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Tragedia con ojos sangrantes

En su nueva película Lanthimos se atreve a fundir algunas de las bases del surrealismo, con Luis Buñuel en mente, con el más legendario modo de narración de la tragedia

el sacrificio de un cuervo sagrado
Colin Farrell y Barry Keoghan, en la película de Lanthimos.

EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO

Dirección: Giorgos Lanthimos.

Intérpretes: Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Bill Camp.

Género: tragedia. Reino Unido, 2017.

Duración: 121 minutos.

“Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”. Bien lo sabe la tragedia griega, que se alimentó de esta sentencia, habitualmente atribuida a Eurípides, para componer decenas de castigos divinos sobre los mortales que caían en la desmesura. Como el de Agamenón, mortificado por la deidad Ártemis con el sacrificio de su hija Ifigenia por haber matado a un ciervo en un bosque sagrado y alardear de ello. O como el camino de expiación que ha armado el director griego Giorgos Lanthimos en El sacrificio de un ciervo sagrado, una perturbadora tragedia contemporánea, inspirada en la perversidad de los poetas de la Antigüedad, y dotada de su habitual toque surreal.

La vehemencia de las notas musicales de viento de los primeros segundos del relato apunta hacia una obra insolente, radical, valiente y, desde luego, compleja. Como un mortal que se rebela ante los dioses con su orgullo y su vanidad, pero también con su talento, Lanthimos despliega su hipnótico y aterrador volcán de sensaciones con una puesta en escena en la que domina el gran angular, nunca caprichoso, siempre ajustado a una composición del plano cuidada hasta el último detalle, incluso en el color. Desde que sorprendiera al mundo con Canino (2009), el griego ha utilizado el surrealismo para ir marcando el estado de la sociedad y de su núcleo, la familia, con un bisturí de degradación y podredumbre, radiografiando el deseo desde una óptica deformada —de ahí el perfecto encaje de esos ojos de pez visuales, oníricos, vitriólicos—. Y en su nueva película se atreve a fundir algunas de las bases del surrealismo, con Luis Buñuel siempre en mente, con el más legendario modo de narración de su tierra: la tragedia.

El sacrificio de un ciervo sagrado no es solo un estudio sobre el sexo y sus actitudes, aunque, como es habitual en su autor, estas adquieran unas líneas oblicuas de enfermizo descontrol. Tampoco es solo una obra sobre la venganza, aunque su estructura general, y su base, un error médico con resultado de muerte, invite a calificarla de este modo. La película de Lanthimos es, sobre todo, una alegoría sobre el desapego y la mentira familiar y sus consecuencias, marcada, además de por la puesta en escena, por un tipo de interpretación distanciada que hace que cada frase se pronuncie sin el menor énfasis pero con el mayor de los corajes.

Como Buñuel, que también utilizaba los animales y la comida como particular bestiario con el que epatar y descontrolar el ojo, el ánimo y las tripas del espectador, Lanthimos nos lleva hasta un cruel estado de desolación interna, acuciado además por la insoportable sensación de desamparo que provoca su dilema moral. Y son los ojos ensangrentados de un niño al que ha castigado un perverso dios adolescente los que guían una película esquinada y desoladoramente bella.

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