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Esto es cosa seria, sir Van Morrison

A sus 72 años, el mítico trovador norirlandés visita Madrid en uno de los momentos más intensos de su carrera

Van Morrison, anoche durante su concierto en Madrid.
Van Morrison, anoche durante su concierto en Madrid.

Con Van Morrison concurren pocas certezas y un anhelo fundamental: que comparezca el duende. El margen a la impredecibilidad existe hasta para sus músicos, sometidos en ocasiones a la tiranía de que el jefe elija el repertorio sobre la marcha, según sus impulsos o vibraciones. No hay hoja de ruta precisa, no hay fanfarrias ni alharacas, no hay trucos de luminotecnia o parlamentos por la paz en el mundo. Parafraseando el título de uno de sus álbumes memorables, no contábamos anoche con gurú, método ni profesor. Solo nosotros y el hombre del ya inevitable sombrero, en calidad de voz superlativa. Depositario de las esencias. Rugidor eterno.

Le hemos visto muchas veces, más joven y en estado de forma rutilante. Anoche, avejentado y huraño, se concentró en avalar una maestría absoluta. A sus 72 años podría dedicarse a la vida hogareña y los paseos por Cyprus Avenue, pero ha preferido publicar dos discos nuevos en los últimos tres meses. En el fondo somos unos afortunados: podremos contar a quien quiera escucharnos que coincidimos en el planeta con Tío Van. Y en días como este, bendito sea, hubo ratos en el que al norirlandés le dio por hurgarnos en los lacrimales.

En realidad, una noche no puede ir mal si cuenta como introductor con el fabuloso Georgie Fame, viejo aliado de Morrison, maestro del órgano Hammond, preservador del más exquisito legado del rhythm ‘n’ blues; dueño aún, a sus 74 primaveras, de una voz que parece quebradiza pero alcanza un rango espectacular. El británico ofreció tres cuartos de hora de sabiduría pletórica, desde Floyd Dixon a Ray Charles, Booker T. Jones, Jimi Hendrix o Mose Allison. Nada con menos de medio siglo de antigüedad ni un ápice de grasa. Todo proteína, todo chicha, un sonido de fábula. Y a las 20.32, con esa puntualidad austera que le caracteriza, erigido en un icono de sí mismo (el traje oscuro, las gafas inescrutables), el hombre por el que 5.500 almas suspiraban en el WiZink Center. Una de las cinco o seis leyendas indiscutibles que nos quedan en los territorios cada vez más disolutos de la música popular. El bueno de George Ivan; a estas alturas, ya el venerable sir Van.

Morrison no sonreirá, saludará ni se excederá en la visita, pero tampoco desperdicia un solo minuto. Arranca en modo jazzístico y alterna clásicos ajenos (Symphony Sid, How Far From God) con una lectura fascinante de su Moondance, pieza en la que cada noche modifica el fraseo con esa maleabilidad pasmosa de los cerebros privilegiados. Y para la primera andanada de blues, encadena sin respiro Baby Please Don’t Go, Don’t Stop Crying Now y Got My Mojo Working, marcando los acentos rítmicos con el puño, haciendo que gruña la armónica, divirtiéndose con las onomatopeyas. Un espectáculo. Ni una mueca. Esto, señores, es cosa seria.

La leyenda del gruñón

La sola mención de su nombre evoca a un personaje hosco, geñudo y malhumorado, pero puede que haya también algo de leyenda en el carácter desabrido de Van Morrison, un hombre al que no pocas veces se le atribuyó el apodo de Tío Vinagre. El septuagenario que hoy tenemos enfrente sigue siendo más o menos refractario a los medios de comunicación, pero de vez en cuando concede entrevistas medianamente afables, en las que atribuye su presunto mal genio al retrato arquetípico de "periodistas perezosos". Quienes le siguen de cerca certifican que no es hombre de trato fácil. Pero viéndole troncharse de la risa junto a su viejo amigo Chris Farlowe, mientras interpretaban Gloria en un reciente programa de Jools Holland (BBC), es razonable sospechar que quizá el león no sea tan fiero.

Por lo que pudiéramos perdernos, se hacía doloroso hasta pestañear. Pero quizá fuera mejor cerrar los ojos, entregarse por entero al placer, a la lujuria auditiva. Difícil no evocar a Dylan en julio de 2015, también en este pabellón: misma iluminación (entre íntima y tenebrosa), parecida parquedad, los límites en la estratosfera. Dos sombreros esenciales. Fame asoma por el órgano para un Goin’ To Chicago crepitante, pero las emociones se desbocan cuando Morrison le hinca por fin el diente al repertorio propio, ese que le garantiza plaza en el Olimpo. Y asume personalmente los teclados en un Vanlose Stairway aún más ardoroso que en la Ópera de Belfast, allá por 1983.

No recordábamos un silencio tan reverencial, ni siquiera por asomo. Había gente que había desembolsado 200 euros: una cantidad mareante, pero, al menos anoche, bien invertida. Porque sucedían cosas tan portentosas como ese Days Like This reiventado hasta en la armonía, con el regusto otoñal del septuagenario que contempla la felicidad con los ojos del escepticismo. O un In The Afternoon crepuscular, bellísimo, con una retahíla final de citas a otros títulos propios. Pocos más legitimados que él para sacar pecho, para regalarnos en el último suspiro Brown-Eyed Girl o In The Garden. Quizá Dios exista y sea viejo, bajito y con sombrero. Y solo permita que le contemplemos durante 89 efímeros minutos. Tiempo suficiente para recuperar la fe.

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