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OPINIÓN

Contadores de Historias

Discurso íntegro del presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián, en la Universidad de Extremadura

En el principio fue la palabra. El libro de los orígenes, el primer libro de Moisés, nos lo cuenta así: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. Y lo hizo con la palabra”. El detonador del big bang, lo que pone en marcha la evolución del universo, es el logos. Bertrand Russel en su libro sobre El Conocimiento Humano cree que es un abuso inducido por los positivistas traducir el término logos, tal y como aparece en el umbral del evangelio de San Juan, por palabra a secas. Pes el logos no es solo la expresión sino el razonamiento, “el fundamento y la razón de lo expresado”, en feliz definición de Emilio Lledó. Ya explicó Aristóteles que lo que diferencia al hombre del resto de los animales es el lenguaje, y el lenguaje articulado. Desde la palabra y gracias a ella hemos ido construyendo el edificio de nuestra civilización.

Primero fue la expresión verbal: comenzamos a sustituir gruñidos por definiciones, lamentos o quejidos por locuciones como “estoy muy triste” o “me duele aquí”, antes de proceder a definir el mundo y sus contornos. Una vez que aprendió el hombre a reproducir la realidad, se dio cuenta de que podía transformarla y de que el instrumento más poderoso que para ello poseía era el mismo que utilizara el Creador: el verbo. Contar las cosas era casi lo mismo que poseerlas, podía uno apoderarse de ellas y participarlas a los demás. El conocimiento se hizo social y el pensamiento se erigió como un diálogo con uno mismo. “Converso con el hombre que siempre va conmigo”, decía Antonio Machado, para añadir más tarde que quien habla a solas espera hablarle a Dios un día, es decir, penetrar su nombre inefable. La palabra es el denominador común para nuestra especie; frente a la elocuencia de los hombres, Dios es silencio.

Dueños por fin de la palabra, los humanos comenzaron a desplegarla, primero oralmente, luego, gracias a la invención del alfabeto, por escrito. Literatura viene de letra, pero hay una literatura oral, precia a la literatura propiamente dicha y desconocedora de los grafismos que la integran, que durante siglos desbordó las fronteras del conocimiento. A veces, como en Altamira, se ayudaba de representaciones plásticas, otras de fonemas y sonidos, de percusiones, de danzas, de toda clase de rituales corporales. Con las palabras los humanos pudieron darle nombre a las cosas y describir su genealogía. El primer libro de Moisés es el libro de las generaciones: la narración de la fundación del universo y de la historia nacional del pueblo elegido. La Historia misma, la Historia con mayúscula, es lenguaje. Sin él, insiste Russell, “nuestro conocimiento del ambiente queda limitado a lo que nuestros propios sentidos nos muestran, pero con ayuda del que habla estamos en condiciones de saber lo que otros pueden relatar”. El conocimiento es una mezcla entre la conciencia individual y la experiencia ajena. Los hombres comenzaron a contar historias para construir su propia identidad y, de paso, establecer las normas sociales de convivencia.

Investigadores de las Universidades americanas creyeron al comienzo del siglo que la invasión de la vida política y del poder económico por parte de los llamados “storytellers”, narradores, o contadores de historias, constituía una novedad peligrosa para las relaciones humanas y la transmisión del conocimiento. Lynn Smith, columnista de los Angeles Times, denunció que “el storytelling” rivaliza “con el pensamiento lógico para comprender la jurisprudencia, la geografía, la enfermedad o la guerra… Las historias -añade- se han vuelto tan convincentes que algunos críticos temen que se conviertan en sustitutos peligrosos de los hechos y los argumentos racionales… Historias seductoras pueden convertirse en mentiras o propaganda. Las gente se miente a sí misma con propias historias”. No es difícil vislumbrar en semejante aserto el litigio que ahora agita las relaciones sociales y políticas entre Ilustración e Identidad. Para desgracia de la primera, de la que me declaro seguro servidos, el pensamiento lógico no es ajeno ni distante del dialógico. Aunque las sensaciones y las interpretaciones deformen los hechos, lejos de explicarlos, y creamos que el conocimiento solo puede ser empírico, es aventurado pretender una explicación del mundo sin partir de sus orígenes, de los que no tenemos evidencia empírica alguna, ni poseemos datos verificables. La historia nacional del pueblo hebreo enlaza con la narración sobre la creación del mundo, porque la única manera que tienen las gentes de comprender y asumir su destino es tratar de iluminar su pasado. La memoria es la clave de nuestra identidad: memoria individual o colectiva, aunque apenas existen recuerdos personales que no sean también sociales, que no procedan de una inferencia, una inducción, una comparación. Vivir es recordar y proyectarse en el futuro. Memoria y deseo son los dos grandes motores de nuestra existencia.

Desde tiempos inmemoriales los contadores de historias han ido configurándolas no solo como un elemento de ocio o distracción, de diversión en el sentido estrictamente etimológico de la palabra, el de elegir un desvío, una vertiente o dirección distinta a la adecuada. El relato de lo que sucede acaba por ser tan importante o más que la realidad de los hechos. En esas cuentes nace lo que hemos dado en llamar la posverdad, que no es tanto una mentira como una verdad emocional, no basada en los hechos sino en los sentimientos, en la memoria y el deseo de quien la expresa y quienes la reciben. No solo en la Biblia: en los remotos poblados de las tribus indígenas de América o África, en la mitología griega y romana, en las iluminaciones platónicas, en las leyendas medievales, en los libros de caballerías, el recuerdo de lo real se funde con la proyección de lo imaginario, con el mundo de las ideas, es decir, con el mundo ideal. Cuando especulamos sobre la realidad virtual que circula en internet o acerca del comportamiento de los internautas a los que consideramos modernos prisioneros de la caverna platónica, olvidamos que esa realidad llamada virtual es en muchos casos tan verdadera y actuante como la realidad que insistimos en apellidar nuevamente de real. Aceptemos pujes que hay dos tipos de realidades, la experimentada y la inventada. La primera hace referencia a los hechos, a la memoria pasada o presente. La segunda se encarna en los sueños, que pueden ser también pesadillas, en el mito y en el deseo.

Realidad virtual y realidad real, lo que ordinariamente llamaríamos ficción y realidad, tienen una cosa en común: ambas se construyen de palabras. Sin la palabra ninguna de las dos existiría. Este encuentro en el común territorio del lenguaje hace que la antigua distinción entre ambas desdibuje de ordinario sus fronteras. Frases vulgares, como la realidad ha superado a la ficción, o ese consejo tan popular entre los periodistas, no dejes que la realidad te estropee un buen reportaje, ponen de relieve que los límites entre la experiencia contrastada y el mundo eidético, que se derrama en la imaginación, son siempre confusos.

Contar historias ha sido por lo mismo un empeño civilizador, quizás el más proteico y fructífero de cuantos han existido, y constituyó una herramienta esencial en la construcción de las culturas. Desde un principio éstas se vertebraron en torno a mitos y leyendas de contenido más o menos mágico o religioso, y casi todas ponían de relieve la impertinencia final de los humanos a la hora de probar la fruta del conocimiento. La cultura es un hecho social, producto de la memoria colectiva. Se construye con el tiempo, por acumulación de progreso, y se transmite de generación en generación. A ello contribuyen aparentemente de igual modo escritores y periodistas, aunque las fronteras se confundan y desvanezcan en ese nuevo mundo de la posverdad.

Para Álvaro Pombo la novela es una pretensión de aclarar narrativamente el mundo, nada distinto de lo que los cronistas de los periódicos, o los productores de documentales de televisión acostumbran a hacer. En su libro El viaje a la ficción, Mario Vargas Llosa ha descrito como nadie este proceso: … “la idea del despuntar de la civilización se identifica más bien con la ceremonia que tiene lugar en la caverna o el claro del bosque en donde vemos, acuclillados o sentados en ronda, en torno a una fogata que espanta a los insectos y a los malos espíritus, a los hombres y mujeres de la tribu, atentos, absortos, suspensos, en ese estado que no es exagerado llamar trance religioso, soñando despiertos, al conjuro de las palabras que escuchan y salen de la boca de un hombre o una mujer a quien sería justo, aunque insuficiente, llamar brujo, chamán, curandero, pues aunque también sea algo de eso, es nada más y nada menos que alguien que también sueña y comunica sus sueños al unísono con él o con ella: un contador de historias”. Desde su creación en seis días, el mundo se ha construido gracias al relato mismo de su creación. Los contadores de historias, transmisores de ensueños, son capaces de inducir en nosotros, junto a nuestra verdadera vida, una especie de vida paralela, dice Mario, hecha “de palabras e imágenes tan mentirosas como persuasivas, donde ir a refugiarnos para escapar de los desastres y limitaciones que a nuestra libertad y a nuestros suelos opone la vida tal como es”. Esa vida paralela que él describe forma parte también de la vida real, es un elemento no estrambótico, sino vertebral, de nuestra propia existencia.

El contador de historias acaba convertido prácticamente en un líder espiritual de su tribu, por lo que tiende a separase de ésta, a marginar su propia experiencia de la del resto, para así adquirir la influencia social a la que aspira. Lo que para los místicos era y es recluirse en la meditación, para los creadores de ficción consiste en instalarse y trabajar en la soledad. Soledad y diferencia son rasgos característicos del artista: marcan una pulsión por salirse del rebaño y convertirse en pastor. Algo que se explicita en la propia soledad del poder. El contador de historias, por puro que se considere a sí mismo, es también un manipulador de conciencias, ejerce una influencia formidable y no siempre benéfica en quienes le escuchan. La política y la economía mundial han experimentado recientemente una invasión de narradores improvisados cuya afición a la mentira puede resultar tan descarada como devastadora. Los agentes del mercado, los consultores y banqueros de inversiones, los gestores de empresas, se han convertido hoy, igual que los generales y los políticos, en contadores de historias, en fabricantes de leyendas. Cualquier salida a bolsa, colocación de capital, renegociación de deuda o descripción de estrategia empresarial necesita en nuestros días ser narrada como una historia creíble y atrayente para los inversores o los banqueros. En este caso su soporte material o artístico suele ser todavía más pobre que el de los estados mayores de los ejércitos, pues se reduce a un conjunto de diapositivas de power point que a base de intentar dar credibilidad al cuento las más de las veces no hacen sino desprestigiarlo.

Narrar, elaborar un discurso espacio-temporal sobre la realidad, es la mejor manera de construirla, y la superioridad de la literatura a la hora de ejercer semejante empeño resulta evidente. Superioridad que no evidencia ninguna marginalidad ni condición ancilar del periodismo, puesto que éste, desde que nació, pertenece por su propia naturaleza al universo de la primera.

Esta hermandad es fácilmente identificable en el transcurso del siglo XIX. Nombres como los de Dickens, Balzac, Zola, Larra, Galdós y tantos otros ejemplos epónimos de la borrosidad de fronteras entre ambas profesiones: la del escritor de novelas y la del escritor de periódicos. La novela social no tenía inicialmente más motivación ni otro destino que el de entretener al público. Pero a través de sus descripciones y denuncias de la sociedad de la época constituyeron auténticos manifiestos políticos contra el cinismo déspota de las clases gobernantes. Los artículos de costumbres de Larra son relatos cortos con denuncias desabridas contra el orden social de la época. Difícilmente podrían Dickens, Balzac o Larra ser descritos como pensadores, y sin embargo sería imposible comprender la evolución política de sus países y la interacción de los poderes con las diferentes opiniones públicas sin tener en cuenta el efecto que sus escritos causaban en las mismas. Son muchísimos los autores de ficción que han reivindicado su condición de periodistas a lo largo de la Historia. Alejo Carpentier describía al periodista como un escritor que trabaja en caliente, y Octavio Paz llegó a decir que la buena poesía está impregnada de periodismo. “Me gustaría –añadió– dejar unos pocos poemas con la ligereza, el magnetismo y el poder de convicción de un artículo de periódico y un puñado de artículos con la espontaneidad, la concisión y la transparencia de un poema”. Esta cita me trae a la memoria ciertas estrofas de Luis García Montero en las que es capaz de sublimar algo tan prosaico como los anuncios por palabras. “Poeta, sin pretensiones/ y con una edad cualquiera,/ pero joven,/ ya con pocas ilusiones/ –pues teme que cuanto espera/ se lo roben–,/ quisiera volverte a ver,/ pasar contigo unos días/ y sus noches,/ empezarte a conocer/ otra vez sin cacerías/ ni reproches”. Quizá si los anuncios de contactos utilizaran mejor sintaxis en sus apelaciones al cariño comprado no recibirían el acoso social que padecen.

Ha sido siempre tan lineal y espontánea la conexión entre la narrativa llamada literaria o de ficción y la periodística expresada en las crónicas, reportajes o entrevistas de los diarios que llama la atención el estruendo causado a principios de los años sesenta por las tendencias del nuevo periodismo que encabezaron Norman Mailer y Truman Capote. Puede entenderse que la inveterada costumbre de contar historias, fueran estas la de La Guerra de las Galias, por la mano de César o los Diez Días que estremecieron al Mundo, por la de John Reed, había caído en cierto desuso en los diarios americanos de aquel tiempo, obsesionados con el pisotón informativo. Es curioso que esto sucediera, en cualquier caso, cuando ya la radio y la televisión habían demostrado su superioridad respecto a los periódicos a la hora de llegar antes. Hacía mucho tiempo que ser los primeros no era la obligación de los reporteros de la prensa escrita, pero sí lo era en cambio, y sigue siendo, ser los mejores: los más claros, los más capaces de explicar las cosas en su contexto, de desarrollar antecedentes y consecuencias, los más agudos en sus investigaciones y los más afinados y expertos contadores de historias. En su libro sobre El Nuevo Periodismo, Tom Wolfe describe lo sucedido: … “Al comenzar los años sesenta un nuevo y curioso concepto, lo bastante vivo como para henchir los egos, había comenzado a invadir los estrechos límites de la esfera profesional del reportaje. Este descubrimiento, modesto y humilde al principio, respetuoso, consistiría en hacer un nuevo periodismo cuyas obras se leyeran igual que una novela”. Igual que una novela significaba que aquellos reporteros y entrevistadores no pretendían medirse con los monstruos literarios de la época, sino solamente aprender de ellos. No obstante, la conclusión a la que llega Wolfe es del todo esclarecedora: “Ni por un momento adivinaron que la tarea que llevarían a cabo como periodistas en los próximos diez años iba a destronar la novela como máximo exponente literario”. El caso es que no habían comprendido que La Odisea no era sino un formidable reportaje sobre el retorno de Ulises, igual que El Relato de un Náufrago de García Márquez, escrito y publicado como una investigación periodística, constituye un monumento indiscutible de la narrativa de ficción. Los inventores del nuevo periodismo no hicieron sino recuperar la mejor de las tradiciones del viejo, del periodismo de siempre: la de contar historias. Haciéndolo fueron capaces de crear también un nuevo estilo literario. Al pretender que sus lectores leyeran los reportajes como si fueran novelas consiguieron que muchas obras de ficción se construyeran como si fueran reportajes. Las corrientes del nuevo periodismo coincidieron con las propuestas del arte pop y el nuevo realismo en la plástica que huía del cubismo y la abstracción. Las pinturas comenzaban a mirarse como si fueran fotografías y las fotografías como si fueran cuadros, cosa que ya había descubierto Man Ray, entre otros, muchas décadas antes. La convergencia funcionaba así antes de que se desbocara con la llegada de Internet, de modo que el rap callejero, que había reemplazado a los romances de ciego de la Edad Media, empezó a reclamar su lugar en la Historia de la música.

Cuando publiqué La Agonía del Dragón, primero de mis libros dedicados a ilustrar la Transición política española, tuve cuidado de anunciar en la portada del mismo un aviso tan simple como que se trataba de una novela. Lo hice advertido de que podría pasar lo que verdaderamente ocurrió y es que algún crítico avispado se encargó de resaltar que se trataba de “una novela de periodista”. Lo hizo, claro, no para compararla con las obras de Hemingway, García Márquez, Mark Twain, Chesterton, o tantos otros reporteros que se dedicaron a la creación literaria, sino para desvalorizar las características del libro. Pero solo hay dos clases de novelas, como solo hay dos clases de críticas, las buenas y las malas, y para nada tiene que ver con esa clasificación el pedigrí de quienes las firman. También me interrogaron sobre qué necesidad tenía yo de hacer literatura para explicar la realidad y tuve ocasión de exponer lo que genuinamente creo: que el reportaje o la crónica pueden y deben servir para narrar los hechos, pero la descripción de los sentimientos tiene su residencia privilegiada en la ficción. “La libertad del arte –escribe Carlos Fuentes– consiste en enseñarnos lo que no sabemos. El escritor y el artista no saben: imaginan. Su aventura consiste en decir lo que ignoran… Quien solo acumula datos veristas, jamás podrá mostrarnos, como Cervantes y como Kafka, la realidad no visible y sin embargo tan real como el árbol, la máquina o el cuerpo”.

Realidad y ficción acaban de esta forma fusionadas en un universo de imposta felicidad, porque no es perfecto. Nada lo es. Y es que en su entraña alberga el nacimiento de una deforme criatura fruto de ese matrimonio que es más de amor que de conveniencia: la posverdad. Pero no voy a aburrirles más contándoles esa otra historia, que prefiero aplazar ahora para cualquier fuego de campamento.

Muchas gracias.

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