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Gallimard suspende la publicación del panfleto antisemita de Céline tras la polémica

El editor invoca la "sensibilidad con la época" para desistir de lanzar en 2018 una nueva tirada de los textos contra los judíos

Louis-Ferdinand Céline, retratado en Meudon, con sus perros en 1955.

Los lectores que deseen leer en Francia una edición rigurosa y contextualizada de los panfletos antisemitas de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) deberán esperar. Tras semanas de críticas desde el ámbito académico y organizaciones judías e incluso avisos procedentes del Gobierno francés, la editorial Gallimard anunció este jueves que aparcaba la reedición de Bagatelles pour un massacre (Bagatelas para una masacre) y otros dos textos de Céline que, aunque no son ilegales, habían dejado de reeditarse tras la Segunda Guerra Mundial por orden del propio escritor francés y, tras su muerte, de su viuda.

“En nombre de mi libertad de editor y de mi sensibilidad con mi época, suspendo este proyecto, al juzgar que las condiciones metodológicas y memoriales no se dan para contemplarlo de manera serena”, dijo el editor, Antoine Gallimard, en un comunicado a la agencia France Presse.

La decisión de Gallimard de aplazar, sin fecha, la publicación de los panfletos de Céline cierra un capítulo en la discusión sobre el incómodo legado de uno de los grandes escritores de la literatura francesa del siglo XX y a la vez autor de los textos virulentos y filonazis en cuestión. Francia no ha resuelto qué hacer con este autor: un clásico y un apestado, autor de novelas centrales en el canon contemporáneo como Viaje al fin de la noche, y al mismo tiempo de incitaciones al odio y elogios a Hitler, y colaboracionista en la Francia ocupada.

Gallimard anunció en diciembre que publicaría en 2018 un volumen con Bagatelas para una masacre, de 1937, L’École des cadavres (La escuela de los cadáveres), de 1938, y Les beaux draps (Los bellos paños), de 1941. En seguida se abrió el debate. ¿Había que impedir el proyecto? ¿Tomarse más tiempo para preparar una edición que atenuase el riesgo de que la retórica de Céline envenenase las mentes contemporáneas en un país que en años recientes ha vivido repetidos atentados y ataques antisemitas? ¿Publicarlo con rigor, y en un sello prestigioso, como el documento histórico que es?

Algunos, como el abogado Serge Klarsfeld —presidente de la Asociación de hijos e hijas de deportados en Francia y desde hace décadas la figura más destacada en la lucha contra el antisemitismo en este país— amenazaron con recurrir a los tribunales para frenar la publicación.

Otros, como el ensayista Pierre-André Taguieff, aceptaban que quizá la hora había llegado para publicar los panfletos, pero cuestionaban que Gallimard fuese a hacerlo de manera correcta. Exigían una comisión de historiadores y expertos que, al estilo de lo que se hizo en Alemania con Mein Kampf (Mi lucha) de Adolf Hitler, se tomase unos años para preparar una edición suficientemente contextualizada.

La editorial Gallimard, al anunciar el proyecto, señaló que “la intención [era] enmarcar y situar en su contexto unos escritos de una gran violencia, marcados notablemente por el odio antisemita del autor”. La edición debía basarse en la que publicó Éditions Huit en Quebec (Canadá) en 2012, elaborada por el profesor Régis Tettamanzi, y bajo el título de Écrits polémiques (Escritos polémicos). El precio de eta edición en Francia por internet llega a los 300 euros.

En Canadá había podido publicarse porque los derechos de la obra ya eran públicos; no así en Francia, donde no lo serán hasta 2031. Gallimard —editor histórico de Céline— consideró, tras obtener el permiso de la viuda del autor, Lucette Destouches, de 105 años, que era el momento de publicar el libro, que ahora circula en Internet o en versiones piratas. La edición de Gallimard debía llevar un prólogo del escritor Pierre Assouline, autor de novelas y ensayos sobre el periodo de la ocupación y reconocido lector de Céline.

En las últimas semanas las críticas a Gallimard se multiplicaron. Se sumaron a las peticiones para que se frenase la publicación de Bagatelas para una masacre organizaciones como el Consejo representativo de las instituciones judías en Francia (Crif) o la Liga internacional contra el racismo y el antisemitismo (Licra).

La embajadora de Israel en Francia, Aliza Bin-Noun, escribió una carta a Antoine Gallimard solicitándole que renunciase al proyecto. “En un contexto de repunte del antisemitismo”, escribió Bin-Noun, “la publicación de los panfletos odiosos, que alimentan viejos tópicos antisemitas (…) e incitan al odio, incluso al crimen contra los judíos, es tan insoportable como intolerable, tanto si los textos están acompañados de un ‘aparato crítico’ como si no lo están. El antisemitismo no puede excusarse bajo el pretexto que se trata de la obra de un genio”.

Incluso el primer ministro, Édouard Philippe, reconocido célinano, aportó su opinión. "Hay excelentes razones para detestar al hombre, pero no se puede ignorar al escritor ni su lugar central en la literatura francesa", dijo en una entrevista con el dominical Journal du dimanche. "No me da miedo la publicación de los panfletos, pero deberá estar cuidadosamente acompañada".

A mediados de diciembre, Frédéric Potier, delegado interministerial para la lucha contra el racismo, el antisemitismo y el odio anti-LGTB, convocó a Gallimard y Assouline para transmitirles su inquietud. En una entrevista con EL PAÍS y otros medios, antes de la última decisión de Gallimard, Potier explicó: “Yo no he dicho a Gallimard que no lo hagan, ni háganlo así. Sólo les he dicho: atención. Crearéis emociones, suscitaréis interrogantes, algunas personas pueden tomarse el documento literalmente si no se explica, y verse ratificadas en sus prejuicios, tópicos, estereotipos. El gobierno no se erige en censor, ni en controlador de las editoriales. No es esto. Simplemente está en su papel de lanzar señales de alerta, indicando que estos textos no son literatura y hay que tomar precauciones". Y añadió: "Después que cada uno asuma sus responsabilidades".

La suspensión del proyecto no significa su anulación definitivamente, pero ya quedar descartada su publicación como mínimo en 2018, tal como estaba previsto inicialmente.

Editores españoles se debaten entre la crítica y la comprensión

La noticia de la renuncia de Gallimard a publicar el panfleto antisemita de Céline por la polémica generada en Francia despierta reacciones diversas entre los editores españoles. Pere Sureda, de la editorial Navona, lo tiene muy claro: “La censura es censura y no admite adjetivos. Incluso se ha publicado una edición critica de Mi lucha,de Hitler, que ha vendido más de 50.000 ejemplares. Los editores tienen que publicar lo textos encerrados en sus cubículos y en función de su interés. La censura es la censura y además, no sirve de nada: los grandes libros censurados han tenido mucho más eco del que merecían. Es más, la mejor manera de censurar hoy es publicar”, sostiene Pere Sureda.

No se muestra tan tajante Silvia Sesé, directora editorial de Anagrama, sorprendida de que la reflexión sobre publicar o no ese texto no se hiciera previamente. “Me choca que no lo pensaran antes y también que si lo habían reflexionado no mantengan su criterio. Son temas muy sensibles sobre los que hay que reflexionar mucho aunque a veces, en casas tan grandes como Gallimard, creo que las decisiones son más automáticas de lo que parecen”.

Malcolm Otero, editor de Malpaso, asegura que todo es publicable, pero distingue entre autor y obra. “Una cosa es que una obra sea execrable y otra que sea apología de algo execrable. Gallimard tiene todo el derecho a publicar y a no publicar lo que quiera. T. S. Elliot decía que editar no es solo publicar cosas, sino impedir que se publiquen cosas. Claro que Mi lucha ha sido importante en la historia. ¿Yo lo publicaría? No, no lo publicaría, pero tampoco lo critico si no se utiliza como apología”.

Desde Trama Editorial, Manuel Ortuño critica el paso atrás de Gallimard sin entrar en consideraciones ideológicas o intelectuales. Opina que los lectores tienen capacidad “para matizar y distinguir una obra de creación de lo que está bien o mal. Tratarlos de otro modo es tratarlos como menores”, dice. Considera deleznable el pensamiento de Céline, pero cree que tiene una obra influyente y sólida. “Un editor también tiene la responsabilidad de difundir polémicas y debates. Habrá líneas rojas en la edición, pero no soy yo el que debe definirlas ni sabría dónde ponerlas”.

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