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De bruces con la realidad

El Servicio Universitario de Trabajo fue un organismo franquista que sirvió para fabricar rivales del régimen

Universitarios, en una construcción de viviendas en Bañolas (Girona), en 1961.
Universitarios, en una construcción de viviendas en Bañolas (Girona), en 1961.

El franquismo puede despacharse con un par de lugares comunes sobre la grisura burocrática de sus élites y la brutalidad con que las fuerzas represivas actuaron contra sus adversarios. Pero durante la dictadura existieron también iniciativas que se resisten a una definición simple. Por ejemplo, el Servicio Universitario de Trabajo (SUT). Lo puso en marcha José María de Llanos, un sacerdote que era además falangista convencido, y al que no le agradaba que el régimen estuviera perdiendo, ya a principios de los años cincuenta, sus auténticos principios. Era necesario un revulsivo que recuperara el anhelo de José Antonio de construir el hombre nuevo.

Así que decidió llevarse a unos cuantos universitarios a conocer el mundo obrero. Puso en marcha así una mezcla explosiva, la de combinar los recios valores falangistas con la vocación compasiva del cristianismo, para reforzar el proyecto de los ganadores de la Guerra Civil, esa España gloriosa en la que debían implicarse todos, al margen de su clase social. El primer viaje fue a las minas de oro de Rodalquilar (Almería) y se apuntaron tres estudiantes. Al año siguiente ya eran 30. Nicolás Sartorius, Manuela Carmena, Javier Pradera, Cristina Almeida, Ramón Tamames, Xavier Arzallus, Pasqual Maragall, José Luis Leal, Manuel Vázquez Montalbán, Alfonso Carlos Comín, Jaime Peñafiel y un larguísimo etcétera fueron algunos de los más de 13.000 estudiantes que participaron en el SUT.

El jueves pasado, en Madrid, un grupo de historiadores coincidió con algunos sutistas,así se llaman a sí mismos, para volver la vista atrás y reflexionar sobre aquellos años. A Santos Juliá le tocaba comentar una investigación sobre el organismo, de Javier Muñoz Soro, en el marco del Seminario de Historia de la Fundación Ortega-Marañón, que lleva años funcionando. Esta vez ocurrió algo inusual: en la discusión posterior sobre el texto participaron los historiadores y sus fuentes, algunos de los que estuvieron allí y lo vivieron. El encuentro se inició con la exhibición de algunos fragmentos de La Transición silenciada, el documental de Andrés Armas y Miguel Ángel Nieto realizado por Carlos G. Ayuso, que reconstruye a través de los testimonios de un importante puñado de sutistas lo que fue aquella iniciativa, encuadrada dentro del régimen y que se prolongó hasta 1969. Luego se entró en materia.

Cuando se descubre la vida dura

Muchos de los estudiantes que fueron a los campos de trabajo, y a las campañas de alfabetización del SUT, desconocían las durísimas condiciones en las que vivían aquellos españoles que hasta ese momento habían permanecido invisibles a sus ojos. Al darse de bruces con la realidad, muchos de aquellos sutistas se dieron cuenta de que no les quedaba otra alternativa que la de luchar contra la dictadura. Así que trabajaron para erosionar el franquismo. Luego les tocó implicarse en la Transición.

Y se produjo una extraña e iluminadora simbiosis: junto a las puntillosas críticas que los historiadores aplicaron al trabajo de su colega, guiados por su voluntad de rigor, se oyeron las voces de los que pasaron por minas, almadrabas o fábricas y de los que participaron en campañas de alfabetización; de cuantos fueron, en definitiva, los que salieron al encuentro de la otra España, la de los desheredados: obreros, mineros, campesinos y cuantos iban llegando a las grandes ciudades para escapar de la pobreza y donde construyeron (furtivamente, de noche) sus chabolas en la periferia.

Todo arrancó hace unos años del texto que Santos Juliá escribió para Camarada Javier Pradera, en el que se refería a la experiencia de este en el SUT. A Emilio Criado, químico, se le encendió una luz cuando lo leía. Había estado en un campo minero de Mieres y aquella experiencia le cambió la vida. Contactó con otros sutistas,como el economista Álvaro González de Aguilar. El SUT se creó en 1952, integrado en el Sindicato Español Universitario (SEU) y, como les ha ocurrido a tantos organismos de la dictadura, su documentación ha desaparecido. Así que la tarea inicial fue la de reunir cuanto sirviera para reconstruir aquella historia: fotos, testimonios, publicaciones, documentos. Se ha creado una página web, luego vino el documental, y ahora la investigación de Muñoz Soro, que forma de un proyecto donde se abordan otros aspectos del SUT y la dictadura.

¿Cómo se puso en marcha un proyecto con una impronta falangista tan fuerte y que bebía al mismo tiempo de la experiencia de los curas obreros? ¿Cómo lo toleró y subvencionó el régimen? Son muchas las preguntas abiertas y, sobre todo, una: ¿cómo no reparó el franquismo de que, con el SUT, estaba alimentando el antifranquismo?