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Obituario

Aharon Appelfeld, memoria literaria del Holocausto

El autor y superviviente de la Shoá muere en Israel con 85 años

Aharon Appelfeld, en una entrevista en Lyon (Francia) en 2010.
Aharon Appelfeld, en una entrevista en Lyon (Francia) en 2010. AFP

En sus 85 años de vida, apagada este jueves en un hospital de Petaj Tikva (Israel), el escritor Aharon Appelfeld consiguió escapar de un campo de concentración en su Rumanía natal, sobrevivir escondido en el bosque durante dos años, reencontrarse quince más tarde con su padre y firmar casi medio centenar de libros en una lengua, el hebreo, que no aprendió hasta la adolescencia.

Hay dos cosas, en cambio, que nunca logró. La primera fue librarse de una etiqueta que rechazaba, la de “escritor del Holocausto”. El exterminio nazi o la vida judía en Europa en torno a la Segunda Guerra Mundial están presentes en su obra, pero Appelfeld insistía en que era imposible abordar la Shoá desde la literatura. “Sobre el Holocausto puedes callarte o gritar, no escribir. Y yo, en esto, prefiero el silencio. Hay temperaturas demasiado altas como para tocarlas”, aseguraba en una entrevista televisiva. Applefeld no describía los horrores de su experiencia, al estilo de Primo Levi o Elie Wiesel, sino que los evocaba a través de silencios, emociones o personajes que rechazaban la identidad judía tradicional. “Toda mi escritura consiste en restaurar el recuerdo”, resumía en Todo lo que queda, un documental de 1999.

Lo segundo que no consiguió fue dedicar una sola línea al reencuentro con su padre en Israel. A finales de los cincuenta, leyó el nombre de su progenitor, al que había visto por última vez entre el gueto y el campo de concentración, en un listado de nuevos emigrantes al país y fue a buscarle. “Le encontré subido a una escalera. Me dirigí a él en alemán: ‘¿Herr Applefeld?’ Se bajó, me miró y no pudo decir palabra. Solo se le caían las lágrimas. Durante todo un día no me dijo que era mi padre ni yo que era su hijo. Hasta ahora no he podido producir algo sobre eso”, contó en una entrevista.

Ervin (hebraizará su nombre al emigrar a Palestina, como era habitual) había nacido en 1932 en la localidad de Czernovitz, entonces parte de Rumanía (en la actualidad, Ucrania), en una familia de judíos asimilados como las que retrataría en sus novelas. Cuando tenía ocho años su madre fue asesinada por los nazis: “Durante semanas me negué a asimilarlo. No dejaba a mi padre quitarme los zapatos. Le decía: ya lo hará mamá”.

Campo de concentración

Su progenitor y él fueron apresados poco después y trasladados en una marcha de dos meses hasta los campos de concentración que el régimen de Ion Antonescu, aliado de los nazis, acababa de establecer en Transdniéster, en la frontera con Ucrania.

En 1942 se escapó (“fue más instinto que inteligencia”) y se escondió en un bosque, ayudado por su pelo rubio y ojos azules, que no casaban con el estereotipo del judío. Sobrevivió entre criminales y una prostituta que le maltrataba. Cuando el Ejército soviético liberó la zona dos años más tarde, se unió como ayudante de cocina. “Se portaron bien conmigo. Tenía comida y la gente no quería matarme”, aseguró en una entrevista a este periódico en 2005.

Tras pasar por Yugoslavia e Italia, desembarcó “pequeño, delgado y sin lengua” en el Protectorado británico de Palestina en 1946, poco antes de la creación del Estado de Israel. Con trece años y solo uno de escolarización, estudió con tal celo que acabaría convertido en profesor universitario de literatura.

Le gustaba escribir a mano y en cafeterías. “He vivido en el bosque y necesito estar rodeado de gente”, justificaba. Luego lo pasaba a máquina. Cuando se le estropeó, contrató a una mecanógrafa. “La escritura, como todo arte, es sensual. Tienes que tocarlo, sentirlo”, explicaba. Trabajaba todos los días de la semana, salvo en sabbat, y prefería las frases breves por considerarlas una tradición hebrea que se remonta al Antiguo Testamento: “Tengo suerte de escribir en hebreo. Es una lengua muy precisa. En la Biblia, las frases son muy cortas, concisas y autónomas”.

Así surgieron poemarios y novelas, como Badenheim 1939 o Historia de una vida, traducidos a 35 lenguas. En 1983 obtuvo el máximo galardón cultural israelí y en 2004, el Médicis francés. Un año antes fue finalista del Man Booker. Su amigo Philip Roth, quien alababa su “profundo entendimiento de la pérdida, el dolor, la crueldad y la pena”, le incluyó como personaje en el libro Operación Shylock.

Le incomodaba hablar públicamente sobre el conflicto de Oriente Próximo (“hay muchos escritores que son políticos, pero yo no”, reconocía). Cuando lo hacía, mostraba ideas cada vez más próximas a la derecha nacionalista israelí. En una de las últimas ofensivas israelíes en Gaza, dijo: “Si queremos resolver el problema, tenemos que ser muy crueles y eso no es moralmente fácil”.

Con su gorra negra de marinero, su habla pausada y su hebreo florido con marcado acento rumano, Appelfeld parecía un personaje de otro tiempo y lugar. Su compatriota y también destacado literato A. B. Yehoshua llegó a declarar el pasado jueves que Appelfeld no debería ser considerado un escritor israelí porque “no escribía sobre Israel”. Será enterrado este domingo en Jerusalén.

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