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‘¡Ay, Carmela!’, 30 años dando voz a los muertos que no quieren ser olvidados

El clásico de Sanchís Sinisterra regresa con un nuevo montaje, dirigido por Fernando Soto

Santiago Molero y Cristina Medina, en un ensayo en los Teatros del Canal de '¡Ay, Carmela¡', que dirige Fernando Soto.
Santiago Molero y Cristina Medina, en un ensayo en los Teatros del Canal de '¡Ay, Carmela¡', que dirige Fernando Soto.

¿Qué pueblo o país no tiene muertos que se niegan a ser olvidados? ¿Dónde no hay muertos mal enterrados? Treinta años después del estreno de ¡Ay, Carmela!, la obra vuelve a la carga para dar voz a todos aquellos que quieren ser recordados, para reivindicar la memoria de los pueblos. Más allá de la historia de dos cómicos pobres y cansados que en plena Guerra Civil se ven atrapados en la zona franquista y  obligados a ofrecer un espectáculo de varietés a las tropas nacionales y a milicianos de las Brigadas Internacionales, ¡Ay, Carmela! arrastra un grito contra el olvido. Así lo ve su autor, José Sanchís Sinisterra, que con el tiempo ha ido percibiendo como aquella obra escrita en 1985 como homenaje a las Brigadas Internacionales y en recuerdo de la Guerra Civil, se ha ido transformando y universalizando con los años en un canto a favor de la memoria, “del deber de los vivos de ayudar a los muertos en su empeño de no desaparecer”.

El primer Paulino

Verónica Forqué y José Luis Gómez, en el estreno de '¡Ay, Carmela¡', en Zaragoza, en 1987.
Verónica Forqué y José Luis Gómez, en el estreno de '¡Ay, Carmela¡', en Zaragoza, en 1987.

José Luis Gómez (Huelva, 1940) fue el primero que montó y dirigió ¡Ay Carmela!. Se estrenó el 5 de noviembre en el Teatro Principal de Zaragoza, con el propio Gómez en el papel de Paulino y Verónica Forqué en el de Carmela. Gómez acababa de dejar la dirección del Teatro Español y volvió a convertirse en su propio productor. En esta nueva etapa, el hoy académico buscaba un texto de calidad dramática que interviniera poéticamente en la realidad y que fuera asumible para un productor privado. “Con ¡Ay Carmela! tuve un enamoramiento instantáneo. Es una obra pequeña pero compacta, enormemente eficaz, escrita con todo el buen saber del teatro de Sanchís Sinisterra y además entra en un tema que a mí me obsesiona desde hace tiempo y que sigue plenamente vigente, como es el de la memoria histórica”, explica Gómez que tiene entre manos dos proyectos en torno a ello, Azaña, una pasión española y Unamuno venceréis, pero no convenceréis. “Todavía tenemos muchos muertos enterrados y en circunstancias terribles. Sin memoria histórica no vamos a progresar. Es posible que sea necesaria una actitud de amistad con respecto al pasado, pero no de amnesia. Hay que perdonar pero no olvidar”. El ¡Ay Carmela! de José Luis Gómez consiguió un éxito inmediato, con giras internacionales, y a cuyo reparto se fueron uniendo actores como Manuel Galiana, Kiti Mamber o Natalia Menéndez.

La obra fue estrenada el 5 de noviembre de 1987 en Zaragoza, bajo la dirección de José Luis Gómez y la interpretación del propio Gómez como Paulino y de Verónica Forqué como Carmela. Tres década después, esta obra se ha convertido en un clásico de la dramaturgia española y el texto más representado de un autor vivo español. Según datos de la Sociedad General de Autores, se han concedido hasta la fecha 189 licencias autorizadas para su representación, con miles de funciones, a las que hay que añadir todos aquellos montajes que se han llevado a escena sin los correspondientes derechos. Fernando Soto dirige la nueva versión que se ha estrenado en los Teatros del Canal de Madrid y que estará en cartel hasta el próximo 11 de noviembre. Protagonizada por Cristina Medina y Santiago Molero, este montaje resalta la realidad poética del texto, en ese viaje de la muerte a la vida que realiza Carmela desde el más allá –“allí no hay ná, aquello es muy grande, hay mucho secano”- para aparecerse a Paulino, el narrador de la historia, y recordar juntos su realidad de perdedores.

Recuerda Sanchís Sinisterra (Valencia, 1940), un dramaturgo enemigo de la suntuosidad, que el proceso de escritura del texto fue misterioso y enigmático, turbulento. Estaba de gira con su compañía Teatro Fronterizo y su obra Ñaque o de piojos y actores, un homenaje al teatro más humilde y popular que gozó de un enorme éxito y repercusión, cuando el autor decidió que lo siguiente tenía que ser algo parecido a su Ñaque, que debería de ser también una obra pobre y barata, con un par de actores y un escenario vacío. “Quería hacer un homenaje a mi padre republicano y, sobre todo, a las Brigadas Internacionales, el último movimiento utópico de miles de jóvenes que vinieron a España a dar su vida en defensa de la democracia”, explica Sinisterra, que situó la obra en el frente de Belchite, en Teruel, en el momento en el que las tropas franquistas conquistan la localidad, a finales de agosto de 1937. Es allí donde surge esa historia de supervivientes, añade el director Fernando Soto, de esos dos pobres humanos en un contexto brutal como es la guerra y donde la palabra justicia se vuelve sorda por el ruido de las bombas.

La primera Carmela

Manuel Galiana y Verónica Forqué, en una función de '¡Ay, Carmela¡', en 1988.
Manuel Galiana y Verónica Forqué, en una función de '¡Ay, Carmela¡', en 1988.

Desde el dolor y la compasión por los demás es cómo ve la actriz Verónica Forqué (Madrid, 1955) el personaje de Carmela que ella estrenó junto a José Luis Gómez hace 30 años. Ese montaje de ‘¡Ay, Carmela!’ continuó gira con Manuel Galiana, como pareja. Verónica Forqué volvió a representar la obra en teatro en 2007, a las órdenes de Miguel Narros y con Juan Diego como Paulino, después de haber grabado la función para el programa Estudio 1 de TVE junto a Santiago Ramos.

“A Carmela le mueve la compasión por esos brigadistas internacionales que sabe van a fusilar esa noche. Por eso muere, no por convicciones políticas. Da la vida por ellos”, asegura la intérprete, que acudió el pasado martes a la representación del nuevo montaje en los Teatros del Canal y salió feliz.

Para Verónica Forqué, la vigencia de este texto es total. “De hecho, ya es todo un clásico de la dramaturgia española. Desgraciadamente, siempre hay guerras fusilados y víctimas” añade la actriz, que recalca la belleza del tratamiento de la muerte en la obra. “Carmela regresa de la muerte para hacer ver a Paulino la realidad de la vida, para decirle que es un cobarde y que no hay que tener miedo. Vuelve para hacerle ver la vergüenza de llevar una camisa falangista”.

De las cerca de sesenta obras dramatúrgicas escritas por Sanchís Sinisterra, no es ¡Ay, Carmela!, que llevó al cine Carlos Saura en 1990 y cuya versión no fue del agrado del autor, su texto más querido. Él cree que tiene otros textos mejores, de mayor sutileza y complejidad, como Lector por horas o El cerco a Leningrado, su elegía a la utopía del comunismo, pero reconoce que ¡Ay, Carmela! es el que más éxito ha tenido y, sin duda, el más solicitado. Ha sido representada en países de todo el mundo y en contextos muy diversos y remotos. El texto, como señala Sinisterra, que dirigirá en el Español el próximo mes de marzo su última obra El lugar donde rezan las putas, bien vale para los desaparecidos de Argentina o Chile, para los asesinados en Medellín o México, el drama de Sarajevo, la salvajada de los campos de concentración nazi y tantos y tantos casos más. “Eso quiere decir que la obra no ha envejecido demasiado o que las circunstancias han exigido que ese acto de memoria siga vigente, lo cual es muy triste. El hecho de tener que seguir exigiendo que los muertos no pueden ser olvidados, que tenemos un deber para los muertos mal enterrados, para todos aquellos que siguen en fosas comunes, me produce un punto de melancolía, un sentimiento ambivalente”.

Enemigo de los nacionalismos, Sinisterra, un catalán nacido en Valencia, que dice de sí mismo ser un apátrida, se lamenta de la obscenidad de los políticos catalanes que, por cálculos electoralistas, han dejado en la estacada a tantos jóvenes independentistas que han gritado de alegría por las calles de Barcelona..

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Autor: José Sanchis Sinisterra.

Editorial:  Austral (2016).

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