y, sí, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, los mostraron con ganas desde la alfombra roja.

Hace unos meses, la cineasta Josefina Molina, presidenta de Honor de CIMA y pionera en un oficio donde contadas mujeres han logrado abrirse paso, dedicó su ensayo de entrada a la Academia de Bellas Artes de San Fernando a la misoginia y el feminismo en el cine de Berlanga. En el acto, un domingo por la tarde y sin alfombra roja de por medio, apenas había caras conocidas de esa misma industria que ayer celebró su gran noche premiando a otra mujer cineasta. Una pena, porque lo que allí expuso la directora de Función de noche (obra visionaria de nuestro cine sobre la íntima tragedia de tantas mujeres criadas en la sociedad opresiva y reaccionaria del franquismo) debería ser lectura obligada en estas horas de marea feminista.

Berlanga, que había sido profesor de Molina en la Escuela Oficial de Cine y al que le gustaba dárselas de viejo verde provocando a su alumna con bravuconadas machistas, es, a juicio de la cineasta, el autor de la película más feminista de nuestra historia: Tamaño natural, en la que la actriz protagonista es una muñeca hinchable. Cruel relato sobre los miedos masculinos de un cineasta que sentía un “terror vaginal” por las mujeres, “tan poderosas en su debilidad, tan supervivientes”.

Unas de esas supervivientes, Isabel Coixet, con La librería, se llevó anoche todos los honores de una gala que no estuvo a su altura ni a la del momento. Ojalá hubiese triunfado su propuesta de una alfombra roja en pijama y zapatillas y en la que, como ella clamaba, el activismo feminista no fuese un mero complemento de quita y pon.

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