Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Muere el actor Jean Rochefort, protagonista de ‘El marido de la peluquera’

El famoso intérprete francés trabajó en cerca de 150 películas

El actor francés Jean Rochefort en marzo de 2012, en París.

Jean Rochefort fue un hombre a un bigote pegado. Se lo dejó crecer tarde, habiendo superado ya los 40, pero después nunca se lo pudo volver a afeitar. “Quedarme sin bigote es como quedarme sin calzoncillos. Sin bigote me encuentro obsceno”, solía decir con su conocida flema, que prácticamente lo emparentaba con los británicos. Sorna y mostacho habrán sido, seguramente, los principales rasgos distintivos de este veterano y carismático actor, fallecido en París en la noche del domingo a los 87 años, tras haber participado en 150 películas. Se había casado dos veces y tenía seis hijos.

Con Rochefort se marcha otro miembro más de una irrepetible generación de intérpretes franceses, la llamada banda del conservatorio, integrada por distintos nombres que coincidieron en la escuela de arte dramático de París durante los cincuenta, como Jean-Paul Belmondo, Jean-Pierre Marielle, Philippe Noiret o Annie Girardot. “No éramos ni guapos ni feos, por lo que nos arrinconaron en la categoría de los inclasificables, consagrados a los papeles secundarios”, explicó a Le Figaro en 1964. Su destino terminaría siendo, como han demostrado sus respectivas trayectorias, totalmente distinto.

El actor nació en París en 1930, hijo de un industrial y una contable, ambos de origen bretón. Creció en Vichy durante los años turbios de la Segunda Guerra Mundial, antes de mudarse a Nantes, donde empezó a estudiar interpretación, y después a París, donde debutó en el teatro en 1953.

Poco después estrenaba una versión musical inspirada en un texto de Raymond Queneau, a las órdenes de Jean Vilar, fundador del Festival de Aviñón. Junto a la actriz Delphine Seyrig lograría que Harold Pinter, dramaturgo de moda en la escena británica, les cediera dos obras con las que triunfaron en la capital francesa.

Hacia la misma época empiezan a llegarle ofertas del cine. Fue su amigo Belmondo quien impuso su nombre a los productores de Cartouche (1962), una comedia de época dirigida por Philippe de Broca, referente del cine comercial que lo volvería a contratar en Las tribulaciones de un chino en China (1965) y El diablo por la cola (1969). En los setenta, Otro nombre clave en la comedia generalista de la posguerra francesa, Yves Robert, con quien ya había coincidido en sus inicios, lo escogerá para ¡Qué vida la del artista!, junto a Marcello Mastroianni, y Un elefante se equivoca enormemente, un gran éxito en la Francia giscardiana.

El director Patrice Leconte, de gran éxito en el cine de los ochenta y noventa, lo convertirá en su actor fetiche, ofreciéndole papeles en Tándem (1987), El marido de la peluquera (1990) —tal vez, su película más conocida en el extranjero—, La maté porque era mía, Ridicule (1996) y El hombre del tren (2002). Sin embargo, había sido Bertrand Tavernier quien provocó un punto de inflexión en su carrera en los setenta, al concederle un papel coprotagonista en El relojero de Saint Paul, junto a Noiret, otro antiguo cómplice. Será su puerta de acceso al cine de autor. En esa década rodará con Luis Buñuel en El fantasma de la libertad, con Bertrand Blier en Calmos. En 1994 trabajaría a las órdenes de Robert Altman en Prêt-à-porter. Con Terry Gilliam participaría en su adaptación abortada de El Quijote, cuya suspensión se convertirá en el mayor pesar de su larga carrera.

Rochefort, actor superdotado y ganador de tres premios César —el último, honorífico, en 1999—, se consideraba, en realidad, muy poca cosa. “No me tomo nada en serio. Ni a mí mismo ni a mi arte. Me da igual mi imagen de marca. He rodado bastantes bodrios, solo por el dinero que me reportaban. Después lo dejaba durante un tiempo para evitar caer en una depresión nerviosa. Soy lúcido y, seguramente, también mediocre”, dijo a Télérama en 1994.

Su curiosidad le llevó también a trabajar en España, a las órdenes de Jaime Camino en El largo invierno (1992), junto a El Tricicle en Palace y con Fernando Trueba en El artista y la modelo (2012), uno de sus últimos grandes papeles. EL PAÍS le visitó entonces en su casa del islote mediterráneo de Porquerolles, donde, desde la atalaya de sus 82 años, contemplaba irónico su carrera: “He hecho más de cien películas –quizá 150– y la inmensa mayoría son auténticas mierdas que hice porque me gustaban mucho los caballos y es un vicio caro”. Esa era precisamente la segunda pasión de Rochefort, los caballos: poseía un criadero en las afueras de París e incluso comentó competiciones hípicas para la televisión pública francesa.

 

Mofa del esnobismo

Aseguraba que esas películas “con guiones lamentables” se convertían, tras echar un vistazo a su cuenta corriente, en “perfectamente aceptables”. En la entrevista con EL PAÍS, Rochefort relataba una anécdota para reflejar el esnobismo de la gente del cine. “Se pusieron de moda las películas pornográficas y se exhibían en la salas más off de Cannes. Un día voy y veo a una chica haciendo sexo oral a un tipo que parecía llevar doce horas rodando. Aquello tenía una horizontalidad precaria, así que me carcajeé en mitad de la escena. Cuando salí me encontré a Godard y Truffaut, y me regañaron: ‘¡No has entendido el mensaje!”. Las risas le acompañaban allá donde fuera, y estas nunca eran enlatadas.

Más información