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El primer vampiro del celuloide mexicano cumple 60 años

La película dirigida por Fernando Méndez se mantiene como una obra de culto del género de horror

Fotograma de la película 'El vampiro' de 1967.

Juan Ramón Obón tenía 12 o 13 años, no lo recuerda con exactitud, cuando retornaba de Cuernavaca a Ciudad de México con su padre, Ramón Obón. Era el año 1957. La noche empezaba a caer, la brasa del cigarrillo de su progenitor iluminaba el carro familiar en el cual eran transportados. Ambos platicaban y fue en ese momento que Ramón le contó a su hijo la historia de un ser de la noche que aterrorizaba la Sierra Negra mexicana. Ese es el primer recuerdo que tiene sobre El vampiro, una película que revoluciona el género de horror y que se mantiene aún, 60 años después, como una obra de culto.

Obón, seis décadas después de ese momento con su padre, se encuentra en su despacho. Es abogado especialista en derecho de autor y también escritor, como su padre. Considera que el guion de su procreador no es una adaptación de Drácula, la obra de Bram Stoker –que conmemoró 120 años de su publicación este año-. Al contrario, toma la mitología del vampiro -no se refleja en los espejos, tiene repulsión hacia la cruz y el ajo lo espanta- y la sitúa en México dentro del contexto de una hacienda, con lugares propios del paisaje campestre y las tradiciones del país. “Creo que trajo una nueva forma de cine de terror a nuestro país. Se habían hecho cosas anteriores, pero era la primera vez que ataca el vampirismo en nuestras tierras”, afirma Obón.

La historia de El vampiro, dirigida por Fernando Méndez y protagonizada por el actor español Germán Robles, nos sitúa en la Sierra Negra, donde un carruaje lleva una extraña carga proveniente desde Hungría. Ahí mismo viajan un agente viajero y Marta. Al llegar a su destino, la joven se entera de una gran desdicha familiar, mientras el terrorífico conde Lavud se prepara para llevar a cabo un plan siniestro. “Fernando Méndez se tomaba las cosas en serio. Realmente quería hacer una película de horror, no una reelaboración o una parodia como suele suceder en el género de cine de luchadores, en el que todo es un pretexto para que haya una lucha”, explica José Antonio Valdés, investigador fílmico de la Cineteca Nacional.

Según Valdés, hay diversos elementos que hicieron que El vampiro trascienda el tiempo y espacio. Considera fundamental la labor de Méndez, por su habilidad al manejar los géneros. El director oriundo de Zamora de Hidalgo, Michoacán, ya tenía visos del cine de horror en su filmografía.

No fue hasta 1950 que logró armar un equipo creativo competitivo alrededor de este tipo de filmes. Junto a Obón en la escritura del guion; Rosalío Solano en la fotografía y la escenografía de Gunther Gerszo, el realizador logró absorber atmosferas que vio en el cine fantástico de Hollywood. “Retoma [Méndez] la estética de las películas de la Universal en los años treinta, que estuvieron fotografiadas por gente que venía del expresionismo alemán. El entorno siniestro, más esta reelaboración de la mitología europea en el ambiente del rancho mexicano, es una de las grandes aportaciones”, agrega el investigador de la Cineteca.

Más allá de la frontera mexicana

En el año 1957 se vive una crisis de calidad cinematográfica, explica Valdés. En el país vecino del Norte, se vive la era dorada de la ciencia ficción en Hollywood. Las fórmulas de explotación del cine llegan a México, que ve cómo su época de oro se encuentra en decadencia, a excepción de algunos casos, como el de Roberto Gavaldón, uno de los principales referentes de este período. Es en ese escenario que El vampiro conquista a la audiencia, a pesar de ser considerada como un filme de serie B por su exhibición en cines populares, de barrio y por el uso de blanco y negro cuando ya había producción a color. “El 57 es un año trágico por la muerte de Pedro Infante. Hay muchos problemas que resolver para la industria. En cambio, a El vampiro se la puede ver como una película respetadísima en Francia, escriben tesis y libros sobre ella”, añade Valdés.

La aclamación que recibió el largometraje llamó la atención en EE UU, por lo que el distribuidor K. Gordon Murray se hizo con los derechos de El vampiro y su secuela, El ataúd del vampiro. Después de pasar ambas por un proceso de doblaje, fueron estrenadas comercialmente en el cine y la televisión, cuenta el investigador David Wilt, en su obra Cine de vampiros mexicanos: una breve historia.

Una de las curiosidades de El vampiro, es que se trata de una de las primeras películas del género que muestran a este ser de la noche con dientes caninos alargados, a diferencia de los incisivos prolongados del Conde Orlok en Nosferatu, del director alemán Friedrich Wilhelm Murnau; o la versión de Drácula de Tod Browning, con el protagónico de Bela Lugosi, que no enseña los dientes para nada. De este modo, las similitudes entre el largometraje de Méndez y la producción de los estudios Hammer, en Inglaterra, se asemejan más al denominado Príncipe de la noche, interpretado por el mítico Christopher Lee.

Abel Salazar, productor y coprotagonista del filme, consideró de inicio al actor Carlos López Moctezuma, conocido como el villano más querido y odiado de México, para el papel del Conde Lavud en El vampiro. Finalmente el papel cayó en las manos de Germán Robles, un actor de teatro que hacía su debut en la pantalla grande. “Lo que une a Christopher Lee y Germán Robles es su formación teatral. No son galanes haciendo de vampiro, ni son tipos siniestros como Bela Lugosi. Son actores de carácter que le dan una gran personalidad a un personaje mitológico”, finaliza Valdés.